Películas españolas
Lugares a los que nunca hemos ido: Luces por episodios

Lugares a los que nunca hemos ido es una película episódica que plantea 5 historias independientes: un encuentro inesperado de una expareja (Francesc Corbera y Belén Fabra); un casting con una extraña dinámica director-actor (Pepe Ocio y Andrés Picazo); una pareja que llega con expectativas a su nuevo piso (Laura Rozalén y Miguel Diosdado): dos casados dispuestos a ser infieles juntos en un hotel (Verónika Moral y Emilio Buale); y dos extraños que se conocen en una «fiesta de abrazos» (Ana Risueño y Sergio Torrico).
Película póstuma del director y guionista Roberto Pérez Toledo y gran ganadora de la sección Zonazine del Festival de Málaga, estamos ante un drama multirelato que se fija en un grupo de hombres y mujeres que ronda los 40 años y que se enfrentan a una encrucijada a la hora de ser felices a esas alturas de su vida. Más que el factor generacional, que también está ahí, lo que conecta estas historias es la esperanza de sus personajes por querer y ser queridos, esos sentimientos tan contradictorios.
Admitiendo que es imposible emitir un juicio ajeno a su muerte, Lugares a los que nunca hemos ido es seguramente la mejor película en largo de Roberto Pérez Toledo desde su ópera prima, Seis puntos sobre Emma (2011). Desigual en la fuerza y cohesión interna de sus historias, con algún bajón de significado importante, pero también con una meticulosidad en la humanidad de sus personajes que acaba por sacar luz hasta de los momentos más oscuros.
Vida y muerte

El debate eterno de separar obra y artista -o, más bien, su contexto- aquí se vuelve aún más complicado. Para los que sabemos de ella antes de verla (casi todos los que escribiremos antes de su estreno), la inesperada muerte de Pérez Toledo condiciona el espacio emocional desde el que miramos estos lugares por explorar. No solo por la triste constatación de que el director y sus ruedas ya no están, sino porque precisamente su última película no deja de buscar una vida extra en nuestro propio videojuego lleno de decepciones.
Más allá de un juicio irremediablemente viciado por la compasión que nos provoca la muerte, la película funciona cuando se lanza a los rostros y los gestos de sus personajes. Pérez Toledo, bregado en mil batallas, hizo lo que tiene que hacer un director de guerrilla como él: aprovechar las limitaciones impuestas. Rodada casi toda en un solo espacio por «episodio» y sin mucha interacción con el ambiente -aunque tiene sus salpicadura sociales-, la película busca su forma de comunicarse en las interacciones dubitativas entre las caras y los cuerpos de sus protagonistas. Corazón gana a impostura.
Futuros posibles en Los lugares a los que nunca hemos ido

Esa concentración en la situación y en el drama de los personajes también hace algo superfluo su discurso generacional, desdibujando la línea que une los puntos de las distintas historias. La correlación es leve o, en algunos casos, prácticamente no existe. Eso descontextualiza y desubica algunas de las tramas, que parecen cortos independientes. Es el caso de la situación protagonizada por Laura Rozalén y Miguel Diosdado, que no encuentra su sitio y frena el in crescendo emotivo. Entre las que brillan más: la de Sergio Torrico y Ana Risueño, perfectamete alineada con el espíritu del filme.
Pérez Toledo tuvo claro que la coherencia de esta película la iban a establecer sus primeros planos y la luz cálida sobre unos actores que tenían que saber exactamente a dónde apuntar. Y lo consigue. La maltrecha unidad de Lugares a los que nunca hemos ido, con un cierre en el que sopla aire fresco tras tanto interior, se mantiene gracias a una vulnerabilidad dolorosa pero también a un horizonte nuevo al que mirar con algo de optimismo. Una película inocentona, algo melancólica, pero que por eso mismo también mantiene esa rayita de esperanza que le da personalidad.

Arturo Tena