Críticas
Fin de fiesta: Un ‘huis clos’ patrio

La directora y guionista de 'Fin de fiesta', Elena Manrique, en la presentación de la película en la Seminci 2024. ©Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci)
Puede que recaer en el caserón de Carmina (Sonia Barba) haya sido lo mejor que le podía pasar a Bilal (Edith Martínez-Val), un inmigrante que ha entrado en España de manera irregular desembarcando en alguna de las kilométricas playas andaluzas. Puede que sí, pero también puede que no. Este es el punto de partida del peculiar ‘eat the rich’ aderezado con algunas ideas de la claustrofobia buñueliana con el que debuta la productora Elena Manrique (Celda 211, El laberinto del fauno) en el terreno del largometraje. Su título: Fin de fiesta.
Si recordamos algunos ejemplos internacionales recientes versados en esta temática, véase El triángulo de la tristeza (2022) o las series The White Lotus (Max) y El Decamerón (Netflix), no es difícil acusar a este tipo de relatos de poca sutileza, ya que parecen más interesados en la sátira a veces de brocha gorda que en ofrecer una historia de detalles y matices. Adelantamos que el ejercicio de Manrique no es un giro copernicano en esta tendencia.
Presentada en el concurso oficial de la Seminci 2024, este Fin de fiesta escrito y dirigido por Manrique está planteado como un huis clos cuya estructura narrativa está al servicio de las distintas dinámicas que se establecen entre las protagonistas una vez Carmina descubre a Bilal escondido en su casa, ocultándose de la policía.
No arranca nada mal, en este sentido, una película que trata de capturar algunas inquietudes más actuales, desde la desigualdad de clase hasta la xenofobia, encerrando a sus personajes en un jardín del edén envenenado. De ahí que, evidentemente, la tensión vaya de menos a más, aunque para Manrique eso se traduzca en un exceso guiñolesco que no le sienta nada bien a la película.
Una villana caricaturizada en Fin de fiesta
Cuando conocemos a Carmina por primera vez desde los ojos de Bilal, vemos a una mujer frívola pero benevolente, con una Sonia Barba bastante ajustada en el papel, aunque su dicción no se corresponda con ese perfil de aristócrata andaluza que se presupone a su personaje.
Suyas son, eso sí, algunas de las líneas de diálogo en torno al buenismo más ácidas y chispeantes —»Yo también soy un poco roja, del PSOE»; «Yo antes era de Cáritas, pero ahora voy a volver a hacerme en tu honor», le dice a Bilal como si nada—, aunque su esperable transformación en supervillana de la película sea bastante caprichosa y deje que desear.
Por el contrario, la relación de Bilal con Lupe (Beatriz Arjona), la empleada del hogar que tampoco se libra de soportar unos cuantos clichés, parece construida con menos intención caricaturesca. Es cierto que los vínculos que establecen los dos personajes, en tanto que dos mujeres desposeídas y explotadas, son de lo más genuino del libreto, pero, de nuevo, el desequilibrio con el que el guión articula a los personajes no juega demasiado a su favor.
Se acabó la fiesta

En realidad, Fin de fiesta es menos descarnada y divertida de lo que pretende y su crítica al statu quo más excéntrica que profunda. Si por una parte al personaje de Carmina le pueden las ganas de convertirse en un icono cinematográfico del mal, su puesta en escena insiste en desaprovechar unos cuantos de los recursos que tiene a su alcance.
A la luz de las risas en su estreno nacional en Valladolid, es más que probable que la película de Manrique encuentre su público y, por supuesto, estará bien. Aún y así, quizá sea el momento de pensar en dar carpetazo a las sátiras claustrofóbicas sobre las relaciones de poder y las disparatadas y crueles ocurrencias de las élites. También debería de haber un fin de fiesta para ellas.

Paula Arantzazu Ruiz