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‘Francesca y el amor’: Desafiar las expectativas después de los 60

Alba Sotorra cambia de registro tras ‘El retorno: La vida después del ISIS’ y ‘Comandante Arian’ para retratar la vida y el trabajo de su amiga la artista plástica Francesca Llopis

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La idea de Francesca y el amor surgió cuando la cineasta Alba Sotorra se mudó temporalmente a casa de artista visual Francesca Llopis, de la que es vieja amiga, coincidiendo con que la hija de esta última, Djuna, se marchaba por motivos labores a vivir a Brasil unos meses. «Ella es un referente para mí por la forma que tiene de vivir la vida, que la vive como su arte, desde la libertad y la necesidad de estar siempre explorando, sin miedo a perderse», explica. Por eso cuando la vio sufriendo una suerte del síndrome del nido vacío tuvo ganas «de quedarme allí y mirar que pasaba. Yo creía que ella era inmune a ese tipo de cosas y me interesó mucho su forma de buscar salida a esa soledad». La respuesta, en parte, fueron las aplicaciones de citas. Pero no solo eso.

Francesca y el amor también nació, confiesa Sotorra, de su necesidad de «estar en casa, estar con mis amigas y tocar un tema luminoso, que fuese optimista y ligero». La documentalista, que ha presentado su último largometraje este viernes 25 de marzo en el Festival de Málaga, llega tras ganar el Premio Gaudí y ser nominada al Goya en su categoría por El retorno: La vida después del ISIS. Su película anterior a esta fue Comandante Arian, dedicada a las mujeres kurdas en la Guerra de Siria. El cambio de tono, aunque las mujeres que desafían lo que el mundo espera de ellas siguen siendo las protagonistas, es absoluto.

En ningún momento la película oculta que la cuestión romántica es realmente secundaria. Para su directora es una historia «para madres e hijas», que empieza y acaba con Francesca y Djuna -autora también de la banda sonora del filme- juntas y en casa. «El nido no se rompe, simplemente se transforma», explica a Cine con Ñ la directora. A lo largo de los casi tres años en los que estuvo grabando a su amiga, pandemia mediante, la relación con la hija se vuelve digital pero no deja de ser estrecha, y la película lo celebra.

Francesca y el amor contra la soledad

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El amor y Francesca, en fin, se muestran con muchas formas: en sus citas con hombres que conoce por una conocida aplicación, sí, pero sobre todo en su relación con las otras mujeres de su entorno, en la sintonía con su expareja… y en el amor a su trabajo como artista, cuyo proceso creativo se desliza en los primeros compases del filme, se abandona para dar espacio a la sensación de soledad tras la mudanza de la hija, y luego se retoma conforme la propia Francesca se va a reencontrando consigo misma.

En ese sentido Francesca y el amor es un desafío a los prejuicios del espectador en la medida en que puede esperar que en algún momento se profundice la figura de Llopis y su carácter como artista internacional, y finalmente se limita a mostrarse en momentos concretos y cuando realiza obras que dialogan con los temas de la película. La artista aparece como un torbellino, que evoluciona sus instalaciones o lienzos casi en trance… y que incluso provocó algún problema de raccord durante el rodaje.

«La idea de empezar un cuadro ante la cámara para ella fue algo muy íntimo, porque nunca ha pintado nunca delante de la gente», nos explica Sotorra. «Mientras estábamos rodando yo siempre le decía: ‘Oye, hemos rodado hasta aquí, esto no lo toques hasta mañana que volvamos’… y era imposible, no había manera de mantener el raccord, llegábamos y si algo antes era azul ahora era rojo». Un proceso que, en última instancia, muestra igualmente el carácter de la protagonista: «Si Francesca sentía que tenía que ir por un camino, no podía evitarlo y lo hacía».

Francesca y el amor contra las expectativas

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Al mismo tiempo la subversión se encuentra también en la temática de su tramo central. Hemos visto miles de veces, en ficción o documental, a mujeres hablando de la vida en pareja o el ligue en torno a una mesa o a alguien que se anima a conocer gente mediante una aplicación de citas, pero es raro que tengan la edad y la actitud vital de Francesca y sus amigas. Sotorra aparece personalmente en una escena, una cena con abundancia de espirituosos en la que las otras animan a la protagonista a probar una conocida aplicación, y que no es más que una conversación real grabada con permiso de las presentes.

La parte de los «ligues» de Llopis fue más complicada de negociar, en la medida en que mientras se rodaba la película ella misma empezó a sentirse incómoda con el uso de las aplicaciones, hasta el punto, añade su amiga «que actualmente no las soporta». Algo que la misma Sotorra cree interesante sobre la construcción de los documentales: «Estamos contando un proceso en la vida de una persona y resulta que cuando lo terminas esa misma persona ya no se identifica como quien era cuando lo vivió».

Algo que, como ya hemos dicho, acaba quedando aparcado cuando Llopis reconecta con su arte… y con hija. Francesca y el amor, para su directora, es la historia de «un proceso de reubicación. Como mujeres vamos pasando muchas etapas en la vida y estamos constantemente reubicándonos». Así, en última instancia lo que queda es «la capacidad de rebelarse de una mujer, de no hacer lo que se espera de ella por su edad o por pertenecer a un círculo determinado. Para mi es algo como que te da fuerzas. En el cine estamos un poco huérfanas de referentes femeninos en ese sentido».

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