Críticas
El talento: Un dilema sin flujo

Stills de 'El talento'. ©David Herranz. Montaje: ©Cine con Ñ
Elsa (Estér Expósito) tiene el talento de tocar el violonchelo. Aunque está a una sola prueba de ser aceptada en un prestigioso conservatorio, decide darse una tregua en su preparación para ir al lujoso cumpleaños de una amiga (Mirela Balic). Pero lo que iba a ser una jornada de celebración y felicidad se convierte en toda una encrucijada: o acepta una vergonzosa oferta del padre de su amiga (Pedro Casablanc) o su familia y su brillante futuro estarán en peligro.
Polo Menárguez, que estrenó en 2019 la interesante El plan, vuelve a dirigir una película de ficción. Lo hace de la mano de Fernando León de Aranoa, que ha confiado en su evidente talento como para producir y coescribir con él esta revisión para nuestros tiempos de La señorita Else (1924), novela de Arthur Schniztler —que inspiró con otra de sus novelas Eyes Wide Shut (1999)— construida desde el monólogo interior de una joven en la decadente burguesía austrohúngara.
En El talento, la encrucijada de la novela de Shchnitzler se convierte en material para un thriller psicológico, que va escalando y estrechando sus tiempos para acercarse a una joven que tiene que decidir entre mantener su dignidad como persona o posiblemente hundir su carrera profesional y la vida de su familia. Y, pese al esmero que le pone Menárguez, esa diatriba de desclasamiento se queda un poco corta.
Un problema, una sensación

El problema principal de El talento es que el núcleo del dilema de su protagonista, sobre el que se sostiene la propia película, no aguanta todo lo que se le echa encima. Sobre todo porque se sostiene en torno a una tensión argumental que, una vez presentado el dilema y sus implicaciones, pasa una y otra vez por las mismas sensaciones cinematográficas, aguantadas por la expectativa morbosa del espectador — por cierto, aguantada a su vez por lo mismo que te están diciendo que no es bueno (sexualización de las mujeres, la impunidad de las élites)—.
No ayuda a darle más matices la interpretación de una hiperprotagonista Ester Expósito, a la cual se le están dando varias y grandes oportunidades en cine (Venus, El llanto) y no las está terminando de aprovechar. Pese a que encaja perfectamente en el papel, su forma de abordarlo se estanca rápido, sin darle ningún matiz que no nos esté señalando ya Menárguez desde la dirección —otro añadido: su excompañero en Élite, Jaime Lorente, tendría algo que decirle sobre la «lágrima en seco»—.
El talento de escribir

Es posible que esta novela no fuese la mejor base para convertirse en película. La señorita Else funciona precisamente porque no está definida solo desde la disyuntiva a la que se enfrenta la protagonista, sino que este problema se dispara desde un «flujo de consciencia», de pensamientos. Seguimos la cabeza de Else saltando de un tema a otro, pensando, repensando, escapándose y recorriendo distintas emociones en cuestión de segundos, yendo desde la descripción precisa hasta la fantasía más absoluta. Algo prácticamente imposible de hacer en cine.
Menárguez y León de Aranoa han pensado, legítimamente, que el punto central de la novela conectaba con ciertas claves del feminismo contemporáneo y, en la línea del Aranoa de El buen patrón (2021), en la lucha de clases. Por eso se han decidido a actualizarlo, reforzando el peso del dilema (a diferencia que en la novela, no es solo la familia lo que está en juego) y cambiando su destino final. Es pertinente, pero no añade nada nuevo a la reflexión sobre la reapropiación de las mujeres de sus propios cuerpos como para que lo estéril del planteamiento valga la pena.
Al final, lo que queda de El talento es una película sostenida por la vehemencia y precisión sensorial de su director, un Polo Menárguez que demuestra que la mano que se veía en El plan no era una casualidad. Es lo que salva a la película de ser un thriller psicológico del montón, lastrada por un punto central que se agota a mitad de camino.
Dónde ver


Arturo Tena