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Críticas

Los bárbaros: Una película para verlos

Una película esquiva, extraña y de alma libre que consigue transmitir el estado de ánimo de los invisibles de la crisis del 2008 desde otro punto de vista
Crítica de 'Los bárbaros', película de Martín Guerra y Javier Barbero

Los bárbaros arranca siguiendo a Marco (Job Mansilla), un joven peruano que regresa a Madrid tras, parece ser, no haber tenido mucha suerte en su salida. Tras dar algunos tumbos, se acaba instalando en una obra abandonada junto a su amigo Marcos (Álex Monner), que ejerce como guardia del edificio y vive en una caseta a la espera de que se reanuden los trabajos. Allí, también junto a la rusa Celine (Eliza Rycembel), pasan los días sin saber ni cuándo ni cómo su situación podría mejorar.

Martín Guerra y Javier Barbero, que ya habían hecho juntos el corto Los invencibles (2014), firman su ópera prima con esta película sobre unos buscavidas en la España del estallido de la burbuja inmobiliaria del 2008. Una crisis cercana que los jóvenes excluidos de Los bárbaros viven desde el más estricto y despreocupado de los presentes, en un día a día que sigue adelante aunque todo esté desmoronándose a su alrededor.

Es este estado de ánimo, entre una desesperanza gris y una cierta inconsciencia feliz, lo que les interesa a Guerra y Barbero. De escarbar con paciencia en estas sensaciones, a partir de personajes atascados y atípicos, han sacado una película extraña y sugerente. De esas difíciles de describir y catalogar, de las que no encajan en un pitch de 5 minutos y no tienen un desarrollo ni un público objetivo claro, y que por eso son las menos habituales. Y que por eso mismo también es importante celebrar cuando se hacen bien, como es este caso.

Los bárbaros y las crisis

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Una de las cosas más interesantes de Los bárbaros es su forma de representar la crisis de desempleo que se vivió en España tras la debacle del 2008. Desde la primera secuencia de desafío infantil a las clases pudientes, pasando por determinadas secuencias en las que se refleja el conflicto laboral (como la escena, casi cómica, en la que el jefe/capataz anuncia los despidos frente a la pasividad absoluta de los trabajadores), Guerra y Barbero buscan definir una determinada parálisis o impotencia de las clases trabajadoras, perdidas absolutamente sobre cómo enfrentar a los culpables de lo que les está pasando.

En ese sentido, a riesgo de que la película pueda desorientar con personajes que no son el típico «currito», sino tan aparentemente desconectados —que no ajenos, las sufren— de sus condiciones de vida, Los bárbaros pasa de ciertas lógicas del cine social, como puede ser la de la lucha por la dignidad del desempleado (Los lunes al sol) o de determinadas perspectivas generacionales (los jóvenes de Hermosa juventud (2014), por ejemplo) sobre lo que ocurrió en esa época con el paro. Eso, en cierto sentido, es el camino fácil, y la película prefiere ir por otro lado.

Es precisamente cuando Barbero y Guerra quieren meterse en esas claves de representación directa cuando peor les sale, porque no encajan mucho en ese feeling esquivo que han creado. Es muy evidente la insistencia de planos con la imagen promocional de las viviendas, contrastadas con las «ruinas» reales de las obras, y que, en una secuencia, los dos protagonistas se cargan a martillazos. Se siente un poco una «traición», por ser una traslación demasiado obvia, a lo que propone la película.

Los invisibles serán visibles

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Al final, lo más interesante de la película es cómo se coloca en la óptica contradictoria de unos personajes que, absortos por la obra a medio hacer, están a merced de lo que suceda, a mucha distancia emocional y material de la solución de sus problemas. La película los recoge en sus contradictorios flujos de pensamiento, en sus historias, captadas habitualmente en planos fijos que solidifican esa sensación de personas atascadas, casi fuera de su tiempo y su espacio.

La fotografía apagada de José Luis Salomón acompaña bien esa sensación, que completan bien los actores, que hacen suyo el texto y se lo llevan a su terreno. Job Mansilla explota bien su vis cómica, Eliza Rycembel demuestra empaque y Álex Monner compone a uno de los mejores «indolentes» que le han preparado de todos los que ha tenido que hacer a lo largo de los últimos años.

Todos los personajes de Los bárbaros toman decisiones muy cuestionables, varios de ellas directamente fuera toda lógica. El más conflictivo es Marco, al que Barbero y Guerra no tienen miedo de ridiculizar cuando se lo merece, pero al que también le dan una humanidad de fondo que salva muchas decisiones. Es lo que mantiene un interés emotivo sobre estos «olvidados». Ahí hay algo de los marginados del cine de Aki Kaurismäki que se acaba por vislumbrar de fondo y que hace que las vidas de estos bárbaros, invisibles para el resto, merezcan ser observadas.

Dónde ver

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Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.