Críticas
Tetuán: Un viaje más allá de tiempos y fronteras

Stills de 'Tetuán' ©Arena Comunicación, Marmoka Films, Corpus Films, Pimpi & Nella Films, Montaje: ©Cine con Ñ
En Tetuán, tercera y última película de la denominada ‘trilogía del registro’ de Iratxe Fresneda, la mirada va del yo al nosotros, del ensimismamiento personal a la curiosidad por el otro, en un recorrido que atraviesa tiempos y fronteras. En su superficie es una obra que reflexiona sobre el hecho migratorio y, en su fondo, una sentida investigación en torno al desarraigo. Tal vez por ello, Tetuán va avanzando en pantalla bajo la forma de un rizoma en despliegue, de un relato de giros y meandros.
¿Cómo si no se puede una mover de la rememoración del pasado a las aspiraciones de futuro, de la elucubración y el recuerdo a las diatribas del presente? En ese cruce de caminos Fresneda sitúa una película que no en vano comienza con una cita de Eduardo Galeano sobre la libertad de los pájaros frente a las fronteras terrestres y con la imagen de un barco cruzando una manga fluvial. Lejos y cerca, el cine como aquello que permite constatar la distancia de los anhelos.
Estructurada en dos bloques principales, el pasado y el presente, cada uno de ambos cuenta con un par de personajes: Carmelo Fresneda, padre de la cineasta, y la escritora y fotógrafa Annemarie Schwarzenbach ocupan el primer tramo mientras que el segundo pertenece a Mohamed Iacob y Irina Conca, en cuyas vidas resuena, como en la de los otros protagonistas, la cuestión migratoria.
Del misterio de la memoria al cuaderno observacional

Tetuán arranca en la ciudad magrebí con una fotografía de Fresneda padre, tomada por Schwarzenbach, y con el viaje de regreso en busca de unos orígenes difuminados por el paso del tiempo. La voz en off de la propia directora nos guía por un recorrido que hibrida materiales y tiempos, personajes y geografías. Es, sin duda, un primer tramo sugerente y fluido, elocuente y misterioso, donde se percibe una confianza plena con el material moldeado.
El segundo tramo nos devuelve a la realidad, con las presencias Mohamed e Irina iluminando el camino. Aquí la voz de Fresneda se diluye para ceder ese espacio de representación a otros migrantes que, como su padre y, por tanto, como ella, han luchado y luchan por encontrar su lugar en el mundo. El intento en Tetuán de buscar conexiones con el otro, de dar sentido a esas vidas ajenas, es precioso, pero cinematográficamente no siempre parece funcionar.
Fresneda sigue a sus personajes mediante las convenciones del documental observacional para acabar retratando sus respectivos viajes a los lugares de donde proceden, el Sahara Occidental y Rumanía. Aquí el relato se vuelve por momentos reiterativo y en ocasiones no todo lo trascendente que pretende. La escena en que Irina explica en off cómo le hace sentir practicar pole dance, cuando poco antes ya hemos comprobado gracias a las imágenes ese poderío físico, es un ejemplo. El intento por colisionar las realidades de ambos personajes mediante un montaje áspero, tal vez forzadamente discursivo, es otro.
El mapa y el territorio de Tetuán

Entre la teoría y la praxis, detrás de las imágenes de Tetuán se intuye un trabajo muy elaborado por establecer los límites de unas historias escurridizas. A la vez, la condición doblemente bicéfala de la obra, más que una virtud, juega en contra. Hay un claro desequilibrio entre uno y otro tramo. Probablemente sea intencionado, pero esa tensión no acaba de beneficiar a la obra.
A la postre, Tetuán busca erigirse como un canto que celebra el movimiento como condición de lo humano. Fresneda, a diferencia de otros creadores también anclados en lo real, no duda en abrir la puerta a la esperanza y en pensar un destino luminoso para sus personajes. Ahí sí que la directora de Los ecos del Irrintzi y Lurralde Hotzak navega a contracorriente, recuperando un mensaje optimista de hermandad y de encuentro.
La puedes ver online en


Paula Arantzazu Ruiz