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El huerto del francés: El monstruo que llevamos dentro

Denostada durante décadas, la que Paul Naschy siempre consideró como su mejor película ha sido recientemente restaurada

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Tras debutar como realizador con Inquisición (1976), Jacinto Molina (nombre real detrás del mítico Paul Naschy) se cuestionó de dónde provenía la expresión «Te van a llevar al huerto», un dicho popular del que no quedaba clara su procedencia. Tras descartar una pista falsa que lo llevó al antiguo barrio de La Guindalera de Madrid, el actor, guionista y realizador más reconocible del fantaterror español terminó descubriendo que su origen se debía a los escabrosos sucesos acontecidos a finales del siglo XIX y comienzos del XX en la localidad sevillana de Peñaflor. De ahí nació El huerto del francés (1977).

En dicha localidad andaluza se perpetraron al menos 6 asesinatos probados cometidos entre 1898 y 1904, todos ellos llevados a cabo en el popular Huerto del Francés, una casa de campo a las afueras del pueblo cuyo dueño era Juan Andrés Aldije Monmejá, conocido como El Francés, por ser natural de Agén (Francia), un huido de la justicia gala acusado de profanar cadáveres de la Guerra franco-prusiana. Junto a su compinche, José Muñoz Lopera, decidieron utilizar el apartado lugar para montar una casa de juegos clandestina donde atraían a inocentes víctimas con los bolsillos llenos de dinero, que terminaban encontrando la muerte tras ser desvalijados.

Atraído por una historia con tal potencial, no dudó en desplazarse hasta la población sevillana para documentarse sobre uno de los acontecimientos más cruentos de la crónica negra española. Al llegar allí, en un principio, se encontró con la negativa de unos vecinos a remover viejas heridas y faustos recuerdos, que dejaron marcado durante décadas el nombre del pueblo.

Una ley del silencio que fue rota por el párroco de la localidad, que terminaría accediendo a ayudarlo, mostrándole documentación sobre el caso e, incluso, guiándolo por los lugares claves donde acontecieron los asesinatos. De esta fructuosa visita nació un bosquejo de argumento, que más tarde adoptaría forma de guion con la ayuda de Antonio Fos. La intención fue en todo momento mostrar cierta fidelidad a los sucesos reales que narraban las crónicas de la época, aunque lógicamente se fueron incorporando numerosas licencias dramáticas para adaptar la historia a las inquietudes del público de los primeros años de la democracia.

Un romance macabro

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El huerto del francés comienza con uno largos títulos de crédito en negro mientras se escucha la bella e imponente voz de Rosa León interpretando un romance compuesto por ella misma para la ocasión. En tono aflamencado e inspirado en los numerosos romances que se cantaron en la época, que serían plasmados en sendos pliegos de cordel conservados, se nos introduce en los crímenes que el espectador va a presenciar. Una canción que complementa muy bien a la banda sonora de Miguel Arteaga en la que sobresale la guitarra española y las tonalidades andaluzas, reflejo del lugar donde se desarrollaron los hechos.

La música siempre fue una preocupación constante de Jacinto Molina en sus películas como director, un elemento esencial en todo filme, pero que había sido denostado en la gran mayoría de las películas en las que había trabajado como actor antes de convertirse en realizador, producciones de bajo presupuesto que reutilizaban retales de bandas sonoras recicladas.

En este romance ya se relata a grandes rasgos la esencia del caso, cuyos personajes y acontecimientos esenciales se reflejaron en la película. En este sentido se describe muy bien el modus operandi que siguieron los dos compinches a la hora de cometer sus crímenes. Mientras que Muñoz Lopera actuaba como gancho, reclutando a crédulos amantes del “juego de los prohibidos”, El Francés los esperaba dentro del huerto con su “muñeco”, barra de hierro con la que golpeaba mortalmente a sus víctimas aprovechando la oscuridad de la noche. Si no morían en el acto los remataba con un martillo para posteriormente enterrarlos en las conejeras, lugar que se iría convirtiendo con el paso de los años en un cementerio repleto de víctimas de este psycho-killer patrio.

 

Tradición y erotismo

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Otro de los elementos que sobresale en la película es la labor de fotografía. Dirigida por Polo Villaseñor, se reconstruyó la Andalucía de la época utilizando localizaciones de Algete (Madrid), Sevilla o la propia Peñaflor. Una recreación más austera que esos escenarios góticos y sobrecargados en donde estaba acostumbrado a desenvolverse.

