Crítica
Filmei paxaros voando: No me había dado cuenta de que yo amaba tanto a mi madre

Fotograma de 'Filmei paxaros voando'. Montaje: ©Cine con Ñ
No hace falta ser un espirítu cinematográficamente aventurero para adentrarse en los terrenos del documental testimonial. La abundancia asfixiante de audiovisual corporativo de autorías inconcretísimas, que emana de comités de ejecutivos y creadores diseñando productos para audiencias tan generales que también resultan inconcretas, puede reforzar la atracción por un cine de origen personal y ejecución artesana. Siempre que conecte realmente con el deseo posible de visionar algo que parezca real. Siempre que no sea un simulacro, como esos bares hipster cuyos rótulos de plástico fingen, a través de falsas texturas pintadas, que son de madera.
Filmei paxaros voando debía ser un documental de evocación, fijación y análisis de la memoria familiar, pero acaba centrándose en lo que está sucediendo en el presente de los implicados. Su autora, Zeltia Outeiriño González, fue acercándose al reportaje de la vida en marcha: filmó conversaciones-entrevista aptas para un documental de cabezas parlantes, y también incorporó videoconferencias para mitigar la soledad pandémica, interacciones con profesionales de los cuidados, salidas improvisadas a la playa…
La voz en off de la misma cineasta comenta los materiales del ahora y del antes (vídeos familiares, etcétera), construye relatos y discursos sobre ellos. El resultado parece auténtico. Y auténticamente doloroso.
Regreso a la familia

Filmei paxaros voando parte de la vida difícil del creador, esa que la ensayista Remedios Zafra explora de manera puntiaguda y desgastada, quizá angustiada, en libros como El entusiasmo o El informe. La autora de la película se nos presenta como una mujer que pasó su infancia en Galicia y que se alejó de sus parientes al instalarse en la Barcelona cultural. Sí, esa Barcelona donde quizá terminemos empalmando la adolescencia extendida de los pisos compartidos como Erasmus a los cuarenta con la convivencia en residencias geriátricas.
En esta película, estrenada en el Festival L’Alternativa 2024, Outeiriño González emprende un regreso al hogar. El objetivo específico es explorar la figura de su tío, un hombre creativo, energético, vitalista, que falleció décadas atrás. Escogerle a él como un centro del relato va algo más allá de la importancia que su ejemplo pudo tener en la trayectoria vital de la cineasta: representa las opresiones de la sociedad del franquismo y más allá, los limites de disidencia aceptable que se marcaba.
En el camino de exploración de testimonios, de exposición de materiales de archivo (familiar), comienzan a aparecer el deterioro de la salud de la madre de la autora. Ambas mantienen una relación distante. La misma realizadora, a través de la voz en off, confiesa (y el verbo ‘confesar’ parece adecuado, dado el registro del documental) que sospechaba que su madre exageraba sus molestias para recibir más atenciones, más cercanía. Vemos discrepancias en la gestión del dolor, de la cotidianidad de la enfermedad. Y vemos, además, la llegada de la covid-19.
Filmei paxaros voando, un documental con dos vueltas de tuerca

Quizá el filme de Outeiriño González había nacido como un ejemplo de inmersión en una memoria personal con hilos colectivos: la homosexualidad públicamente ocultada del tío provocaba que, como ha sucedido en otros documentalismos de proximidad como la maravillosa pieza argentina El silencio es un cuerpo que cae, la obra sirva para escenificar que, efectivamente, lo personal es (o puede ser) político. Pero la autora acaba reorientado la mirada hacia los vínculos paternofiliales y, más específicamente, los vínculos maternofiliales, especialmente explorados en los últimos años por el cine español a raíz de la dedicación de un buen número de directoras y guionistas pertenecientes a diversas generaciones.
La obra ha incluido otro giro más respecto a lo previsto. La historia de desarraigo, de distanciamiento respecto a los modelos familiares representados por los progenitores, acaba convirtiéndose (¿inesperadamente?) en una historia de reconciliación y nuevos entendimientos. La historia colectiva, la historia social con mayúsculas, parece perder peso (aunque haya algo de apariencia en ello: la maternidad tal y como fue ejercida también está relacionada con el contexto temporal, geográfico, ideológico). Y el filme acaba siendo un documental de lo íntimo que intenta rehuir el riesgo de resultar impúdico.
No hace falta ser un espíritu cinematográficamente aventurero para adentrarse en los terrenos del documental testimonial, pero hay que asumir para ello que el cine no es exclusivamente una ventana de evasión de la vida y sus problemas. Filmei paxaros voando no tiene rastro de ese documentalismo tan temeroso de aburrir al público que termina relatando realidades durísimas con estrategias propias del mundo del entretenimiento. La obra de Outeiriño González representa a la cultura que puede doler. El visionado puede removernos, puede hacernos pensar en las relaciones familiares o de cualquier tipo que hemos vivido y que se han ido deformando de maneras indeseadas, indeseables. ¿Pero quién dijo que vivir podía ser una experiencia siempre indolora?

Ignasi Franch