Leyenda del cine español
Todas las vidas de Lina Morgan, la cómica todoterreno

Lina Morgan fue empresaria, vedette, actriz de teatro, cine y televisión. Pero, sobre todo, fue una estrella. Una de esas estrellas cotidianas que existían en otra época, cuando no había tantos canales ni nichos, y las caras famosas entraban un poco en la casa de todo el mundo. Se marchó hace 10 años, un 19 de agosto de 2015, a los 79, tras una vida intensa dedicada a su público.
A lo largo de su larga carrera, Morgan, como el pirata, fue tonta del bote, descarriada y también, como le prometió a su hermano cuando eran jóvenes, dueña del teatro de La Latina por el que pasaba todos los días por delante. Una trayectoria que empieza y acaba en las tablas del teatro en mitad de una revista, de esas, de las que ya no quedan.
En este décimo aniversario de su muerte, aprovechando la colección de sus películas y series disponible en FlixOlé, repasamos las etapas de una vida de comedia y compromiso con el trabajo, que ha influido decisivamente en la comedia española.
La tonta del bote conquista España
La carrera de Lina Morgan arranca apenas a los 11 años en una compañía de teatro infantil, y da el salto a la profesionalización y a su nombre artístico rozando la veintena como segunda vedette en la revista de Manolo Paso, donde coincide con Tony Leblanc o el mismísimo Miguel Gila.
En aquel momento haría sus primeros pinitos en el cine, con un papel en Vampiresas 1930 (1961), de Jesús Franco, o en ¿Qué hacemos con los hijos? (1967), de Pedro Lazaga, y debutando en televisión con adaptaciones teatrales en Estudio 1. En 1969 daría el salto al estrellato gracias a dos comedias: Soltera y madre en la vida y La tonta del bote, sus dos grandes éxitos, que la convierten en una cara conocida.
Entre ese año y 1975, Lina Morgan rodó hasta 15 películas, todas comedias. Aunque estaba rodeada de grandes nombres del cine del momento como José Luis López Vázquez o Alfredo Landa, fue ella la gran protagonista de algunas de las mejores propuestas de Mariano Ozores en la década como fueron La graduada (1971), La descarriada (1973), Una monja y un Don Juan (1973) o Señora doctor (1974).
Sería esta la época de mayor éxito y actividad cinematográfica de Morgan. Su dominio de la comedia física, su energía en la escena y su capacidad de trabajo la convertirían en una máquina de hacer reír y una referente de toda una forma de entender la profesión.
Regreso a las tablas
En realidad nunca abandonó el teatro, pero a partir de 1975 Lina Morgan concentraría sus esfuerzos en su faceta de empresaria teatral durante casi 20 años. Empezó con su propia compañía de teatro en el Cine Barceló y más tarde, en 1978, asociada con su hermano, pasaría a alquilar, y más tarde adquirir en propiedad, el Teatro de La Latina.
En los años 80 se dedicaría a protagonizar en La Latina sus propios espectáculos de revista, algunos de ellos emitidos en televisión. Morgan llenaba el patio de butacas con un público fiel que disfrutaba de su versatilidad hasta en dobles sesiones diarias.
Aunque los espectadores demostraron que no la habían olvidado, los gustos de la comedia cinematográfica habían cambiado y la industria también. Pero un día de 1993, RTVE le ofreció emitir su espectáculo teatral Celeste… no es un color. Y el resultado fueron 9,5 millones de espectadores, ya en la época de las privadas.
La resurrección catódica de Lina Morgan
A partir de ahí, protagonizó dos series de éxito, por supuesto, de comedia. La primera, Compuesta y sin novio, emitida en 1994 por Antena 3. La segunda, Hostal Royal Manzanares, en 1996 y para La 1 de TVE. En esta última combinó todas sus pasiones: revista, teatro y un personaje muy similar a sus chicas de pueblo buenazas que llegan a Madrid y triunfan gracias a su buen corazón.
De hecho, y gracias a ellas, justo hace 30 años se estrenaba su último largometraje para cine: Hermana, ¿pero qué has hecho? (1995), de Pedro Masó. Una historia en la que Morgan interpretaba a dos hermanas gemelas, una monja y otra actriz de variedades. Una de atracos y bastante comedia de enredo.
Luego vendría un bien merecido retiro en el que hasta 2010 continuó dirigiendo el Teatro de La Latina. Al mismo tiempo, tuvo también apariciones estelares en series como Aquí no hay quien viva. El año pasado, una serie documental, Lina (2024), de Israel del Santo, nos vino a contar no solo que su influencia sigue viva en actrices y cómicas actuales, sino que la esencia espontánea de un humor como el suyo es imposible en una industria prefabricada.
Quizás ahora estemos, entonces, en la última etapa de la trayectoria de la gran cómica: la de la herencia en forma de leyenda.
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Jose A. Cano





