Críticas
Daniela forever: Encontrarse en sueños

Stills de 'Daniela Forever'. Montaje: ©Cine con Ñ
Daniela forever se mete en la vida de Nicolas (Henry Golding), un DJ sumido en una crisis vital terrible tras la muerte de su novia, Daniela (Beatrice Grannó). Pero todo cambiará cuando entra en un ensayo clínico que le ofrece un control total de sus sueños, con la idea de que pueda superar su trauma mientras duerme. Nicolas parece entonces recuperar su vida, pero, sin embargo, estará cada vez más lejos de la realidad de la misma.
El director y guionista Nacho Vigalondo vuelve —al cine, porque en realidad siempre ha estado ahí, de una manera u otra— con esta historia de amor y duelo filtrada por una ciencia ficción onírica. La película se mete de lleno en un tema con tradición cinematográfica (llamarlo subgénero sería pasarse) propia: la de la fantasía (masculina) ante el fin del amor. El dolor por el adiós a una relación no es algo por lo que hay pasar, sino una realidad de la que se podría huir o reescribir.
¡Olvídate de mí! (2004), Ruby sparks (2012) y Her (2013) podrían ser tres ejemplos claros de este tipo de películas románticas y fantasiosas, ventanas en las que es posible recuperar o crear a una persona que ya no existe o nunca existió. Una nueva oportunidad inventada para ser felices que tiene más de idealización y autosatisfacción egoísta que de amor verdadero. Estas vibras melancólicas y escapistas frente la muerte, incluso con esos mismos códigos del cine indie norteamericano, son parte esencial también de Daniela forever, que las abraza y cuestiona al mismo tiempo.
Sueñas con otro mundo

La película explora la posibilidad de que podamos negar el duelo en la confusión y oposición continua entre realidad y sueño. Marcada desde la propuesta visual —una Betacam SP (de formato televisivo, de baja calidad de imagen, apagada y marrónea) para la realidad vs un 4K (abierto, de colores vivos y ultradefinidos) para el sueño—, el plan de Vigalondo, un director que se pone siempre en la piel del espectador, es colocarnos en un limbo emocional entre los dos universos. Uno es el que queremos, el otro el que sabemos que nos conviene.
Daniela forever ofrece la posibilidad de tomar la pastilla azul y querer seguir en Matrix aunque sepamos que no estamos haciendo lo correcto. Es un alternativa onírica, adictiva como una droga, que, además, da la sensación de estar totalmente bajo control de la mente del soñador. La apariencia de libertad que ofrece la cabeza de su protagonista es asumida por Vigalondo como su propio campo de juego. Nicolas/Nacho tiene la posibilidad de ser el director de cine de su propia vida.
Por aquí la película es un festín geek de efectos visuales, referencias artísticas (James Jean, la ilustración, el anime, la música de Hidrogenesse) y juegos con la imagen, trufados con ese sentido del humor marca de la casa Vigalondo. Una parte lúdica muy gozosa. Pese a que a veces sea a costa de que desfallezca un poco la narración, con un guión particular que le quitará seguidores a un filme tan interesante, Daniela forever recuerda por qué es tan seductora la ciencia ficción: porque crea un deseable espacio imaginario, en el que el progreso tecnológico permite cosas que no son posibles en la vida real.
Daniela forever y el protagonista de los sueños

Otra cosa muy interesante de Daniela forever es cómo mira a su protagonista, una perspectiva que la diferencia de esos referentes de fantasía romántica al estilo de ¡Olvídate de mí!. Aunque la redención siga siendo el camino, Vigalondo asume que su protagonista es un manipulador (un DJ) desde el minuto 0. Al principio, Nicolas está creando desde lo que ya había existido, mezclando a su antojo a partir de sus recuerdos. ¡Nicolas es la IA generativa!
El giro positivo de la película, que le da una lectura política o ideológica mas intensa a esta bonita e inventiva historia sobre el duelo, deja claro que la ilusión se le ha ido de las manos. Su sueño se emancipa de él mismo. Al final, como ya hacía en Extrarrestre (2012) y Open windows (2014), Vigalondo incluye una reflexión sobre cómo estas fantasías románticas se proyectan sobre las mujeres. Y la película sí se atreve a darle la vuelta a esta mirada masculina.
Daniela forever tiene el regusto del culto instantáneo, con muchísimas ideas originales sobre las que detenerse un segundo o simplemente divertirse con ellas mientras suceden. Al final, brilla esa reivindicación de la ficción como campo de juego en el que todavía es posible imaginar cosas nuevas. Y, aunque la oscuridad siempre está ahí —y también está en esta película—, también algunas buenas.


Arturo Tena