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El olvido que seremos: Juego de espejos

Una propuesta correcta en lo fílmico, con un Javier Cámara de bandera y unos recursos técnicos y narrativos acertados

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El olvido que seremos es la última película estrenada de Fernando Trueba, uno de los «intocables» del cine español, con guión de su hermano David sobre la novela homónima de Héctor Abad Faciolince, quien narra diversas vicisitudes de la vida de su padre, Héctor Abad Gómez, afamado médico en la Colombia de la segunda mitad del siglo XX . El film, ganador del Goya a la Mejor Película Iberoamericana y representante de Colombia en los Óscar -certamen donde finalmente no estuvo entre los títulos propuestos-, ha generado gran expectación desde que clausurara la pasada edición del festival de San Sebastián.

Trueba comienza sus más de dos horas de narración in media res, a través de diversas imágenes de una pantalla de cine en Turín donde Héctor Abad hijo asiste a una proyección de El precio del poder (Brian de Palma,1983) junto a su novia. Este particular homenaje al cine (que posteriormente se repetirá en la trama con los visionados de Muerte en Venecia (Luchino Visconti, 1971) sirve, tanto para poner la nota cinéfila, como para inaugurar un relato basado en un juego de espejos entre el presente de la narración a principios de los 80 con la infancia del personaje en los 60.

El olvido que seremos: Juego de espejos 1

A lo largo del metraje iremos observando cómo el hijo adulto, ya independiente, va repitiendo comportamientos que tienen su eco en una infancia compartida con su padre, a quien va dedicada esta obra (tanto fílmica como literaria). Más allá del mensaje que se puede inferir del relato, en el que la figura de Héctor Abad padre sirve como ejemplo de bondad y respeto hacia los demás, poniendo el acento en la libertad de pensamiento e igualdad de oportunidades, El olvido que seremos no deja de ser un sentido homenaje de un hijo hacia su principal ídolo, su padre.

Para ello (herencia directa de la novela), la película no se cuenta desde el punto de vista de Héctor Abad padre -por mucho que la narración glose sus virtudes y enseñanzas-, sino que coloca al hijo como protagonista y narrador en primera persona de las acciones de su padre, sobre quien recae el peso del contenido de la obra.

Esta opción de relato, además de denotar respeto por una figura de tanta importancia para el narrador / testigo, acentúa el carácter ejemplificante de una vida en un film tan marcadamente «de tesis» como el que nos ocupa. En otras palabras, la mejor forma de poder inferir un mensaje en clave general es llevarlo a lo concreto: si una persona como Héctor padre es capaz de generar semejante impresión en uno de sus principales allegados (su hijo), su experiencia puede servir de ejemplo para muchos. El plano del reflejo del rostro del hijo en un charco, donde anteriormente se había mirado el padre, resume esta particular carta de amor. 

Para ello, metiéndonos ya en un contexto más técnico, Trueba opta en El olvido que seremos por una fotografía en blanco y negro para los recuerdos más recientes mientras que inunda de color la pantalla para hablarnos de la infancia. Aunque de entrada llame la atención al darle la vuelta al uso habitual de este recurso, resulta un acierto narrativo proponer la infancia (feliz, idealizada y cuna de nuestras personalidades posteriores) con una gran variedad cromática, y hablar del triste presente en un país azotado por la violencia y la inseguridad pública de forma más «apagada».

Se genera de esta forma un relato diferenciado en dos épocas (marcadas también por el cambio de actor del hijo) que posibilitan ese juego de paralelismos apuntado al inicio: si un Héctor niño tiene que pedir permiso por el destrozo de un cristal, de mayor sus irresponsabilidades evolucionan en repercusiones más grandes al verse involucrado en un accidente de tráfico, atolladero en el que también tendrá mucho que decir su padre. 

El olvido que seremos: Juego de espejos 2

El resto de apartados técnicos (vestuario, dirección de producción, etc…) están logrados, reviviendo una época pasada con todo lujo de detalles y recursos. Por ejemplo, son soberbios tanto la forma que encuentra Trueba de saltar del inicio in media res a la infancia del narrador por medio de un recurso tan estilístico como el plano subjetivo -a través de un catalejo de juguete- como el posterior plano secuencia presentado la casa de los Abad.

Por último, y absolutamente no menos importante, tenemos la mejor noticia de la película: Javier Cámara. El actor español (Vamos Juan) se transmuta en un Héctor Abad de los pies a la cabeza. Ya no sólo es que resulte creíble, es que genera esa atracción y bondad que El olvido que seremos quiere transmitir del personaje tratado. Cámara salta “al otro lado de la violencia colombiana” tras su incursión en Narcos (2015 – 2017), serie que parecía haber monopolizado el discurso popular sobre el punto de vista de estos años en el país sudamericano, pero que puede tener una contestación de perspectiva con la obra de Trueba. Lo que resulta curioso, uniendo ambos productos, es que para los papeles protagónicos se suela eludir a los artistas locales.

El olvido que seremos es una propuesta correcta en lo fílmico, con un Javier Cámara de bandera y unos recursos técnicos y narrativos acertados para la adaptación de un relato tan conocido gracias a la novela. En cuanto al interés concreto de la historia, el filme hace gala de las ventajas e inconvenientes del “discurso necesario”: puede resultar moralista, pero al mismo tiempo, en el mundo incierto en el que vivimos, quizás no esté de más escuchar este tipo de conclusiones esperanzadoras una vez más

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