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Entrevistas | Seminci 2025

«Necesitamos contarnos historias sobre cómo avanzar juntos hacia el bienestar de todos»

Irene Iborra explica las claves de 'Olivia y el terremoto invisible', una historia sobre los desahucios en animación 'stop motion' y dirigida a los niños que busca generar narrativas esperanzadoras para el futuro
Irene Iborra, directora de 'Olivia y el terremoto invisible'

Irene Iborra ha tardado siete años en producir y estrenar Olivia y el terremoto invisible, una historia sobre una familia desahuciada desde el punto de vista de la hija mayor, que intenta proteger a su hermano convenciéndolo de que todo lo que les ocurre es una película que les están grabando. Rodada en stop motion y coproducción con Francia, Bélgica, Suiza y Chile, la Seminci ha sido su estreno español tras ser premiada en el Festival de Annecy.

Iborra atiende a Cine con Ñ durante su paso por Valladolid para hablar de la necesidad de reflejar la pobreza infantil en el cine, el reto de financiar la animación y sus tiempos o la posibilidad de los finales felices en un cine social que trate con realismo el problema de la vivienda y de todas la crisis. Su estreno en cines españoles será el próximo 21 de noviembre.

¿Por qué contar esta historia en stop motion?

La elección del stop motion con marionetas es porque me parecía más fácil para que los niños puedan, digamos, identificarse y meterse dentro de la historia, entendiéndola, sin sentirse en peligro. Es una historia luminosa pero también con una parte muy oscura, y creo que si hubiera sido con actores habría hecho al público meterse más y sufrir más, quizás demasiado.

Las marionetas permiten un poco vivir la aventura y todo, pero sin sentirte en peligro. Al ser temas tan delicados creo que se necesita poder hablarlo con los niños y acompañarlos, al menos es mi experiencia con mi hija, por ejemplo. Así que las marionetas te permiten ese punto medio. Lo que creo que bien has percibido tú.

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Irene Iborra, en el rodaje de ‘Olivia y el terremoto invisible’. ©Ph Lebruman

Esa misma lectura estaría dentro de la ficción, cuando Olivia convence a su hermano de que lo que les pasa es una película…

Sí, es esto. La película es un juego de espejos, son espejos con la realidad, con la ficción… Olivia crea ese escudo, como diciendo «esto no nos está pasando de verdad», y es algo que le permite reacciones con un poquito más de calma. Ese proceso es muy habitual y lo refleja así la historia.

«Hay que reflejar la pobreza infantil y hacerlo de forma que se dirija a ellos»

Olivia y el terremoto invisible es una historia muy pegada a los desahucios de la crisis hipotecaria de 2008 pero parece de plena actualidad…

Es que empezamos a escribir el guión hace ya casi siete años. Se pierde la cuenta ya, ¿eh? El libro La película de la vida, de Maite Carranza, es de 2015, y ella lo escribe a partir de sus experiencias entre 2011 y 2013, precisamente con la crisis anterior. Iba a las escuelas a hablar de sus libros y hablando con los niños que se dio realmente del problema gigante que eran los desahucios y como lo vivían los niños. Porque había escuelas que les daban de desayunar porque luego igual en todo el día no hacía otra comida. Eso para ella fue un shock.

A partir de ahí empieza a investigar y se encuentra que la cantidad de niños en situación vulnerable es mayor de lo que ella creía, con muchos que están sin casa. Y piensa que esto hay que hablarlo en el colegio, reflejar la pobreza infantil y hacerlo de forma que se dirija a ellos, para que deje de ser un estigma. Ayudar a que, poquito a poquito, relaten su realidad, porque les da vergüenza.

Cuando yo leí La película de la vida sentí también esa necesidad imperiosa de hablar de todo eso, porque también tengo una hija y tanto la animación como la novela son herramientas muy buenas para hablar de todo esto y hacerlo lo más sin juicio posible. Y sí, puede que empezásemos con la crisis anterior, pero, ¿cuándo se acabó? Vivimos con la sensación de una crisis constante, no sé si llegamos a salir.

¿La coproducción internacional es una necesidad de la animación, o también indica que el fenómeno de los desahucios es menos español de lo que nos pensamos?