Con una paleta de colores donde sobresalen los tonos ocres, que dan vida a escenas eminentemente costumbristas, la película parece estar imbuida de esa España retratada por José Gutiérrez Solana o Julio Romero de Torres. Si en el primero se inspiraron para recrear la ambientación que está detrás de ese episodio inolvidable de la España profunda, aquella cuya tierra removida huele a muerte, la influencia del segundo se observa en la presencia constante de las figuras femeninas que predominan en la cinta.

Esa fusión inconfundible entre tradición y erotismo que dio a su pintura el pintor cordobés es la que se esconde en gran parte de las secuencias del prostíbulo. En ellas se recrea la belleza desnuda de la mujer, una cualidad efímera que da lozanía a unas escenas de gran calado folklórico.

La incursión en la trama del prostíbulo, cuya existencia no se corresponde con el caso real, no es más que una excusa perfecta para introducir esas escenas de destape tan del gusto en la época de su estreno. Si desde el punto de vista masculino el peso de la película recae indiscutiblemente en Paul Naschy, el protagonismo femenino se lo reparten esas tres mujeres sobre las que gira el personaje de Juan: Elvia (Julia Saly), Charo (Ágata Lys) y Andrea (María José Cantudo).

La primera es su inocente e ingenua esposa, una mujer devota que ignora la condición de mujeriego de su marido. La segunda es una de las prostitutas que trabajan para él, una mujer de gran carácter que lucha por seguir siendo la favorita de Juan. Por último, nos encontramos con el personaje interpretado por una jovencísima María José Cantudo, amante ocasional de Juan y a la que ha dejado embarazada en uno de sus escarceos.

 

Más allá del destape

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Estos tres personajes, junto con el resto de prostitutas que trabajan en el Huerto del Francés, conforman un interesante retrato de la mujer a comienzos del siglo XX. Serviles y entregadas, viven en un mundo dominado por hombres que las utilizan como simples medios para satisfacer sus instintos. En torno a estas mujeres, en ocasiones, la película adquiere elevados tintes dramáticos, que terminan convirtiendo la obra de Jacinto Molina en mucho más que una simple obra de terror de bajo presupuesto.

Agresiones, enfermedades venéreas, vejaciones y humillaciones. Mujeres sometidas en cuerpo y alma a un hombre miserable y sin escrúpulos. Este cariz dramático que adquiere el filme por momentos llega a su punto álgido en la secuencia del aborto de Andrea. Al enterarse Juan de que Andrea está en cinta, no duda en obligarle a deshacerse del niño lo antes posible. En una escena explícita y desgarradora, se somete a una intervención que casi le lleva a la muerte. De este modo, el director y guionista se atreve a introducir un tema cuyo tratamiento sería impensable solo unos años antes.

A pesar de que la película introduce ciertos elementos que tímidamente demuestran una preocupación y crítica social, la obra de Jacinto Molina no deja de ser una recopilación de los temas que sobresalieron en el cine español durante los primeros años de la Transición. “Sexo… amor…. Sadismo… homosexualidad”, así rezaban los carteles promocionales en su estreno. Un cóctel donde mezclar todo aquello que el régimen reprimió, todo un compendio  de lo prohibido.

En este sentido, la presencia de Ágata Lys y María José Cantudo en el reparto fue todo un reclamo en la época. Dos figuras emergentes que llevaron su disputa artística a niveles personales. Es de sobra conocida la tensión que se vivía en los rodajes cuando estas dos habituales del cine de destape coincidían. Un odio que se plasma en la gran pantalla y que ayuda a crear tensión dramática en ese duelo femenino que recorre todo el filme.

Un duelo actoral, que a medida que avanza la trama, va ganando claramente María José Cantudo. Será su personaje la que se atreva a enfrentarse al gran tótem que representa Juan. Al descubrir sus crímenes no duda en denunciarlo a la Guardia Civil, intervención que supone la caída definitiva del criminal. Un hecho que no se corresponde con el caso real, en el cual los asesinatos serían descubiertos gracias a las pesquisas que inició el familiar de una de las víctimas del Francés ante la inoperancia de las autoridades en las investigaciones.

