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«Los temas sobre los que investigo acaban convertidos en películas»

Tras Los ecos del Irrintzi (2016) y Lurralde Hotzak (2018), Iratxe Fresneda (Arrigorriaga, Vizcaya, 1974) retoma sus inquietudes en torno a los modos de ver y captar la realidad con Tetuán, un documental de creación escurridizo y sentido que reflexiona sobre el fenómeno de la migración empleando todo tipo de fuentes y materiales.
Tetuán parte de la historia de su padre, Carmelo Fresneda, para hilvanar un relato de varios tiempos y varios personajes atravesados por su condición de migrante. Ya la propia historia de su progenitor es apasionante. Nació en Almería y creció en Tetuán cuando era la capital del Protectorado español de Marruecos, en plena dictadura franquista. Intentó huir de la España del momento, pero acabó emigrando a Euskadi, donde trabajó de mecánico en la construcción, perdiendo los dedos de una mano en un accidente.
Iratxe Fresneda, también Doctora en Comunicación Audiovisual y profesora del Departamento de Comunicación Audiovisual de la UPV/EHU, no ha querido ceñirse solo a la evocación familiar, porque Tetuán es, sobre todo, un ejercicio que va en busca del otro, que celebra el encuentro.
Ahora que con Tetuán has concluido la denominada la ‘trilogía del registro’, ¿en qué consiste o qué es lo que has pretendido con este amplio proyecto?
Por un lado, la trilogía del registro tiene como elemento en común el preguntarse cómo miramos, cómo observamos la realidad y al mismo tiempo cómo la registramos. Qué se queda fuera del encuadre, qué se queda dentro, qué determina esas elecciones. Dentro de esas ideas como si fuese parte de una muñeca rusa, está aquello que queda fuera: esas autopistas de los relatos, cosas que parecen no interesar y que se convierten en historias olvidadas.
De manera más particular, en el marco de esa trilogía me ha interesado rescatar imágenes de archivo de fotógrafas de distintos lugares del mundo, imágenes de archivo cinematográfico que he reutilizado, que he resignificado también dentro de las películas y que he traído a nuestros días.
Te diría que otra cosa en común entre los tres filmes es el viaje, porque las tres películas acaban teniendo una especie de formato de road-movie, un género en el que me siento cómoda. Aunque en Tetuán me he arriesgado más, porque entre las diferentes partes de la película ha habido mucha ruptura.
De las tres películas que dan forma a la ‘trilogía del registro’, ¿es Tetuán la más compleja?
Sí, ha sido un proyecto arriesgado en cuanto a la producción. Me refiero concretamente a cómo haces la película, cómo gestionas todas las necesidades, ya sean económicas o de personas. Ha sido tremendo organizarlo, sobre porque además nos atravesó la pandemia y tuvimos que rodar parte de la película durante el Covid. Ha sido ambicioso e intenso y nos ha quitado todas las horas del mundo. Las que disponíamos y más.
Has mencionado la idea de ruptura que en parte caracteriza Tetuán, y considero que esa ruptura se manifiesta en muchos niveles. Es una película de varios tiempos, varios personajes, entre la introspección y la mirada hacia fuera. Cuéntanos el origen de esa madeja de historias y cómo comienzas a hilvanarlo todo.
Las historias con las que trabajo y que convierto en película parten también de una historia personal, de un impulso íntimo, de mí misma, pero son una excusa para contar las historias de otras personas. La historia colectiva, en definitiva. En Tetuán he tomado como detonante la historia de mi padre, en tanto que persona migrante, para después abrir la película a las personas que denominamos como migrantes en nuestros días.
En este caso, Irina Conca y Mohamed Iacob, una joven lipovena-rumana que se crio en las orillas del Danubio y que actualmente vive en Euskal Herria, y un joven saharaui que se ha educado en Cuba y que en estos momentos vive por diferentes lugares del mundo, porque se mueve constantemente. El movimiento, de hecho, ha sido otra de las características de esta película, incluso en el montaje. Quería hablar del concepto del movimiento que forma parte de las identidades de las personas retratadas en Tetuán.
«Ha sido duro bucear en mi infancia, en los recuerdos, en esa persona que ya no está»
Tetuán puede verse como una declaración de intenciones política a favor del movimiento de la gente y la erradicación de las fronteras. Hablas justo de las fronteras como «excesivas».
Exacto. Mi intención ha sido desestructurar y romper esas fronteras, no solamente conceptual o narrativamente, sino también desde la forma. La identidad visual de la película también rompe con los espacios y los tiempos. Esa ruptura espacio-temporal atraviesa todo el relato y se convierte en la vértebra de este texto audiovisual.
¿Cómo te enfrentaste a mostrar parte de tu historia personal y familiar en la película?
Ha sido un proceso catártico, tengo que confesarlo. Ha sido duro bucear en mi infancia, en los recuerdos, en esa persona que ya no está, que es tu padre, al que has querido mucho. Es duro indagar en un pasado que se está diluyendo de tu memoria, de tus recuerdos, que desaparece y también que quizás a nadie le importa. Al mismo tiempo, esas emociones las he reciclado y he convertido en una necesidad cinematográfica. Así que ha sido duro, pero también bonito, placentero e incluso hasta sanador.
