Críticas
On the go: Cine desde el abdomen e insumisión sumisa

Still de 'On the go', ©Felipe Huertas. Montaje: ©Cine con Ñ
On the go plantea el viaje, en un descapotable y sin rumbo fijo, de Milagros (Julia de Castro) y Jonathan (Omar Ayuso). Ella huye de una cita para su inseminación artificial; él necesita escapar porque acaba de incendiar el local de la persona que le arruinó la vida. Juntos cogerán el coche, y por el camino se encontrarán con todo de tipo de personas y situaciones mientras siguen inquietos por su futuro y les persigue el pasado.
Llega a Filmin una de las sensaciones españolas de la temporada de festivales de 2024. María Gisèle Royo y la propia Julia de Castro han ido recolectando selecciones y premios con esta película a la carretera (road movie) que recoge la estructura e inicio de Corridas de alegría (1982), esa película libertaria tan de la Transición de Gonzalo García Pelayo en la que dos hombres viajaban en coche por Andalucía en busca de la novia de uno de ellos.
Como la de García Pelayo, On the go es una película que abraza lo inesperado y el gusto de pasar por todas las convenciones para saltárselas —las narrativas, por lo menos—. A ello le añade un vacío existencial de fondo que le da una potente amargura a las imágenes, complementadas por un interesante acercamiento a lo físico y su complemento musical. Es también verdad que esta autenticidad se diluye cuando se ven concesiones en busca de una validación externa.
On the go, amigas y cuerpos

A diferencia de lo que se ve en la alocada e imperfecta película de García Pelayo —los hermanos hacen un cameo en On the go, para cerrar el homenaje—, aquí sus dos protagonistas buscan desesperadamente no lo que tuvieron en algún momento, sino lo que no tienen aún. Una insatisfacción vital que no saben cómo afrontar estos dos niños grandes: ella, en su contradictorio deseo de ser madre; él, en su huida hacia adelante para liberarse de las cadenas de su trauma.
Una voluntad —típicamente burguesa— que el filme consigue no tomarse demasiado en serio y que, al mismo tiempo, le da una cierta identidad en el tono y características de sus personajes. Julia de Castro y María Gisèle Royo combinan muy bien este absurdo que les rodea —junto a convenciones de los géneros cinematográficos— con la movitación psicológica que les guía. Una mujer y un hombre homosexual (una forma de actualizar/corregir lo que no se veía en la male gaze de Corridas de alegría), amigas, que buscan su camino personal hundido.
Esto lo hacen especialmente bien en la continuidad que representan los cuerpos en la película, dándoles una cierta resignificación tanto desde la performance (la música, el baile…) como en la expresión sexual de los mismos, contradictoria y conflictiva para sus protagonistas. Royo y de Castro, artista multidisciplinar, plantean la amistad de sus protagonistas, que es el planteamiento de fondo, como una forma de hilar estas formas físicas que se acaban dando la mano. En su tercio final, la película coge una fuerza tremenda a partir de estas ideas.
Un espacio de fondo

Todo ese planteamiento, que tiene esa fuerza también imperfecta que da el celuloide, se aleja un poco de su objetivo de espontaneidad cuando se percibe que hay un cierto desapego o cálculo hacia el contexto. Una de las partes de mayor valor de Corridas de alegría es que captaba una cierta forma de ser en Andalucía y de sus gentes. En On the go, pese a rodarse también en el sur de España, los espacios son fondos con los que interactuar, solo en función de los cuerpos.
Aunque esta corporeidad tenga una cierta vinculación con el planteamiento que hablábamos en el bloque anterior, sí que hay un empeño en colocar una dimensión folclórica durante varios fragmentos. Esto desenmascara una cierta pose en la propuesta: los lugares son espacios que no dicen nada sobre el contexto real en el que se produce la acción de la película. No hay más que referencias a símbolos que parecen puestas para los ojos exteriores de algún programador de festivales, pero que convierten la propuesta en algo mucho más artificial de lo que parece.
Hagan el ejercicio: pónganse el inicio de Corridas de alegría en FlixOlé y compárenlo con el de On the go. En la de García Pelayo hay plano general y vida colectiva, hay interacción con la gente y el espacio. La gente tiene rostro y voz. En la de de Castro y Gisele Royo, es ella la que ocupa casi todo el plano de la calle, completado por una voz en over y una técnica de «freno» de los fotogramas. La propia elección del formato 4:3 es una declaración de intenciones indie muy cuestionable en una road movie. Es ensimismamiento individual frente a la vida colectiva de la película de 1982.
Es interesante ver las ataduras de una película como On the go. Tiene una historia de amistad con muchísimas ideas frescas y un planteamiento relacionado con lo físico muy potente. Pero, como hija de su tiempo pendiente de la mirada externa del cine global, su insumisión y ansia de libertad es mucho menos original de lo que ella misma se cree. En cualquier caso, un filme estimable, con una bonita historia de amistad de fondo. Es lo que nos ha tocado vivir.

Arturo Tena