Series españolas
Osel: Rama lama lama lama ding dong

Osel es el documental sobre la historia de Osel Hita, el conocido como «niño lama español», un bebé español nacido en la Alpujarra en los 80 que fue identificado como la reencarnación de un importante líder espiritual budista tibetano. Hoy un hombre adulto de casi 40 años criado en el Tíbet y posteriormente conocido por su vida como DJ en Ibiza, Osel toma la palabra por primera vez como vertebrador de esta docuserie de cinco episodios.
El curtido documentalista Lucas Figueroa ha compuesto un producto que busca dar contexto a la historia de Hita -ahora convertido en su amigo personal, según su propia confesión– con grandes dosis de ironía implícitas y un notable esfuerzo de producción. La novedad del producto, que es la palabra del protagonista ya como adulto que hace balance de todas las etapas más o menos conocidas de su vida, se funde con un análisis social honesto del entorno que lo vio nacer.
Así, aunque Osel Hita es el protagonista y abre y cierra el primer y el último episodio, sus padres y las personas de la comunidad budista tibetana española o el resto de su familia y conocidos son, de alguna manera, retratados por esta serie. Con tanta sinceridad, además, que uno no puede evitar recordar a George Bernard Shaw advirtiendo, en su propia autobiografía, que hablar de uno mismo con honestidad a la larga es un poco una traición, pues implica hacerlo también de sus seres queridos. No sabemos si Hita lee a Shaw, pero le gustaría. Otra de sus citas célebres, de nuevo parafraseo de memoria, es que en la vida uno no se encuentra a sí mismo, más bien se construye.
Osel el niño y los hippies

Osel es un documental que combina gente sentada hablando de sus cosas con imágenes de archivo de la época, en este caso reportajes televisivos españoles que siguen la vida del protagonista en los 80, 90 y 2000. No pretende reinventar la rueda. Pero lo cierto es que combina esos recursos clásicos con cierto dominio del contraste cómico que a veces provocan y buscando apoyar la versión del propio Hita, cuyo punto de vista acaba siendo más o menos el dominante. Eso es a veces muy bueno y otras muy malo.
El primer capítulo, la historia antes de Osel, que contextualiza el aterrizaje del Lama Yeshe como líder espiritual en Europa en el ambiente posterior a mayo del 68 en una parte de la juventud europea, se balancea a medio camino entre el documento histórico y cierta ironía. Los padres de Hita, sobre todo la madre, a veces son retratados con un poco de crueldad y otras con ternura, y su entorno de pijos europeos obsesionados con el budismo queda bastante mal (no así el propio Yeshe). Contribuyen las declaraciones de los hermanos Hita, todos ya adultos talluditos, que ven con malos ojos la etapa en la que su hermano fue entregado a monjes tibetanos siendo poco menos que un bebé.
En esta parte escuchamos frases como «en Ibiza tiras una piedra y salen 18 que dicen que se acuerdan de sus anteriores vidas y que por 50 euros te dicen las tuyas» o «serán muy budistas los tres, muy del desapego, muy avanzados… pero lo que es en esta vida terrenal, son un desastre los tres». Al mismo tiempo, Yeshe es descrito a medias como un tipo carismático y con don de gentes y como un señor un poco extraño, que no encaja ni con los principios de los propios budistas. Entre medias, un niño criado apartado de su familia, obligado a estudiar 8 horas al día y con sus propios monjes cuidadores sufriendo una enorme presión: que Yeshe tenga una reencarnación oficial es una cuestión de dinero e influencia, más que de religión.
Osel el adulto y los budistas

Conforme avanza la serie, no hay tanta diferencia entre Hita y un joven amish viviendo su rumspringa y accediendo al mundo. Aunque el Osel adulto interviene a veces con cierto enfado cuando recuerda detalles de su niñez o adolescencia, en general parte de la distancia y su propia retórica de autoayuda. La gracia es que Ibiza, que en las noticias de archivo que se rescatan se identifica como la Sodoma y Gomorra modernas, era también la sede principal de los budistas hippies millonarios que idolatraban al lama del cual él fue proclamado reencarnación.
Osel Hita vive en la calle en Italia, estudia en Suiza y Canadá, aprende cine en Madrid, se hace DJ en Ibiza, prueba todas las drogas posibles… Sin el componente de ser «el niño lama», su vida ya daría para serie. El interés en los últimos capítulos, al final, está en ese adulto, padre separado y a su manera también una persona espiritual, que no tiene claro del todo en qué es creyente y que no solo no se plantea si es la reencarnación de alguien, es que afirma que le da igual. Por otra parte, denuncia sin morderse la lengua la hipocresía cuasi feudal del budismo tibetano, algo tan poco habitual como bienvenido.
Osel, la docuserie, se convierte así en un documento atípico, interesante para quien guste de explorar diferentes tipos de espiritualidades, sobre todo porque advierte de las trampas de la exotización y de los caprichos hippies. Hita es un tipo carismático, a su manera particular, y con un discurso muy elaborado en el que no se arrepiente de nada. Pero tiene claro que jamás le desearía algo parecido a otro niño y nunca le daría una niñez y juventud así a su hijo. Más claro, agua.

Jose A. Cano