Es las dos cosas, claro. La animación stop motion al ser manual, es muy laboriosa, necesita mucho tiempo, y en consecuencia mucho dinero. Si no es con coproducción internacional es muy complicado llevar a cabo una película así. Lo curioso es que luego, cuando los productores internacionales leían la historia, tanto los franceses como los belgas, encontraban ecos de sus sociedades también. Al final es una historia de resiliencia y de cómo encontrar una comunidad y juntos transformar las cosas. Eso resuena en cualquier sitio.

¿Y cómo fue la parte de documentar los desahucios o cómo trabajan organizaciones como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH)?

Maite habló mucho con la PAH mientras escribía el libro, eso viene de la novela, y luego yo estuve documentándome con trabajadoras sociales, para conocer cuál era la realidad de estos niños. Y luego, hablando con las familias, en nuestro mismo entorno. Es algo tan común que en el equipo de la película hay personas que en sus familias, sin llegar a los extremos que se ven en la película, ha vivido situaciones parecidas. Así que espero que las personas que se han encontrado ahí, al ver esta narración, se sientan respetadas, que no se está banalizando el problema, aunque haya partes que lo aligeren para el público infantil.

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Entiendo que por la parte más cómica, dirigida a los niños…

Claro, efectivamente. La película es un poco como un pequeño vaivén entre mostrar situaciones duras y luego pasar a cómo esas situaciones se transforman a través de la inocencia y el humor. Y los niños acaban viendo algo positivo en toda esa oscuridad. Por eso hemos trabajado con toda la delicadeza posible para que esa parte sea emocionante pero nadie sienta que no se toman en serio problemas muy reales.

¿Por qué decidís que la madre sea actriz?

Bueno, la madre ya es actriz en la novela. Maite, que también es guionista además de escritora, conoce esa preocupaciones de cualquiera que se dedique a la cultura, la inestabilidad, perder trabajos cuando te haces mayor… Ella no da puntada sin hilo y yo, como directora y guionista, también me vi identificada.

«Parte de nuestro trabajo es generar narrativas alternativas»

¿La conclusión de Olivia y el terremoto invisible es que solo funciona la acción colectiva?

Sí, para mí es la clave. Es la forma en que me gustaría es que se leyera la película, un poco en contraposición al individualismo promovido por el sistema económico. El capitalismo quiere que nos disociemos los unos de los otros, pero no podemos, porque somos parte, somos la humanidad, de una naturaleza, de un entorno. Cada uno tiene que saber que forma parte de algo más grande y cuando te unes a ello de verdad es cuando las cosas cambian, se transforman, evolucionan. Si esto es lo que llega de la película, por mí fantástico.

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Es curioso porque la mayoría de películas, digamos, adultas, que han tratado este tema, lo hacen desde una óptica más individual, en la que los protagonistas buscan las soluciones por su cuenta. ¿Solo el cine infantil puede permitirse finales felices?

Pues es una buena pregunta. Cuando trabajas con animación y pensando en un público infantil, lo haces pensando que son el futuro y que la clave de cualquier transformación está en la educación que ellos reciban. Entonces, nuestra idea al menos es darles algo de esperanza, tanto para mi como para Maite era muy importante dejar un mensaje esperanzador. En el libro, fíjate, el final es todavía más feliz. No increíble, todo es realista, pero sí demasiado redondo. Y yo lo rebajé un poco en la película, por el miedo precisamente que hablaba antes a que las personas que se viesen reflejadas les pareciese excesivo, como decir que todo siempre sale bien cuando sabemos que no, que muchas veces sale mal. Pero creo que es importante que sea al menos positivo.

Entiendo entonces que en películas con actores, dirigidas a un público adulto, te pueden acusar más fácilmente de hacer algo irreal, o idealizado. Pero hay que tener cuidado, porque al final la narrativa también crea la realidad, y las posibilidades que vamos a ver en las cosas que vivimos dependen de las historias que nos contemos.

En este sentido yo sigo mucho lo que dice la activista y antropóloga Yayo Herrero, que parte de nuestro trabajo es generar narrativas alternativas que nos muestren vías posibles de salida de los problemas actuales del mundo. Solo vemos destrucción, élite políticas a las que se les ha ido la pinza… Quizás necesitamos contarnos historias sobre cómo avanzar juntos hacia el bienestar de todos.

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.

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