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Jusqu’ici, tout va: Un ‘no’ que te define a ti y a la película

El actor Francesc Cuéllar debuta como director con un intenso filme de conversación sobre una actriz que se niega a hacer un desnudo en una película

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A medida que Filmin se va haciendo más grande en el mercado del streaming, también crece el Atlàntida Film Fest, su festival de cine online. En 2022 llega a su 12 Edición con una asentada programación presencial en Mallorca y una nueva Sección Oficial, con 13 películas a competición que se acercan a los «dilemas y conflictos» de las nuevas generaciones. La única española entre ellas es Jusqu’ici, tout va, primera como director del actor Francesc Cuéllar (Els homes i els dies en teatro, Mercado central en televisión).

Cuéllar plantea un largo muy corto, minimalista en presupuesto y puesta en escena, que se mete de lleno en el rodaje de una película. La actriz protagonista (Lola Marceli) acude al set para hablar cara a cara con el director ( el mismo Cuéllar): no piensa hacer una escena de desnudo que tenían apalabrada. Con una pequeña introducción y un epílogo muy personal, Jusqu’ici, tout va es básicamente la tensa conversación que mantienen Lola y Francesc sobre esa secuencia, el arte y sus vidas. El Atlàntida la estrena mundialmente el 31 de julio.

El título, que en español sería algo así como «por ahora, todo va», está cogido prestado de una famosa cita de la película El odio (La haine) (Mathieu Kassovitz, 1995) -que, a su vez, es una versión trágica de un chiste de Steve McQueen en Los siete magníficos (John Sturges, 1960)- que iba con un «bien» final («por ahora, todo va bien») que Cuéllar se ahorra convenientemente. La moraleja de la historia del hombre que cae de un edificio y repite esa frase para tranquilizarse acaba en El odio con la dura realidad: lo importante al final no es la caída, sino el fatal aterrizaje. Y Jusqu’ici, tout va plantea un aterrizaje forzoso.

Jusqu’ici, tout va: esa escena no la hago

Jusqu'ici, tout va: Un 'no' que te define a ti y a la película 1

La película se lee primero a partir de su antipático argumento metacinematográfico, de su autoficción reflexiva. Después de un baile inicial que adelanta el tema del cuerpo como espacio de disputa política y simbólica, Francesc Cuéllar se pregunta qué pasaría entre bambalinas de un rodaje si la protagonista se plantase frente a un desnudo en una película. Cómo se daría una situación en la que la confianza se ha roto y ya no hay vuelta atrás.

La película se centra en los abusos de poder más sibilinos en el sector audiovisual en un contexto post #MeToo, que se puede analizar tanto en clave pesimista o de advertencia («esto sigue pasando») o, por el contrario, como el momento perfecto para entendernos («ahora tenemos la capacidad para rechazarlo y seguir adelante»). En cualquier caso, sea entendida con mensaje negativo o positivo, la película de Cuéllar encuentra su punto cuando da vueltas sobre esa secuencia pactada que ha dejado de ser aceptable.

La información dosificada, la tensión en la selección de planos y las bombas en los diálogos mantienen la disputa en todo lo alto. Las gafas moradas del femenismo están puestas sin necesidad de decir que están ahí; el tema de la mercantilización del cuerpo de las mujeres se pone directamente en contradicción con la honestidad y la ambición del cineasta. Uno, además, joven y moderno, al que se le presupone otra sensibilidad con el asunto. Pero, ay, el capitalismo y el molar son traicioneros.

Duelo y autoterapia

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Entre la actriz y el director de Jusqu’ici, tout va no solo hay una relación profesional, sino también un vínculo personal, marcado también por las diferencias generacionales. El arrepentimiento de lo ya hecho en el de ella, la frustración del hacer y lo que queda en el de él. A partir de la película que están haciendo y su argumento, se van colando distintos momentos en los que la disputa se conecta a un terreno emocional cada vez más en la superficie. El argumento de la película ficticia es personal, por lo que la verdadera también tiene que serlo.

Se abre así un estudio psicológico; se destapan inseguridades y la necesidad de lidiar con el duelo de un hombre al que le persigue la sombra de la mediocridad. Cuéllar se deja llevar así por la urgencia de explicar a sus dos personajes y darles momentos de dolor y catarsis, resueltos a base de estudiadas declamaciones teatrales. Unos arrebatos de actor y autoterapia que luego sí se canalizan en un interesante epílogo final: nos acercamos al dolor del director a través de unas imágenes pasadas y una voz maternal. No todo va bien, pero aún podemos tener un buen aterrizaje.

Imágenes: Jusqu’ici, tout va – AMFF

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