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Los inocentes: Jóvenes detrás de una piedra

Película de mérito en clave generacional.

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Caídos del guindo pandémico, emerge últimamente -en los medios, en la política institucional- el tema de la difícil situación que viven los jóvenes en España. A partir de los disturbios por el encarcelamiento de Pablo Hásel, crece la preocupación sobre la rabiosa y deprimida generación menor de 35 años, que está viviendo una nueva crisis mientras aún no se había recuperado de la anterior. Los inocentes, primera película de Guillermo Benet, llega en el mejor momento para seguir problematizando y enfocando este tema.



Los inocentes se acerca a lo generacional de forma indirecta, alejado de un drama social al uso y presentándose como una especie de thriller de circuito cerrado. Todo ocurre en una noche: un concierto en un CSOA acaba en cargas policiales. Un policía muere por una pedrada. Las personas que han sido testigos y responsables de esta muerte se ven obligadas a lidiar con ella. La película se presenta en un primer momento desde lo directo y angustioso, como una experiencia que busca colocarte en el dilema de una situación de tensión desbordante.

La película, inspirada por los hechos reales que se pueden ver en el documental Ciutat morta (Xavier Artigas y Xapo Ortega, 2014), cumple en ese apartado de historia angustiante. Si es lo que buscas, tienes una trama con un problemón que invita a que reconstruyas lo que está pasando y ver por dónde tiran sus protagonistas. Pero Benet consigue colar algo más en su planteamiento.

 

Inocente por inocente

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El interesante guión de Rafa Alberola y el propio Benet -que flaquea sólo en algunas líneas de diálogo demasiado sintetizadas- se divide en seis capítulos, uno por cada persona involucrada de alguna manera en el suceso. Cada episodio cuenta los mismos hechos, pero desde el filtro y la experiencia personal de cada uno de ellos. Benet ensancha así su película, se deshace del thriller por el thriller y convierte las horas de esa noche en una visión poliédrica que separa y conecta a sus protagonistas de forma inevitable.

Esta estructura de Los inocentes no es un capricho molón o una virguería para llamar la atención. Benet busca exprimir al máximo distintas experiencias individuales, aislarlas y ponerlas luego en diálogo. Los episodios desde un punto concreto convierten cada conversación, cada cosa que pasa en sensaciones intensas, pero inevitablemente parciales y incompletas. En ese sentido, es genial la idea de romper con la búsqueda de la continuidad e incluir variaciones de lo que pasa según quien lo está viviendo.



Las radicales formas de la película bailan al son de este planteamiento. Benet apuesta por un 1:1 en su formato, lo que focaliza y separa aún más a cada uno de los seis personajes, ensimismados cada uno de ellos en su experiencia particular. Las originales alturas de los planos y cómo se colocan los cuerpos en ellos hacen el resto: están ahogados por abajo y encerrados por los lados, sin capacidad para respirar o huir de lo que les ha tocado vivir esa noche fatídica.

 

La generación de los inocentes

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Al final, entre las luces de ciudad y asfalto de la fotografía, sí que aparecen unas sensaciones comunes y un hilo en el discurso. Benet huye de señalar culpables o establecer juicios morales o estrictamente políticos -que los hay-; más bien crea un estado de ánimo general, un efecto psicológico, que define ese sutil retrato generacional. Nos habla de unos jóvenes que llegan a su nueva etapa de madurez -rondando más los 30 que los 20- viviendo en un mundo hostil que no entienden del todo y que los mantiene presos en sus dinámicas.


¿Y cómo se llega a dar esa sensación en lo que dura una noche? Cada uno de ellos es diferente, pero algunos sentimientos marcan el paso y lo impregnan todo: el miedo y la culpa. Poco sabemos de sus condiciones de vida, pero se percibe una desconexión emocional general: no se fían del que tienen al lado y explotan nerviosos ante las situaciones que se les plantean. Buscan apoyos, pero la realidad no les cede ni medio centímetro. La violencia está demasiado presente.

Al final, cuando sale el sol, solo queda la incertidumbre ante el futuro, que aparece fragmentado en un titular y sin demasiadas expectativas de que pueda ir a mejor. Los inocentes es una película de mérito que, con una fórmula muy definida, consigue que nos lleguen las contradicciones de sus protagonistas a través de sus equivocaciones y sus frustraciones. Unas que, sin estar justificadas ni aparecer en plano, explican lo que nos ocurre mejor de lo que puede hacerlo condenar que se tire una piedra a la policía.

 

Arturo Tena (@artena_)

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