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Críticas

Se tiene que morir mucha gente: El síndrome de Peter Pan, pero con antidepresivos

Nueva comedia del "costumbrismo de la disociación narcisista millennial" que dice que hace una cosa (autocrítica) cuando se dedica a la contraria (autocomplacencia)
Crítica de la serie 'Se tiene que morir mucha gente'

Se tiene que morir mucha gente es la historia de Bárbara, Maca y Elena, tres amigas desde el colegio que siguen siéndolo más de 20 años después, aunque con alguna dificultad. En concreto, que Bárbara tiene una depresión sin diagnosticar, un trabajo que no soporta como guionista de televisión y en general odia su vida. También que Elena está embarazada de un marido mucho mayor que ella cuyo entorno hiperelitista es asfixiante. Y Maca, que quiere ser actriz, se las apaña como camarera.

Serie creada, en parte dirigida y basada en un libro de Victoria Martín, el 50% del famoso pódcast Estirando el chicle. Un desplazamiento curioso de Movistar Plus+, porque esto podría ser perfectamente un producto de Atresplayer listo para viajar e incluso estrenarse en abierto, pero está aquí, como si el libro fuese, no sé, de Javier Cercas. Una comedia sobre millennials más perdidas en la vida que Antonio Rüdiger en una sentada pacifista, cuya principal novedad residiría en un humor más caustico y, presuntamente, autocrítico.

Se tiene que morir mucha gente es otra entrega de costumbrismo de la disociación narcisista millennial, etiqueta que me acabó de inventar mientras escribía pero donde podrían entrar un porrón de series del gringo,desde La peor persona del mundo (2021) hasta la reciente Casi todo bien (2026). Ficciones presuntamente autoparódicas de gente que de le de ser joven ya se está quitando, enfrentadas a las contradicciones de una adultez infantilizada. Al mismo tiempo victimistas y empoderadas. Y así no se puede.

Se tiene que morir mucha gente, yo el primero

Macarena García y Anna Castillo en 'Se tiene que morir mucha gente'. ©Movistar Plus+
Macarena García y Anna Castillo en ‘Se tiene que morir mucha gente’. ©Movistar Plus+

La historia de Se tiene que morir mucha gente, aunque un poquito más exagerada en otros casos, es bastante sencilla (se vienen ligeros spoilers): tres amigas que se pelean y luego se reconcilian porque una, o dos de ellas, son unas egoístas insufribles. No desvelaremos el motivo de la «ruptura» entre Bárbara (Anna Castillo) y Maca (Laura Weissmahr), pero la cosa: no es tan cínico como el guión piensa si al final la «mala» (Bárbara) tiene razón en su cabreo inicial. La resolución final tiene algo más de gracia, pero sigue siendo previsible y autocomplaciente.

Las tres actrices están estupendas, más o menos cada una con el papel que les asignarías si te diesen a las tres protagonistas y sus nombres. Aunque Castillo haciendo de «persona-más-o-menos-normal-en-la-que-se-proyecte-cierto-público» empieza a rozar el cliché, una especie de Luis Tosar para señoras de la generación posterior a la de este, clava el rol. Macarena García y Weissmahr tienen personajes un poco más esquemáticos, pero se los podrían hacer durmiendo y dan todas la química de viejas amigas que se conocen demasiado.

Por otro lado, es una pena que la parte laboral de Bárbara no ocupe más espacio. Estaría bien que alguien hiciese meta-televisión y no fuesen Los Javis, o no los cancelasen tras solo una temporada. La susodicha trabaja como guionista para «Goncho», una parodia de Andreu Buenafuente y Berto muy bestia y faltona, interpretada por Óscar de la Fuente, siendo la única mujer del equipo —con cameos de cómicos como Yunez Chaib— y con sus compañeros robándole los chistes u ofendiéndose por chorradas.

Se tiene que morir mucha gente, casi todos ricos

Laura Weissmehr en 'Se tiene que morir mucha gente'. ©Movistar Plus+
Laura Weissmahr en ‘Se tiene que morir mucha gente’. ©Movistar Plus+

Es más, en Se tiene que morir mucha gente el episodio que mejor funciona es el primero, cuando Bárbara y Maca acuden al baby shower del futuro bebé de Elena (García) en una urbanización de ricos y lo primero que les pasa es que las confunden con las camareras, porque su ropa y actitud son de pobres. El pijerío recibe hasta en el carnet de identidad, aunque el resto de la serie desvelará que quizás es para que no nos demos cuenta de que las amigas parecen precarias pero incluso quedándose en paro viven como quieren. Ejem.

Y sí, Se tiene que morir mucha gente me ha sacado más de una carcajada, sobre todo con el personaje de Sofía Otero (que tampoco voy a spoilear quién es), pero no deja de ser otro producto de autocompasión millennial. Lejos de mí quejarme del cinismo y la autocrítica, lo que me encantaría es que los hubiese. Bárbara puede ser un desastre de persona, pero la historia la presenta como una víctima incluso de su propio narcisismo, algo que es, en sí mismo, narcisista, no autocrítica. Y que haya gente aún más hipócrita en el mundo no la hace mejor.

Que el final sea «nos queremos aunque somos un desastre» es la moraleja del 90% de la ficción de los últimos 30 años, y tiene poco de rompedor. Es más, como no cuestiona el baremo respecto al cual se sitúa la consideración de por qué algo o alguien es un desastre, en el fondo es bastante acomodaticio. Es un cinismo de quedar bien en la parte de los canapés, no un desafío real a nada.

En fin, que Se tiene morir mucha gente tiene razón. Lo bueno es que se acabará cumpliendo. Mientras tanto, la serie es graciosa en un par de parodias —mundo pijo y mundo tele—, pero cojea en la dinámica de los personajes, que viene prestada por las actrices. Y, sobre todo, tiene el problema de fondo de que quiere hacer una cosa, o dice que quiere hacerla, mientras se dedica, precisamente, a todo lo contrario.

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.