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Malasaña 32: Demasiado ruido para fijarse en las nueces

Correcta película de terror que podía haber llegado más lejos en algunos temas que plantea.

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Pedro y el lobo, el Coco que viene o los faroles en el mus. A fuerza de repetirse dejan de tener efecto. Eso mismo acaba pasando con Malasaña 32: de tanto buscar el jumpscare (saltar del susto) este va perdiendo su impacto. No deja de ser un eficaz ejercicio de terror, pero su efectismo hace que se diluyan algunas ideas interesantes que la habrían hecho picar más alto.

Partiendo de los misteriosos hechos reales que tuvieron lugar en un edificio de la calle Antonio Grilo (cercano a Malasaña pero con menos gancho, de ahí seguramente el cambio para el titulo), Albert Pintó construye una apreciable película de terror ambientada en los años 70, al estilo de Verónica (Paco Plaza, 2017) pero sin llegar a sus resultados. Independizado en la dirección de Caye Casas -con quien firmó su debut en el largo el año pasado con Matar a Dios y una serie de cortos interesantes como Nada S.A. o RIP-, Pintó construye una correcta y técnicamente poderoso filme de terror que sin embargo tenía mimbres para ir más allá.

Malasaña 32 despliega sus cartas demasiado rápido. El sonido y el montaje son los responsables de causarnos el miedo, creando atmósferas turbadoras que anteceden a un susto que siempre llega. El aparato técnico tiene buen nivel y el director muestra buenas ideas utilizando objetos inanimados para meternos la angustia en el cuerpo, y también hay guiños y homenajes a clásicos del género. El reparto hace un buen trabajo sosteniendo el peso de la película -mención para la joven Begoña Vargas que es en quien se apoya más la historia- y las breves apariciones de Concha Velasco y Javier Botet aportan un simpático punto extra de carisma.

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El principal problema de Malasaña 32 es que esta constante búsqueda del susto –que está bien conseguida, porque la película asustar asusta y consigue mantener al espectador involucrado- no deja espacio para que respiren el resto de sus hallazgos, que los tiene. La España de los 70, con sus migraciones campo-ciudad, los trabajos en galerías o la ilusión escapista de Iberia como pasaporte a una vida más estimulante. El sentimiento de culpa católico del matrimonio, que piensa que los misteriosos hechos podrían deberse a sus pecados. Y, sobre todo, el intento de explicar los fenómenos paranormales de la película desde un origen social, algo que se insinúa en el tramo final pero que no tiene el recorrido suficiente para adquirir entidad propia.

Estas dos películas que conviven en Malasaña 32 -una intensa y desenfrenada pero más típica y otra que llega al final más rica en significados- no consiguen potenciarse la una a la otra, lo cual no invalida por completo la propuesta, que sigue siendo un buen entretenimiento de género con una buena factura, pero sí impide que llegue hasta donde podría haberlo hecho de haber desarrollado todas las ideas que pone sobre la mesa. Sí que será importante en la vertiente industrial de nuestro cine: por las fechas y la amplia distribución que tendrá hará una buena taquilla, y eso tendría que ayudar a que se produzca cine de género con cada vez mejores medios.

 

Carlos Pintado Mas (@CarlosPM76)

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