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Nora: Un fluir de destellos sin cicatrices

Una película agradable y simpática, dominada por un tono tan suave que, por momentos, sucumbe a lo difuso

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Viajar para encontrarse a uno mismo, a una misma. Para desenredar los nudos que nos bloquean y ensayar nuevos comienzos. El periplo que seguimos en este caso es el de la treintañera Nora (Ane Pikaza), quien tras la muerte de su abuelo (Héctor Alterio) decide emprender un viaje por la costa vasca para depositar sus cenizas. Este es el punto de partida del segundo largometraje de la vizcaína Lara Izagirre, que se despliega bajo la forma de una road movie introspectiva, dominada por una narración apacible. Un tono tan suave que, por momentos, sucumbe a lo difuso.

El viaje de la protagonista de Nora se compone sin sobresaltos, fluye como el color azul cielo de la furgoneta antigua que conduce. Recoger verdura del huerto, probar el paddle surf, ir a un concierto (de Izaro), enrollarse con un chico o hacer una visita a su ex. Todo transcurre sin brusquedad, en una pantalla en formato 3:2. Es la poética que la propia directora ha explicado para un proyecto en el que se ha implicado durante seis años: «Elijo mirar las cosas desde un lugar bonito y amable».

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Nora va macerando al ritmo pausado al que evoluciona interiormente su protagonista. Esa estética, que engancha y que se mantiene coherente a lo largo de la película, es la principal virtud del filme y, a la vez, representa su límite. Una frontera que se vislumbra cuando el personaje de Nora alcanza, precisamente, su límite mental. Por algún lado tiene que expresar todo lo que ha encajado desde el buen rollo, claro. Ese incendio lo apaga, literalmente, la manguera con la que una trabajadora de la gasolinera riega a la joven. Es uno de los pocos momentos eléctricos de la cinta, en el que se adivinan otros caminos cinematográficos posibles.

Fluyen también con naturalidad los distintos idiomas: en Nora se habla en euskera, castellano, francés e inglés. Es una muestra del retrato afectuoso que se presenta de Euskadi. Las playas y paisajes vascos no son solo un telón de fondo, sino que adquieren la entidad de un verdadero personaje. Por otra parte, la materia prima vasca late con fuerza en la construcción de los personajes secundarios y de los episodios que van jalonando el viaje de Nora.

Last but not least, destaca la interpretación de la también ilustradora Ane Pikaza, cuyos ademanes se mimetizan con la tonalidad de Nora. Con su ópera prima Un otoño sin Berlín, Lara Izagirre lanzó la carrera de Irene Escolar (Goya a mejor actriz revelación en 2015). Ojalá ahora el talento de la actriz bilbaína también se diera a conocer al gran público gracias a esta película.

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Con los ingredientes mencionados, el resultado es una película agradable y simpática, tejida con mimo y delicadeza. Sus destellos no arañan ni dejan cicatrices, porque sencillamente no lo pretenden. Nora tiene estilo propio: la huella clara de su directora y guionista, que resulta, por cierto, muy acorde con la época estival que va llegando a su fin. Una buena propuesta de septiembre para reencontrarse, de manera tranquila y sin sobresaltos, con las salas de cine.

Imágenes: Nora (stills)

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