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La vampira de Barcelona: Blanco, rojo y negro

Factores estéticos reseñables pero sin ahondar en la historia de ella.

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A través de los ojos de Sebastiá Comas vemos la Barcelona de principios del siglo XX, dónde el contraste entre la ciudad burguesa del modernismo y los bajos fondos de pobreza y suciedad es aberrante. Cuando secuestran a una niña de una familia pudiente, las autoridades barcelonesas se ven obligadas a tomarse en serio el resto de desapariciones de niños, cuyas pesquisas llevan hasta Enriqueta Martí, quien entonces será bautizada como la Vampira del Raval (la Vampira de Barcelona del título). Sebastiá, que es uno de los periodistas encargados de cubrir la noticia, lleva a cabo su propia investigación, cuyos descubrimientos lo llevan hasta las más altas esferas de la sociedad, poniendo de entredicho la culpabilidad de Enriqueta.

El director Lluis Danés, que recibió con esta película el Premio del Público en el Festival de Sitges, toma la decisión de hacer que todo lo que vemos sea a ojos de su protagonista, incluida a la propia Enriqueta: pese a que el título de la película hace referencia directa a ella, sus apariciones son escasas. Su historia sirve para poner en contexto temporal e histórico a la trama, más centrada en la crítica hacia la impunidad de los poderosos que en tratar de hacer una aproximación a su persona. Esto hace que el personaje sea algo plano desde el principio; queda como una pobre mujer víctima de sus circunstancias sin dejar que hable por sí misma y el espectador llegue a una conclusión al respecto.

La vampira de Barcelona: Blanco, rojo y negro 2La mayoría (salvo algunas excepciones como el protagonista y, paradójicamente, Enriqueta) de los personajes de La vampira de Barcelona parece que se mueven por el único motor del beneficio propio. Aun así, las actuaciones, abordadas desde el exceso, se entienden como parte de la atmósfera buscada: mezcla de noir con la estética teatral, probablemente influenciada por el pasado de Danés como director de teatro.

Este ambiente hace que se creen lugares atemporales, donde el juego narrativo permite la existencia de espacios imposibles, pero que lejos de causar extrañeza quedan orgánicamente integrados en el relato. O, más bien, potencian la sensación de desasosiego que busca la película, haciendo que esta decisión estética sea su gran punto a favor.

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El uso del color es también reseñable. El filme es en blanco y negro, exceptuando varios momentos donde únicamente aparece el rojo como claro dominador -habría que sumar las escenas del burdel, que son en color, pero donde también predomina este tono-. Es evidente que Danés busca darle importancia a este color, usándolo como premonición de que algo malo va a pasar o, en el caso del burdel -en una clara referencia a David Lynch-, de que algo malo ya está pasando. Una marca que indica la inminente tragedia.

La mezcla de factores estéticos que la componen, como el uso del color o la creación de no-lugares a través del mecanismo teatral hacen que La vampira de Barcelona sea una apuesta arriesgada que resulta interesante. Pero, aunque La vampira de Barcelona sea una película que se sustenta en su estética, su guion expuesto siempre desde el punto de vista del protagonista no acaba de funcionar, perdiéndose entre la propia historia de Sebastiá y la de Enriqueta.

 

Edurne Larumbe Villarreal (@larvilrne)

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