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‘Polaris’: Sobre el abismo entre dos hermanas

Las relaciones familiares siempre esconden más de lo que muestran, como los icebergs que de tanto en tanto aparecen modulando las emociones de las dos hermanas protagonistas de Polaris, segunda película de la navarra Ainara Vera que ha pasado por el Festival de Sevilla y por Zinebi de Bilbao tras estrenarse mundialmente en la sección ACID, el programa más heterodoxo del Festival de Cannes.
Polaris arranca con el blanco del Ártico ocupando toda la pantalla, como si fuera, no obstante, una amenaza. La señal de radio que escuchamos y el siguiente mensaje con la voz de una mujer, desesperada, evoca un paisaje interior solitario y turbulento. Tal vez esas formas abstractas de tensiones interiores correspondan a las emociones de una de las protagonistas del documental, Hayat, una capitana de barco surcando el Polo Norte sin más horizonte que esos escenarios nevados.
Aunque tal vez Vera se recree demasiado antes de presentar el nudo gordiano de la película, la manera en que trenza visualmente el drama en sottovoce de las protagonistas es elegante. Para comprender, así pues, la decisión de Hayat de embarcarse en esas aventuras árticas es imprescindible conocer a su hermana Leila y a la madre de ambas, de quien sabemos por lo que cuenta Hayat de ella mientras observamos estampas de la extraña geología nórdica, gélida y volcánica.
Por otra parte, cuando comienza la película Leila está embarazada, aunque no tardamos en conocer a la hija que ha traído al mundo. También ella lidia con las turbulencias de una infancia traumática y con la responsabilidad de poder cambiar el destino de la familia Mokhenache, asustada ante la idea de repetir el ciclo de abandono que las ha condenado a vivir en abismos emocionales. Una maldición, como apunta Hayat, que afecta a todas las escalas de sus vidas.
Identidades femeninas no normativas en Polaris

Una de las más poderosas virtudes de Polaris radica en el retrato de las dos mujeres protagonistas. No solo por el interés de Vera en estas dos hermanas cuyas vidas y presencias se alejan de lo normativo, ya sea por su etnia o por su profesión, en el caso de Hayat capitana de una tripulación de hombres, sino también por el intento de presentar a ambas de manera justa, incidiendo en ese vínculo amenazado por el trauma.
La cineasta sitúa su cámara entre la distancia pudorosa y los primeros planos de corte psicológico, que tratan de escudriñar el magma de sentimientos silenciados, pero sin acentuar la desestabilización emocional con la que ellas se definen. Con sus carencias y sus triunfos, la visión de Vera sobre la intimidad de las hermanas es conmovedora y a la vez desconcertante, por la honestidad con la que Hayat abre sus sentimientos a la cineasta.
El montaje de la vida de dos hermanas

Montadora y coguionista de Gunda de Victor Kossakovsky, con quien ha trabajado en otras producciones, y con un largometraje previo en su trayectoria, Hasta mañana, si Dios quiere (2017), Vera destaca también en Polaris justamente por el control de sus imágenes. Es probable que la idea de escala que articula lo grandioso del paisaje ártico y la vulnerabilidad de las protagonistas no acabe de encontrar el encaje exacto, pero sí se consigue modular con emoción el montaje de la vida de estas dos hermanas.
Entre las líneas abstractas de un mundo congelado y la búsqueda la calidez emocional, el alivio y el perdón, el documental y la ficción y otros tantos contrarios, Ainara Vera ha construido un retrato fluido y honesto sobre la maternidad y sus miedos, sobre el hecho de ser mujer y algunos de sus retos. Más que de emancipación, Polaris documenta ciertas constataciones, dolorosas pero no por ello menos reales.

Paula Arantzazu Ruiz