Al final de la película, una vez ajusticiados en el garrote vil, se retoma el romance de Rosa León y se canta la suerte que corrieron los dos asesinos que inspiraron la trama. No deja de ser interesante el carácter esperpéntico que adquiere los últimos momentos de la vida de Juan Andrés Aldije y Muñoz Lopera, que son un fiel reflejo de lo que cuentan las crónicas. Según diversos testimonios, los reos sufrieron enormemente durante la ejecución por la poca pericia de los verdugos a la hora del ajusticiamiento.  En este caso, la figura del verdugo está interpretado por el carismático Luis Ciges, primer personaje que aparece en la película mientras prepara el garrote para el fatal momento.

La elección de la cantautora madrileña y el tono grotesco que adquiere el final del filme, parecen revelar una crítica sutil a la propia pena de muerte, recientemente eliminada del código penal español. Hay que recordar que Rosa León fue la primera en interpretar Al alba, la más recordada canción de Luis Eduardo Aute, una canción de amor que pronto se terminaría convirtiendo en el más crudo alegato contra la pena de muerte durante los últimos compases del régimen franquista.

 

«Homo homini lupus»

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Como hemos observado, El huerto del francés está imbuida de ese pesimismo antropológico que caracterizará gran parte de las películas de Paul Naschy como director y guionista. Detrás de esta historia siniestra se esconde un retrato atroz del alma humana, un ser débil cuyo carácter es fácilmente moldeable. Gran parte de sus obras como realizador podemos entenderlas como un compendio fílmico sobre los pecados capitales por los que se guía el ser humano en su efímero paso por la vida.

Esa debilidad de espíritu y su incapacidad por reprimir sus pasiones más primarias lo hacen ser el animal más peligroso, ya que es capaz de vender su alma al mismísimo diablo con tal de conseguir sus propósitos. Eso es lo que le sucede a Bernard de Fossey, el Gran Inquisidor protagonista de su ópera prima, un hombre de moral inquebrantable que en su cruzada contra la herejía terminará sucumbiendo a uno de los grandes pecados capitales: la lujuria.

Si en su película de debut jugaba con la idea de la maleabilidad del carácter de los hombres, en el filme que nos ocupa parece defender, en realidad, la existencia de una perversión natural en el ser humano. Esto se observa en el personaje de Juan, una persona sin escrúpulos morales de ningún tipo, que utiliza a todo aquel que le rodea para satisfacer sus altaneros deseos.

Aunque vuelve a estar muy presente el tema de la lujuria como en su anterior película, a través de ese triángulo amoroso en el que vive inmerso, los mayores impulsos por los que se guía Juan serán la avaricia y la envidia. La primera de ellas es la que le impulsa a cometer los crímenes como medio para acrecentar su caudal económico y con ello terminar convirtiéndose en un hombre autosuficiente, que ya no tenga que depender de la protección de su suegro, persona que odia profundamente y por la que siente un rencor enfermizo.

En definitiva, Juan representa la maldad pura que puede llegar a esconderse tras el ser humano, un ser vil que no tiene límites a la hora de satisfacer sus deseos. El propio protagonista es perfectamente consciente de su naturaleza. Al final de la película, en el momento en que son detenidos los asesinos en el lugar del crimen, el médico que visita a las prostitutas que trabajan para El Francés le insinúa a este: “Estás loco, Juan”. A lo que el asesino responde apesadumbrado: “Eso quisiera yo, estar loco”. Inteligente y maquiavélico, calcula sus asesinatos desde la frialdad de una razón al servicio de su ambición.

En ese sentido, nada tiene que ver con la gran mayoría de los personajes que interpretó durante su larga carrera como actor, casi todos ellos, monstruos nacidos de la imaginación, que viven en un mundo de oscura fantasía. En cambio, como sostiene el director Víctor Matellano, El huerto del francés es “una película que apela al terror real, el brutal, el de la España negra, sin concesiones, ni paños calientes”. En el fondo, el horror que realmente asusta, ese que hace avergonzarnos de nuestra condición.

Sobre este cambio de rumbo en la filmografía de su padre reflexiona Sergio Molina: «Esta película supuso en cierta medida una ruptura con su carrera anterior. En este caso se adentra en el terror, pero también en la crónica negra e incluso en el drama rural. La lucha de clases estaba servida con la visión de los señoritos en contraposición con los desgraciados que acudían a las timbas ilegales a gastarse los pocos ahorros que tenían. Una visión pesimista del ser humano que siempre le acompañó, como se veía en la posterior El caminante (1978) donde el Diablo se encarna en cuerpo mortal para llegar a la conclusión de que el ser humano puede llegar a ser peor que el mismísimo Lucifer».

