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CINE CLÁSICO

‘Moros y cristianos’: el canto del cisne de la pareja Azcona-Berlanga para retratar a una España obsesionada por su imagen

FlixOlé estrena en streaming la última película que escribieron la pareja de guionistas, una astracanada inmersa en el estilo popular de su director
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En los más de 120 años de historia del cine español que llevamos, si en algo podemos estar todos de acuerdo es que no ha habido una mejor pareja de guionistas que la que formaban Luis García Berlanga y Rafael Azcona. El perverso vitalista y el divertido misántropo. Desde su primer trabajo juntos en Se vende un tranvía (1959), su ácida mirada sobre la realidad española se extendió durante casi 30 años, con un puñado de obras maestras por el camino.

La última colaboración escrita de Berlanga-Azcona se produjo en Moros y cristianos (1987), película que se estrena este 16 de febrero online en FlixOlé. Su llegada al streaming es una oportunidad excelente para recuperar este histriónico canto del cisne de la creatividad de ambos, el último testimonio de un estilo conjunto que marcó una forma de entender a los españoles y nuestra comedia popular durante la segunda mitad del siglo XX.

No tan bien recibida como otras de la dupla en su momento, convenida su inferioridad frente a las mejores películas de Berlanga, Moros y cristianos se sostiene más que bien como comedia tardoberlanguiana. El director valenciano potencia el estilo destroyer y alocado que marcaría la llamada “trilogía nacional” en una astracanada de libro que buscaba seguir un idilio con el público que, sin embargo, no lograría repetir tras La vaquilla (1985). 

En un punto de partida simbólico, las coordenadas iniciales de Moros y cristianos son muy parecidas a las de Patrimonio nacional (1981) —en Todos a la cárcel (1993) el referente sería más La escopeta nacional (1978)—: la llegada a Madrid de una estrambótica familia que huye de la decadencia. Pero, aunque Berlanga y Azcona buscan una fórmula parecida para representar los cambios a toda velocidad que experimentaba el país, ambos saben que los Leguineche y los Planchadell-Calabuig —¿no os recuerda el nombre a otra película de Berlanga?— pertenecen a Españas en momentos históricos diferentes.

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El núcleo de Moros y cristianos ya no es la decrepitud inconfesable de la nobleza vinculada al franquismo en la Transición (trilogía nacional) sino un grupo de parientes que buscan reflotar la anticuada empresa de turrones de provincias al calor del cash-flow de una España que estaba ya en una nueva fase: la del europeísmo (España entró en la Unión Europea justo en 1986) y el desarrollo económico festivo y sin control. Ya no somos un nombre (Planchadell y Calabuig), somos una marca (Moros y cristianos) que vender hacia fuera para que nos quieran.

Aunque el centro gravitacional de todo (el dinero) se mantiene con respecto a sus diagnósticos anteriores, Berlanga y Azcona nos sugieren que la apariencia le ha ganado totalmente la partida a cualquier cuestión de fondo en la España de 1987. No importa si somos o no somos modernos (spoiler: no lo son), pero lo que es obligatorio es parecerlo. Sobre todo si se quiere prosperar. El comisionista se convierte en asesor de imagen, y la familia buscará conseguir así la máxima publicidad disponible al mínimo coste posible. 

Para conseguirlo, la mediatización es cada vez más importante, por eso en la película vemos continuamente cámaras e imágenes televisivas. Con la entrada de las televisiones privadas a las puertas (1989), la resistencia a toda esa superficialidad la representa el antiguo patriarca de la empresa familiar, Fernando (Fernando Fernán Gómez), que acaba protagonizando la coda de humor negro final de la película. Aunque se resista a suceder, el cambio, generacional y de época, es ya una realidad para todos.

Moros y cristianos es más dispersa y evanescente que las películas anteriores de su director, pero precisamente por eso es también una de las muestras más extremas y directas de lo que conocemos como el “método Berlanga”: larguísimos planos secuencia, una maraña de personajes moviéndose de un lado a otro, acciones sucediéndose en primer y segundo plano al mismo tiempo, diálogos rápidos y ácidos, tan llanos como llenos de dobles sentidos… es un festival incesante de escenas de teatro de revista. Todo marca de la casa, claro. 

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La materia prima para que este método funcione bien son las interpretaciones, los cuerpos y las voces de sus actores. A los habituales berlanguianos José Luis López Vázquez y Agustín González se añaden unos perfectos Pedro Ruiz, Rosa María Sardá, Andrés Pajares y una Verónica Forqué que ganaría un Goya por su papel de secretaria, con un acento argentino cosecha de la propia actriz, que convenció a Berlanga para incluirlo.

Pero la presencia en pantalla que más ilusión hace ver en Moros y cristianos es la de Fernando Fernán Gómez. El actor y director no había vuelto a trabajar en una película de Berlanga desde su debut, Esa pareja feliz (1951), y ver una nueva colaboración entre ambos, con el veterano intérprete como enamoradizo representante de la tradición, es un plus de lujo. 

La colaboración en rima con Fernán Gómez, añadida a la última con Azcona, acrecienta la sensación de que Moros y cristianos es el principio del fin. Berlanga ya sabía que cualquier película podía ser la última y, aunque tardaría al final dos más en despedirse del cine, quería irse reforzando esa imagen de lo “berlanguiano” que tenía ya todo el país en la cabeza de sus películas sin haberle puesto aún un adjetivo. Un goce disparatado, aceptable para Berlanga e inalcanzable para cualquier otro director de comedias. 

Puedes ver Moros y cristianos online en FlixOlé.

La puedes ver online en

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, en 2018 cofunda y dirige el medio especializado Cine con Ñ.

Twitter: @artena_

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