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La viajante: Viajar es poder seguir

La road movie existencial de Miguel Mejías cae en la trampa del vacío de su protagonista, pero sabe también cómo darle un sentido

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Ángela es una fotógrafa de treinta años que vaga por su vida mientras una enfermedad va acabando con su madre. Tras su pérdida definitiva, Ángela decide salir de la ciudad y embarcarse en un viaje en un coche para depositar las cenizas maternas en un lugar de recuerdo compartido. Y de ahí, ir por la carretera sin rumbo. Pocos elementos más hay en la acción de La viajante, una callada road movie que se va quitando de encima hilos argumentales para expresar -a veces mejor, a veces peor- el desgarrado y vacío mundo interior de su gran protagonista.

La película de Miguel Mejías, que debuta en largo, está dividida en tres capítulos. Solo desvelaremos el primero. Está centrado en introducirnos en las coordenadas de la vida rutinaria y urbana de Ángela, una treintañera que trabaja como fotográfa en un parque de atracciones, mantiene frías relaciones sexuales con un compañero de trabajo y cuida de su madre enferma, una entomóloga retirada. El camino de La viajante está marcado desde el principio: establecer las coordenadas de un personaje con lo mínimo e ir metiéndonos en su perdido estado mental, confiando en el poder de transmisión de sus imágenes.



El doble filo del vacío

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Aunque nos introduce a su protagonista para que podamos percibir lo que le ocurre, el primer tercio de La viajante es una preparación para los dos capítulos siguientes, donde realmente Mejías puede desplegar del todo el vacío y la soledad de Ángela conectándolos con el espacio y la composición de sus planos. El vivir en la carretera conecta con esa huida hacia delante sin rumbo, con esa desconexión completa de los demás que ofrece el encapsulamiento del coche y la aparición de los contrastes del paisaje canario. Aquí es donde está la esencia de la película y donde hay que entrar para poder valorarla.

En ese sentido, La viajante es fiel a sus ideas y al concepto que plantea, desde el principio hasta el final. No lo cambia ni se desvía. Es una propuesta de un único personaje/perspectiva -aunque entra con fuerza también el que interpreta Miquel Insua- al que tenemos que acercarnos desde distintos puntos de vista, rellenándolo con significados y emociones. Mejías construye bien la huellas psicológicas de Ángela con distintas formas y símbolos (la no nombrada ausencia del padre, su fascinación heredada por los insectos, los recuerdos de su madre, la importancia de la cámara y el Super 8…), pero siempre con ese peso pesadísimo de la nada que tiene por dentro.

La gran pega que se le puede poner a La viajante es que, en ocasiones, se mimetiza demasiado con ese vacío. Aunque Mejías se preocupe de que sea a través de distintos símbolos y ambientes, la película cae a veces en el ensimismamiento y en la repetición de conceptos sin matices. Es el peligro de querer transmitir que ausencia y presencia son lo mismo: te puedes quedar en un territorio existencial demasiado amplio, indeterminado y, en sensaciones, bastante parecido todo el rato.

La viajante si no hay destino

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Aún con ese cuelgue excesivamente monótono en ciertas secuencias, Ángela no deja de recorrer kilómetros, y avanza. El complicado personaje-por incomunicado y difícil de empatizar- va tomando forma y Mejías sí que nos acaba metiendo en su mundo. Termina de darle forma, claro, la interpretación de la minusvalorada Ángela Boix, una actriz que brilló en Diamond Flash (Carlos Vermut, 2011) -película que comparte también a Insua- y que no ha tenido la visibilidad que merece en el cine. Ángela es Ángela, y va con todo.

Boix y Mejías, colaboradores desde hace tiempo, se miden y se dan rienda suelta para asomar a Ángela al abismo, a la peligrosa navegación a la deriva encima de un coche. Con algunas secuencias brillantes, entre las mejores de lo que llevamos de curso en el cine español, vamos entrando en el ritmo de la protagonista, que tendrá un encuentro importante en su camino con Miquel, un misterioso profesor con una botella de alcohol por amiga. La dinámica que introduce Miquel enriquece el viaje fatal hacia ninguna parte de Ángela, evitando que se encalle esa sensación de que no hay sensación.

La viajante no busca catársis alguna, pero sí completa un sentido para su personaje. El viajar es lo que se lo acaba dando o, por lo menos, lo que permite continuar a Ángela. No es una conclusión de la importancia del trayecto como metáfora de la vida, no hay Ulises volviendo a Ítaca. La vida aquí no tiene horizonte, no hay meta ni disfrute del camino a ella. El viaje lo que ofrece es una aparente suspensión del tiempo; las cosas en la carretera no pasan, porque nada permanece. En ese no-tiempo, en esa repetición continua del asfalto, Ángela deja de ser Ángela para convertirse en la viajante y poder seguir.

Imágenes: La viajante (Begin Again Films)
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