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Terra de telers: El tejer de los recuerdos

Historia marcadamente localista que termina cayendo en ciertos tópicos

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Como hiciera con Pàtria (2017), John Frank Charansonnet vuelve a ahondar en la historia de su Cataluña natal con Terra de telers (Memoria de telares). Mientras que la primera se centra en la leyenda de Otger Cataló y los orígenes de Cataluña, la película que ahora se estrena nos traslada al siglo XX con el fin de ofrecernos un largo y ambicioso retrato de aquellas personas anónimas que sentaron las bases y la propia idiosincrasia de un pueblo que ha luchado siempre por salvaguardar su identidad.

Mientras que en la primera se recurría a un personaje fundido con la ficción, en Terra de telers (Memoria de telares) pretende hacer un sentido homenaje, principalmente, a aquellas mujeres que con su esfuerzo y labor silenciosa ayudaron a construir esa auténtica “patria” alejada de mitificaciones, en torno a un melodrama con ciertas pinceladas históricas con guion del propio director y Alba López, una de sus actrices protagonistas.

Para ello, la película se centra en Julieta, una niña de 6 años que desembarca en 1923 junto a su familia en una colonia destinada a los trabajadores de una gran empresa textil. A través de la voz de una narradora, que de manera nostálgica nos relata los avatares de la familia durante más de 60 años, iremos viviendo la evolución del personaje al ritmo que marcan los acontecimientos históricos más relevantes del pasado siglo: el éxodo rural, el desarrollo industrial, la Guerra Civil, las penurias de la posguerra, la dictadura franquista y la transición democrática.

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Para retratar con fidelidad el lógico paso de las décadas, a Julieta la interpretarán cuatro actrices de diferentes edades: Gala Charansonnet (niñez), Laia Díaz (juventud), Alba López (adultez) y Montse Ribadellas (vejez). Un elemento que, a pesar de la intención inicial, hace que perdamos empatía por un personaje protagonista con tantos rostros. A lo que habría que añadir las abruptas elipsis temporales, que a veces puede descolocar al espectador en ese incesante fluir de acontecimientos tan prolongados en el tiempo.

Sin esconder el cariz político en su discurso, Terra de telers (Memoria de telares) tiene unas pretensiones marcadamente localistas. A pesar de que en el fondo la historia que nos relata puede tener una lectura universal (la lucha de una familia por mantenerse unida), la película termina cayendo en ciertos tópicos del todo manidos. Al tiempo que da una visión idealizada de una vida en las fábricas que en el fondo estuvieron marcadas por la explotación laboral y las injusticias sociales. En este sentido, se echan en falta asuntos tan relevantes en la historia catalana del siglo XX como los movimientos obreros y las luchas sindicales.

Con una marcada estética de telefilme, la película alargó su rodaje durante un año con el deseo de dar verosimilitud al paso del tiempo y poder rodar así durante las cuatro estaciones del año. En este sentido, a pesar de las carencias técnicas, hay que resaltar el esfuerzo en la labor artística y la correcta fotografía, que dan a la película un cierto valor testimonial e, incluso, historiográfico. La película se rodó en espacios reales de una colonia industrial, en el Museo de la Colonia Vidal y otros lugares de la comarca del Berguedà.

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En torno a un puñado de localizaciones, reviviremos desde la perspectiva de Julieta el ciclo de la vida, desde la inocencia de la niñez hasta la serenidad de la vejez. Entre medio, toda una vida de trabajo y sacrificio, un esfuerzo anónimo y colectivo no siempre reconocido. La existencia de Julieta se terminará fundiendo con la de la fábrica, cuya suerte pasará del esplendor a la decadencia, un devenir siempre asociado a aquellas personas que trabajaron en ella.

En ese recorrido por la historia de la colonia se juega en todo momento en Terra de telers con los colores como metáfora de la visión que de ella impone la memoria de quien nos va relatando la historia. Mientras que en la infancia sobresalen los tonos dorados de los campos y la luz primaveral, símbolo del paraíso perdido de la juventud, en la etapa donde se retrata la Guerra y sus estragos, la fotografía se vuelve ocre y los tonos oscuros envuelven los años más difíciles de la familia Sorrives.

Unos colores que volverán a resurgir tras la muerte de Franco, una época donde la colonia comienza a agonizar, del mismo modo en que lo hacen sus protagonistas, antes de dejar paso a nuevas generaciones que solo verán en ella los vestigios de un pasado repleto de alegrías y sinsabores, unos recuerdos de los que ya solo son testigos esos telares sobre los que nadie posará ya sus manos.

 

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

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