Películas españolas
Jaula: El monstruo inesperado

En Jaula Paula y Simón, un matrimonio con problemas para quedarse embarazados, rescatan y luego acogen en su casa a una niña que aparece en mitad de la carretera y completamente perdida. Clara, la pequeña, no habla, tiene problemas de salud y solo parece estar tranquila cuando se «encierra» en una caja de tiza. Alrededor de ella empiezan a suceder extraños accidentes que Paula no quiere creer que sean obra de la menor, pero a medida que los hechos se precipiten todos tendrán que asumir verdades incómodas.
El sello The Fear Collection, apadrinado por Álex de la Iglesia y Carolina Bang, sigue dando sus primeros pasos con una propuesta muy lejos de lo que parecía esperable, revelando a un director, Ignacio Tatay, con una seguridad envidiable tanto a nivel cinematográfico como temático. La película es plenamente consciente de cómo es leído el género y juega con él para que la propia forma de narrarlo sea una especie de comentario sobre la misma idea de las amenazas que se ciernen sobre la familia, la pareja o la seguridad cotidiana.
Jaula es una historia sobre claustrofobia y silencio, pero no en la manera en que lo parece al arrancar. Hay decisiones, de narrativa, ambientación e incluso elenco, que parecen lastrarla hacia una propuesta más plana de la que finalmente revela, y que acaban teniendo una función mucho más lógica que la que parecía inicialmente.
Jaula y las formas del terror

Hay momentos en los que la película podría ser un drama intimista y familiar sobre la maternidad y no una película de terror. Es la forma de narrar y el tono los que nos hacen, por educación casi pavloviana, esperar el giro sobrenatural o tétrico. Eso habla bien de la dirección de Ignacio Tatay, porque está jugando al despiste, pero de forma honesta. Cuando se desvele la verdad, tendremos que admitir que han sido nuestros prejuicios, y que la manera en que la película presentaba la información estaba pensada para alimentarlos y hacer que nos los planteemos.
De esta manera, Jaula se cuenta de una manera hasta el último tramo y de otra al final, cuando se comprenderán mejor determinadas decisiones narrativas y elementos de ambientación, e incluso del reparto. Quizás se le pueden reprochar los falsos finales que va superponiendo en ese mismo acto final, que aunque tienen una función temática y, al menos uno, mantienen en vilo al público, acaban resultando excesivos y se sientan casi como una trampa en una película que, en general, acaba dando al espectador todas las herramientas necesarias para interpretarla.
También el aprovechamiento de los clichés visuales asociados a determinado tipo de historia hacen previsibles algunas soluciones, aunque esta es una decisión de estilo. Al final podemos considerar que cumplir esas expectativas, pese al necesario cambio de tono, supone un respeto de Tatay hacia su propio material y su propuesta.
El terror burgués y Jaula

Hay en Jaula una reflexión sobre el espacio privado, el horror doméstico y las invasiones imperceptibles del mismo, tanto las que provocamos nosotros mismos como las que nos llegan inadvertidas desde nuestra propia cotidianidad. Pero, cuando parece que la forma de revolotear sobre ellas va a ser la más conservadora posible -tanto en lo narrativo como en lo político-, la película de Tatay nos sorprende con un cambio que las hace aún más inquietante, revelándonos que la amenaza a la que debe enfrentarse el personaje de Elena Anaya es de una naturaleza mucho más terrible y cercana de lo que pensábamos.
Así, sería relativamente fácil leer ecos de casos reales en el argumento de Jaula -no diremos cuáles, porque es spoiler– cuyas implicaciones sociales no se evitan, pero tampoco se «solucionan» o analizan, simplemente se dejan en el aire para causar la necesaria incomodidad en quien las contempla. Hay un relato de sororidad roto también en el fondo de la película, que huye de ciertas modas recientes y al mismo tiempo las supera, porque no tiene miedo a reflejar debates del mundo real de forma poco habitual.
En resumen, Jaula supone una película notable, una ópera prima que habla de un director que debuta con pleno dominio de las herramientas cinematográficas del suspense y el terror, y una interesante reflexión sobre esos mismos mecanismos y los prejuicios sociales en los que se basan. Redonda en su planteamiento, original en el giro narrativo y tonal que ejecuta bien avanzada la trama, es un visionado recomendable tanto para los aficionados al género, que lo tendrán un poco más fácil para verla venir, como para el ajeno que normalmente huya del mismo y se encontrará aquí con otro tipo de película.

Jose A. Cano