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‘Mi vacío y yo’: Adrián Silvestre firma la película española más rompedora de la Sección Oficial

Raphaëlle Pérez protagoniza su propia historia de búsqueda de identidad y presión social como mujer trans

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Llega la película española más rompedora de la Sección Oficial a competición del 25 Festival de Málaga. Mi vacío y yo es especial entre las propuestas que optan a la Biznaga de Oro por fondo y forma: cuenta la búsqueda de identidad de una mujer trans, Raphaëlle Pérez, desde su propia experiencia, y lo hace a través de una ficción que mantiene siempre un pie en la realidad y con algunos de los códigos del cine de no ficción/documental. Una directísima representación de lo trans, ahora sujeto activo de su propia historia, que no tiene precedentes en el cine español.

Adrián Silvestre, director y coguionista de Mi vacío y yo, vuelve a Málaga después de menos de un año tras hacerlo en 2021 con Sedimentos, una película que competía entonces en la Sección Oficial Documental. Preguntado por Cine con Ñ sobre la diferencia en la exposición y atención que están recibiendo las dos películas, con la de 2022 en el gran escaparate de la Sección Oficial, asegura que «con la ficción se te abren muchas más puertas: hemos empezado compitiendo en Rotterdam (IFFR) y ahora estamos aquí».

En esa primera película documental, que consiguió el Premio Feroz Arrebato de No Ficción 2021, Silvestre reunía en un pueblo de León a seis mujeres trans y revelaba los contrastes y la diversidad que existe en un colectivo mucho menos monolítico de lo que se categoriza desde fuera. Ahora con Mi vacío y yo crea un potente díptico de vidas trans, que añade la experiencia subjetiva de una persona joven que vive el tránsito en su presente. La película cuenta así una «masiva presión social» para esta mujer en una Barcelona de citas de Tinder y cubículos de teleoperadoras.

La historia de Mi vacío y yo, la historia de Raphaëlle Pérez

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Fotograma de ‘Mi vacío y yo’

A la hora del encuentro con Cine con Ñ, Raphaëlle Pérez, Raphi, aún no ha visto la película. Emocionada y nerviosa, pronto verá en pantalla, sintetizado en 90 minutos, lo que ella define como «trozos de vida». Para Raphaëlle ha sido todo un viaje impensable hace 5 años, cuando conoció a Silvestre en un taller de cine dentro del programa de mujeres trans I-Vaginarium, donde planteó la posibilidad de hacer una película -y de donde salió también Sedimentos-. Raphi decididó compartir con él unos relatos que había escrito con sus vivencias. Y el cineasta, tras leerlos, quiso adaptarlos al cine.

Esos textos eran para la protagonista y coguionista de origen francés «una necesidad de evacuar. De ahí el título de Mi vacío y yo«, explica Raphaëlle. En ellos habla de su tránsito, sus experiencias sexuales y amorosas en Tinder… de su vida como joven trans en Barcelona. Silvestre consideró que había que contar en una película esa «perspectiva de alguien que llega de fuera y se enfrenta de forma tan fresca e inocente a todo» y por eso han llevado -«de la forma más fiel posible», atestigua Raphi- sus experiencias literales a la pantalla, ayudados por su gran memoria visual.

Añadidas las dos manos externas de Carlos Marqués-Marcet (10.000 KM, Los días que vendrán) en el guion, Mi vacío y yo expone sin rodeos las vivencias reales de Raphaëlle, con toda la dureza psicológica de la transición y la presión social que la rodeaba. Sobre cómo ha sido abrirse de esa manera en una película, la protagonista asegura que fue un proceso lleno «de contradicciones». «Lo vivía como un reto, un desafío, una suerte que tenía que cumplir porque no todo el mundo puede contar su historia. Por otra parte, había una noción de vértigo, de saber que iba a desnudarme ante todo el mundo», explica.

El cine y la vida, la ficción y la realidad

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Rueda de prensa de ‘Mi vacío y yo’ en el Festival de Málaga. Foto: Eloy Muñoz.

Además de la fuerza de su tema de fondo, Mi vacío y yo propone también un lenguaje cinematográfico alejado de los códigos narrativos clásicos, con diálogos improvisados y sirviéndose de actores profesionales mezclados con no profesionales. Herencia de la experiencia previa de Silvestre en el cine documental, el director detalla que apostar finalmente por la ficción «nunca fue una decisión premeditada. Me gusta desafiar y oscilar, que haya una duda de si realmente ese documental que veías no ha sido un poco trucado o si me he tomado algunas licencias documentales en la ficción».

Aunque en la película hay una línea y una puesta en escena que tiene que reconstruir dos años de la vida de Raphi, todos los diálogos de la protagonista se dieron sin que estuvieran en papel. Ante el reto de dirigir una historia tan personal con esta metodología tan libre, Silvestre explica que «usar el sentido común y la coherencia nos vino muy bien para la ejecución del proyecto. No tuve ensayos como tal, hay simplemente muchas horas detrás de hablar sobre lo que está ocurriendo, por qué, cómo nos sentimos… yo me pude anticipar a lo que iba a pasar y a cómo iba a reaccionar ella. Las palabras eran suyas, pero yo las podía prever gracias a ese trabajo previo«.

En cuanto a la dirección que tenía que tomar el proyecto para darle una conclusión narrativa al camino de Raphi, Silvestre confiesa que le «daba miedo construir una historia de empoderamiento que acabara apuntando a un lugar común: me pasa esto, busco mi lugar en el mundo, lo encuentro y final feliz. Las personas nunca dejamos de encontrarnos, es un conflicto que nunca se resuelve del todo. Me daba mucho miedo ser muy conclusivo y no quería ser naive en ese sentido». Finalmente, dice el director, consiguió encontrar «esos cambios fehacientes en los procesos creativos».

La escritura, el teatro y, finalmente, el cine han formado parte de ese desarrollo personal y búsqueda de identidad de Raphi, que, para ella, «nunca acaba». En cualquier caso, la protagonista de Mi vacío y yo asegura que el rodaje fue «muy terapéutico» para «abrir mi mente y encontrarme mejor conmigo misma». Silvestre defiende también la forma en la que «el cine se nutre de la vida y la vida del cine».

Imagen de portada: Photocall de Mi vacío y yo en Málaga. Foto: Álex Zea.

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