¿Cómo conociste a Irina y de Mohamed?
Cuando empecé a trabajar la historia de Tetuán pensé en las personas que denominamos como migrantes, ya fueran de primera generación, de segunda generación, etcétera. Me di cuenta de que estoy rodeada de personas que llamamos migrantes, todos gente maravillosa y con historias increíbles que desconocemos. Eran y son parte de mi familia. Para mí, Irina es parte de mi familia. Mohamed es parte de la familia de una amiga mía. En fin, llegamos a la conclusión de que queríamos trabajar con gente cercana, pero no lo suficientemente como para que nos permitiera no perdernos.
Las dos partes de Tetuán están muy diferenciadas: el pasado y el presente, el yo y los otros. Es interesante el trabajo que haces con las voces en off, entre la primera persona del singular y las voces de la pluralidad.
Eso es, quería diluir mi voz en esa voz colectiva. En las voces de Irina, de Mohammed, que desapareciera esa primera persona que, de alguna manera, había sido la excusa para hacer este viaje y contar este relato. Desde el principio estaba así planeado. Deseaba hacer ese primer requiebro con mi voz, con esa narración en primera persona, para después abrirla a lo colectivo, a nosotros, nosotras y nosotres.
¿Cómo operasteis en términos de producción en vuestros desplazamientos al Sahara y Rumanía?
Cuando planeamos ir a rodar al Sahara Occidental, era un momento caliente en la zona. Se habían dado dos asesinatos con drones a población saharaui y el Gobierno español pidió a los periodistas que abandonaran la zona. Por cuestiones de seguridad contamos con una persona acompañándonos que fue de suma ayuda.
En Rumanía también nos ayudaron, aunque la situación era distinta. Nuestro equipo era muy pequeño, porque la película requería mucha intimidad para trabajar con los personajes. Estábamos en sus casas. Nos habían permitido entrar en sus vidas, pero lo que no podíamos sobrepasar ciertos límites. Tanto Irina como Mohamed han venido a mi casa. Yo les he abierto mis puertas, ellos me han abierto las suyas y esa es nuestra relación.
«Mi cine es el resultado de las tres áreas que realizo: la docencia, la investigación y la realización de películas»
¿La financiación, parte de la cual ha sido mediante crowdfunding, ha determinado que el equipo de producción haya sido pequeño?
No. La película comienza con la ayuda de una fundación que se llama Otxoa de Barandika. Han venido apoyando mis dos últimas películas, sobre todo la gestación de los proyectos. Una de las cuestiones por las que nos planteamos hacer un crowdfunding, que no esperaba que fuera a hacer, fue primero la dificultad de arrancar un proyecto tan ambicioso, abstracto y tan a contracorriente.
Después, generar ese vínculo con el público. Es decir, que las personas que podrían ser posibles espectadores tuviesen caras y pudieran formar parte de todo nuestro proceso. De hecho, han seguido a través de nuestro blog el proceso de trabajo de la película. Ha sido muy bonito a nivel de comunicación, e incluso a nivel fílmico, como experiencia. El crowdfunding es una parte muy pequeña de todo el proceso de financiación en el que hemos contado con la ayuda del ICAA, del Ministerio de Cultura de España, del Gobierno vasco, dos televisiones, etcétera.
También te digo que, sin ese impulso colectivo y sin esa complicidad de los mecenas, pues hubiese sido más difícil. Ellos nos han dado mucha energía. Al final, el crowdfunding no es tanto la financiación monetaria, porque conlleva muchos gastos. A nosotras nos ha dado otra cosa que creo que es más importante: la energía al comprobar que hay gente que quiere ver la película y que apuesta por otras cosas.
Por último, eres docente y también cineasta. De alguna manera, tu cine es el encuentro entre la teoría y la práctica. En un momento en el que parece que hay un repliegue político a marcar categorías y espacios estancos, ¿crees que el cine debería ir en busca de formas híbridas que apuestan por la multiplicidad y por el encuentro?
El ser humano es así. Necesitamos ordenar, porque el mundo es caótico, la realidad es caótica. Y el mercado ordena mucho más todavía. Al mismo tiempo, el ser humano ha desarrollado suficientemente la curiosidad para decir “bueno, y si me desvío por aquí, ¿qué me voy a encontrar?”. Esos desvíos son los que me interesan. El otro camino, sé que lo tengo. Está ahí, aparcado y puedo explorarlo cuando quiera. Pero el otro, ¿quién sabe?
En mi caso, trabajar en la universidad es un privilegio que me ha costado muchos años de esfuerzo. Y creo que mi cine es el resultado de las tres áreas que realizo: la docencia, la investigación y la realización de películas. Todo está entrelazado porque aquello que investigo es aquello que convierto en películas. Y mi propio aprendizaje en el cine regresa al aula y a su vez el aula me devuelve más cosas, porque es una interacción continua.

Paula Arantzazu Ruiz


