Películas españolas
Sintiéndolo mucho: Sabina en vena

Dónde empieza el Sabina persona y dónde el personaje es un misterio incluso para el más ferviente seguidor del credo sabinista, porque de un tiempo a esta parte parecía que ambos eran solo uno en ese cuerpo ronco por el tequila y el tabaco negro que ejerce de voz cantante de lo canalla y de las oportunidades perdidas. En Sintiéndolo mucho, Fernando León de Aranoa ha desentrañado algo del enigma, aunque, todo sea dicho, tal vez los trece años que ha necesitado se hayan quedado algo cortos.
Seamos claros: Sintiéndolo mucho es un buen trabajo sobre la figura de Joaquín Sabina y un documental musical terrible, entendiendo el género como aquel en el que la música es un vehículo narrativo. En otras palabras, estamos ante un filme muy revelador sobre quién parece ser Joaquín Sabina fuera del escenario y ante un raro ejemplo de un artista que no teme ser él mismo delante de la cámara, pero, al mismo tiempo, la película apenas presta atención a la música y a la manera en que puede ser filmada.
¿Es posible lo primero, seguir a Joaquín Sabina, sin lo segundo, esto es, una mínima sensibilidad para filmar el aspecto musical? En esa contradicción se enmarca el trabajo de León de Aranoa, quien, por una parte, se adentra con facilidad en las bambalinas emocionales del músico, pero, por la otra, no consigue que los logros musicales del artista encuentren su lugar en la película, tal vez demasiado centrada en ahondar en el Sabina que se esconde detrás del personaje.
En busca del Sabina verdadero

Sin entendemos a Joaquín Sabina como una figura que sobrepasa los límites de lo musical, Sintiéndolo mucho supone un retrato más allá del concepto de rockstar como pocas veces se ha visto, sin cortapisas y en scope, en el que los miedos y los privilegios, el trabajo constante y el talento azaroso se dan la mano para narrar, a la postre, las vivencias de un singular artista que ha ayudado a definir la música pop y rock en español de los últimos 40 años.
Más allá de aspectos más o menos conocidos sobre Sabina, como su devoción por Jimena Coronado, su esposa y uno de los anclajes claves del artista a la hora de recuperarse del ictus sufrido en 2001, o su repertorio de chascarrillos lapidarios, León de Aranoa nos adentra en estampas del Sabina más íntimo ciertamente conmovedoras: su viaje a Úbeda y sus confesiones sobre las relaciones con su familia; el pánico escénico que sufre cuando ha de enfrentarse a según qué públicos; o las experiencias que dieron pie a algunas de sus más celebradas canciones, como Pacto de caballeros.
Hay, así pues, una generosidad tremenda en la manera en que Sabina se muestra ante la cámara de León de Aranoa. La película se beneficia del respeto y del pudor del cineasta ante un artista cuyas juergas privadas parecen haber estado en boca de todos, a menudo bajo la forma de himnos, y los trece años mano a mano junto al cantante, de viaje por España y México, se reflejan en una suerte de confianza y complicidad latente en las imágenes.
Sin noticias del Sabina músico

Ahora bien, por mucho compadreo entre retratado y retratista, Sintiéndolo mucho apenas ofrece espacio a la música de Joaquín Sabina, lo que no deja de ser una enorme contradicción. León de Aranoa insiste, por ejemplo, en filmar muchas veces a Sabina de camino al escenario de un concierto, en una imagen ritualista del artista que acaba por ser tediosa. El cineasta también aprovecha ese motivo visual para compararlo con el ritual de la tauromaquia para, de nuevo, repetirse hasta rozar el hastío.
Hay una secuencia que consideramos paradigmática de esa frustración sobre el lugar de la música en Sintiéndolo mucho. Cuando León de Aranoa muestra a Sabina tocando con sus músicos en el local que antaño acogió el concierto junto a Viceversa, el otrora Teatro Salamanca de Madrid, rememorando lo que fue un hito en la trayectoria del músico, lo hace interrumpiendo constantemente esa actuación, pisando con declaraciones de Sabina y otros un número musical que prometía ser conmovedor y que se ha quedado en una secuencia en verdad decepcionante.
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Paula Arantzazu Ruiz