Efectivamente, El caminante puede concebirse como un relato alegórico sobre la condición humana, una historia donde vuelve a la senda de lo fantástico pero con un gran matiz reflexivo. En esta ocasión, Paul Naschy da vida a Leonardo, la encarnación del Diablo en un cuerpo mortal durante el Siglo de Oro español, época por la que viaja para poder gozar de primera mano los placeres que esta le ofrece.

En este deambular por caminos solitarios irá sembrando el mal por todos los lugares por donde pasa, convirtiéndose la película en todo un manual de los vicios capitales por los que se guía el ser humano. A este carácter metafórico del filme se le une las innumerables referencias literarias en las que claramente se inspiró el guion de Jacinto Molina y Eduardo Targioni: Don Quijote, El Lazarillo de Tormes, El Libro del Buen Amor, etc.

Además de comprobar lo débil que es el alma humana y lo fácil que es corromperla, Leonardo se dará cuenta de algo realmente asombroso: el hombre puede llegar a ser más perverso que el propio Diablo. Esta es la moraleja que está detrás de la cinta. Con El caminante, Jacinto Molina pretende demostrar que la máxima filosófica que afirma que «el hombre es un lobo para el hombre» es una gran verdad, una sentencia que resulta más lúcida si es sostenida por aquel que es considerado como “El hombre lobo español”. La metáfora no puede ser más recurrente.

A este respecto es interesante la reflexión que le hace Leonardo a su ayudante tras liberarlo del clérigo ciego al que servía: “El hombre es el único bicho auténticamente malo de la creación. Y eso es lo que hace que el diablo tenga asegurado su trabajo. (…) El rico se caga en el pobre y le saca la sangre como una sanguijuela, y este en cuanto puede le corta el cuello al rico. Así son los humanos, en este mundo todo es innoble y rastrero. Todo tiene un precio. Todo se compra y todo se vende.” Esta visión de que gran parte de los males que asolan el mundo obedecen a ese miserable caballero que es don Dinero, es la que se desprende de El huerto del francés.

Tanto Leonardo como Juan representan dos caras de la misma moneda, dos visiones de la maldad intrínseca de la condición humana. Para expresarlo gráficamente, Jacinto Molina utiliza un recurso habitual en la representación de sus personajes fantásticos más reconocibles: los primeros planos de la mirada amenazante como expresión de la maleficencia. En El huerto del francés estos planos están aderezador por exagerados y artificiosos claroscuros, que dejan al descubierto los dos rostros del protagonista: el humano y el animalesco.

Dos rostros que terminan fundiéndose a nivel interno del mismo modo en que el personaje de Waldemar Daninsky lo hace de manera física. Un dualismo antropológico que recorre, sin duda, toda su obra. Mientras por el día se hace pasar por un hombre trabajador y fiel marido, al igual que el hombre lobo, utiliza la oscuridad de la noche para cometer sus crímenes dando rienda suelta a sus impulsos.

 

El huerto del francés, la recuperación de un clásico del spanish horror

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El huerto del francés parece un preludio de lo que más tarde sería la serie televisiva ideada por Pedro Costa, La huella del crimen, una producción de enorme éxito durante los años 80, un sórdido recorrido por los casos más recordados de la España negra, dirigida e interpretada por nombres de primera línea. En su deseo de fidelidad y por su tono serio, la película de Jacinto Molina podría ser un capítulo más de la mítica serie, un interesante y original relato que demostró la valía como realizador de este verso libre del cine español.

Denostada durante décadas, la que Paul Naschy siempre consideró como su mejor película ha sido recientemente restaurada en 4K. Editada por Divisa Home Video en un magnífico Blu-ray + Book, se ha recuperado en todo su esplendor este clásico del spanish horror que consagró como director al actor español que encarnó a los grandes monstruos literarios de la historia. Un cineasta que supo ver en la historia real de los asesinatos en Peñaflor la mejor prueba de que la más peligrosa de las bestias la llevamos dentro de nosotros mismo.

 

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

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