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Críticas

Notas sobre un verano: Un romance nacido del ‘no future’ precario

El realizador de ‘Estos días’, Diego Llorente, firma una película post-rohmeriana de dudas en el amor donde lo narrativo se entrelaza con lo documental
<strong>Notas sobre un verano:</strong> Un romance nacido del ‘no future’ precario 1

El verano puede ser un momento en que las inercias y las corrientes de la vida cotidiana entran en pausa y se abre un paréntesis para descansar, o quizá simplemente para vivir. De eso trata Notas sobre un verano, tercer largometraje del asturiano Diego Llorente (Estos días, Entrialgo). La protagonista de la película es Marta, una mujer joven que redacta su tesis doctoral mientras desempeña otros trabajos de subsistencia. Contar con unos días de vacaciones le permite visitar a su familia y a sus amigas en su Asturias natal, mientras su pareja permanece en Madrid. 

Llorente apuesta por un enfoque muy observacional para desarrollar una historia que acabará incluyendo un conflicto dramático. Por el camino, el realizador entra y sale del relato convencional: las escenas más nítidamente narrativas se alternan con fragmentos más cercanos a la lógica lacónica del documental observacional. También estos últimos transmiten alguna información sobre los personajes y las situaciones que viven, aunque el sonido ambiente pueda cubrir sus palabras. 

Notas sobre un verano es una película pequeña de fragmentos de vida organizados de manera lacónica. Podría calificarse como una obra postrohmeriana, porque remite al universo del autor de Pauline en la playa, de sus dudas en el amor y sus veraneos, pero parece más marcada por el lenguaje documental. Llorente trabaja un estimulante espacio intermedio entre las ficciones vaciadas de narración y el talante sobreexplicativo del cine más convencional. El resultado llega bañado en luz solar de intensidad variable y está potenciado por unos convincentes trabajos actorales. 

Notas sobre un verano, notas sobre una huída 

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Los apuntes audiovisuales de Llorente proporcionan al público una historia reconocible y una cierta introducción a los personajes, sin proporcionarle un código que permita decodificarlos del todo. Estas indeterminaciones, que podrán parecer áridas a algunos espectadores, también proporcionan una cierta libertad: el público se convierte en un paseante en relación un poco más libre con las imágenes

El realizador también aborda la precariedad laboral y una cierto clima de resignación (la protagonista ha abandonado su vocación pictórica, su madre afirma que “si hay trabajo, no se puede quejar uno»), pero sin pretender que este trasfondo social fagocite todo lo demás. Estos elementos se integran orgánicamente y parecen formar parte del gran conflicto dramático: en pleno interludio veraniego de la vida normal, Marta una relación sexual con un antiguo novio. 

La protagonista ensaya una escapatoria de estío (o derivada del hastío) mediante este gesto de soberanía individual que no cuesta dinero. Se convierte en una madame Bovary que gestiona la frustración implícita en esa juventud extendida en una España que encadena crisis. Podía acceder a algunos ritos del paso a la vida adulta, como ese vivir en pareja que espera tras el verano, pero todo suena demasiado condicionado por los salarios y el precio de la vivienda: el futuro que espera, la ausencia de otros futuros más vibrantes e incluso la desobediencia en forma de reboot del pasado.

Estampas indeterminadas de la desazón

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En los tiempos de eso que denominamos Hollywood clásico, regido por la censura del Código Hays, se rodó una versión fílmica protagonizada por Greta Garbo de la novela Ana Karenina. La oficina del Motion Picture Production Code presionó para que la película escenificase una condena sin fisuras a la infidelidad: los amantes adúlteros debían ser criticados por otros personajes y sufrir contantemente. Llorente parece querer escapar de esta uniformidad condenatoria y construir una colección de momentos que no nos lleve hasta conclusiones claramente preestablecidas.

Aún así, se pueda entrever una cierta crítica a una protagonista (¿una generación?) un tanto egocéntrica, que habla sobre ella y deja siempre para la siguiente comunicación que la otra persona le explique cómo está. El conflicto ético de sus acciones, además, se detona desde fuera: no explota hasta que el amante le afea su inconcreción. Aún así, no sabemos si esa desazón no existía, o si no la habíamos visto porque las dudas éticas no pueden emerger en las escenas de fiestas y de selfis en la playa. Como Marta dice al final, en una frase banal con alcance simbólico: «Me he perdido». Y no sabemos hasta qué punto se le puede reprochar demasiado.

La puedes ver online en

Imágenes: Notas sobre un verano – Surtsey Films (Montaje de portada: Cine con Ñ)

Ignasi Franch

Periodista cultural y crítico cinematográfico desde 2003, cuando todavía se veían algunos disquetes por las redacciones. Colabora en medios como El Diario, El Salto, Crític, Caimán - Cuadernos de Cine, Directa y Rockdelux, entre otros.

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