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El año de la furia: La política y las personas

Rafa Russo presenta una película que tiene contexto histórico y contenido político, pero demasiado perdido en el catálogo de personajes

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Uruguay se convirtió en una dictadura militar en el verano de 1973. Los meses anteriores, el pequeño país sudamericano bullía por dentro: crecía la tensión y la represión, con los militares ganando cada vez más poder y autonomía dentro de un Estado incapaz de hacer saltar los resortes democráticos. Sobre ese corto período de tiempo trata El año de la furia, una película de Rafa Russo que se las apaña en su faceta histórico-política, pero que se boicotea con sus hilos melodrámaticos sin compensar.

Hay dos focos centrales en la película: por un lado, la historia de dos guionistas (Alberto Ammann y Joaquín Furriel) de un programa humorístico de televisión con problemas con la censura y, por el otro, la de un militar (Daniel Grao) que ejecuta torturas y que busca sentirse menos culpable en los brazos de una prostituta (Martina Gusman). A esto se le añaden distintas historias personales adyacentes, mientras el tiempo pasa y el cerco autoritario se estrecha.


El año de la furia política

Rafa Russo, que vuelve a la ficción en largo después de 15 años, ha hecho una película que sí enseña algunos elementos de la situación política de entonces, interesantes para cualquier que no conozca los detalles de los sucesos históricos. Especialmente en la trama vinculada a lo mediático, se ve la presión, el juego con la censura y la cada vez más necesaria toma de posición del pueblo ante lo que estaba ocurriendo en el país. Quizá algo superficial para el espectador uruguayo, pero al menos El año de la furia da una idea de qué estaba pasando en el país, ayudada por una ambientación de época en Montevideo sin lujos pero funcional.

El año de la furia: La política y las personas 1


Hay también conceptos e ideas sobre el clima psicológico que vivía entonces el pueblo uruguayo. En las situaciones personales que se presentan están la indignación, la traumática violencia creciente y, sobre todo, el gran miedo que se iba apoderando de los desconcertados ciudadanos uruguayos. Se percibe un intéres por representar un ánimo común. El problema es que se queda en un aroma general, en unas ideas tímidas que sobrevuelan escenas y momentos concretos pero que realmente no son el interés central de la película.

El año de la furia personal


Russo pretende más bien integrar el avance del militarismo en Uruguay dentro de una historia dramática y personal de varios personajes, con sus diferentes situaciones sentimentales y psicológicas. Légitimo interés. Pero se concentra en trazar distintas líneas, en darle forma a varios protagonistas, y no funciona. Aunque Diego (Ammann) es el que más peso tiene en la película, tampoco termina de coger las riendas dramáticas de lo que va ocurriendo y si le va dando alternativa al teniente Rojas (Grao) y Leonardo (Furriel). Sin referencias claras -y sin personajes femeninos relevantes-, las claves políticas y sus emotividades relacionadas se van cayendo por el camino.

Las intenciones -y el resultado- de la película se podrían resumir en el personaje de Leonardo, un escritor de éxito que se evade de hechos traumáticos del pasado a través del alcohol y se esconde a través de un pseudónimo en un programa televisivo. Aunque en él se encarnan algunas de las ideas sobre cuál era la percepción emocional de lo que estaban pasando los ciudadanos uruguayos, también se le incorpora una torturada historia sentimental que realmente distrae más de lo que aporta. El efecto emocional del miedo se conecta con el contexto político; la historia de amor se queda aislada y sin alma.

El año de la furia: La política y las personas 2


El año de la furia es una película a contrarreloj que, inevitablemente, ya sabes cómo acaba. La propuesta de Russo busca compensarlo con historias particulares que puedan dejar huella y que puedan acompañar y relacionarse con ese contexto histórico, que es el que marca toda la estructura de la película. Pero un trío protagonista demasiado disperso y unas subtramas desconectadas frenan el alcance del oportuno comentario político e histórico: la democracia nunca está del todo a salvo, hay que defenderla.



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