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CRÍTICAS

Todos los colores: Una fábula juvenil completamente inofensiva

Una historia sobre madurez, amistad, adolescencia y superación que es tan luminosa, tan colorida, tan cómoda, tan bonita... que hasta se pasa un poco
Crítica de la película 'Todos los colores'

Todos los colores es la historia de Belén, una chica de 17 años, a punto de terminar el Bachillerato, muy lista pero un poco cafre. Para aprobar y poder ir a la universidad, eso sí, necesita hacer deporte, así que la obligan a apuntarse al equipo de atletismo en silla de ruedas que entrena en el polideportivo de su ciudad. Allí Belén descubrirá que le gusta más de lo que creía, aunque su entrega afectará a su grupo de amigas… y a su vida amorosa con el chico que le gusta.

Ópera prima de Beatriz de Silva, directora de Tula (2022), corto preseleccionado a los Óscar en su momento y con el que tiene en común el enfoque en la experiencia de las chicas adolescentes, aunque los tonos varíen bastante. Esta película forma parte de lo que claramente es una estrategia de ampliación de públicos por parte de Atresmedia —encima con Netflix por medio—, buscando una historia de descubrimiento y superación en un tono luminoso, disfrutón… e igual un poquito cómodo de más.

Todos los colores, eso sí, es más una especie de vistazo a ese final de curso de cambios y decisiones que es el 2º de Bachillerato para algunos chavales que una «historia» en sí. El atletismo sirve como hilo conductor —empezamos con Belén (Mafalda Carbonell) pasando de todo en clase de Educación Física y acabamos con ella como reina del estadio—, pero la película repasa todos los elementos que son importantes para un chavala de esa edad, desde el novio y las amigas hasta las clases o la relación con su madre, sin priorizar ninguno.

Todos los colores es muy bonita

<strong>Todos los colores</strong>: Una fábula juvenil completamente inofensiva 1
©Daniel Salmones

Todos los colores es muy simpática, colorida —valga la redundancia— y luminosa, tanto en el sentido literal aprovechando la primavera-verano de Españita como en el temático. Las jóvenes protagonistas están todas bastante bien para lo que les pide esta película, incluyendo a la campeona paralímpica Eva Moral, que entiendo que tenía cero experiencia interpretando. La historia es muy didáctica pero al mismo tiempo divertida —como adulto no te aburres escuchando hablar de crushes, que ya es algo—.

Está contada muy bien, sin alardes, con la cámara en algún sitio original. Tiene una de esas direcciones de arte que no se notan pero están muy pensadas, que consigue que lo colorido que es todo pase por «natural» sin caer en la estética artificial, estilo Disney Channel del año 2000, en la que podía derivar esa decisión.

Luego tiene la gracia de que en un audiovisual español que últimamente está, si no recatado, al menos sí algo pudoroso, es una de las películas recientes en las que más se habla y practica sexo sin que sea el centro de la trama. Las niñas roban una sex shop, en una escena tan graciosa como inverosímil, y hasta hay un running gag con un plug anal. Y De Silva vuelve a algo que ya se vio en Tula, el baño de chicas como refugio y confesionario, aunque aquí en un sentido bastante más, vamos a decir, «positivo».

O sea, todo bien cuando uno entiende a quién se dirige Todos los colores. Y entiendo que la representación de una adolescencia con diversidad funcional que se hace aquí debe estar en el Top5 de las más normales que se hayan hecho nunca en el audiovisual español —ni me atrevo a mirar si Compañeros (1998-2002) o Colegio Mayor (1994-1996) tocaron el tema—. Se ve por dónde va Atresmedia con proyectos como este o A fuego, entre otros. Todo estupendo. Cozy, como dice ahora alguna gente, o eso pone en Instragram.

La ficción no es un lugar seguro

<strong>Todos los colores</strong>: Una fábula juvenil completamente inofensiva 2
©Daniel Salmones

Como ambas se estrenaron en el Festival de Málaga y son «de Netflix», aprovecho la comparación. No tienen nada que ver, pero nada, excepto lo que voy a comentar: Todos los colores tiene para este plumilla el mismo problema que el remake de Mi querida señorita. Aunque a la que nos ocupa se le perdone más. Son demasiado cómodas. Demasiado reconfortantes. Pasan de feel-good-movies a fanfiction-de-los-años-2000-movies con un personaje protagonista que, pese a alguna arista razonable, es la leche en verso y recibe todo un poco por su cara bonita o sin que se justifique.

Y sí, sé que no soy el público de esto y que determinadas identidades solo se retratan desde el melodrama y el sufrimiento. No pido que les quiten los finales felices, digo que para que estos mensajes tan constructivos tengan peso real necesitan llegar a ellos con más vuelo. Belén tiene mucha personalidad —es posible que prestada por la actriz—, pero está rodeada de personajes planos o genéricos, y es la más guay porque lo dice el guion. Si fuese un chaval y sin silla, algunos de ustedes me estarían sugiriendo amablemente quemar el cine (o la tablet).

Que sí. Que no es lo mismo. Pero el resultado es que Todos los colores se ve en un ratito. Dices: ‘mira, las chavalas, qué bien lo hacen’. Y se te olvida, salvo si tienes 17 años, algo que cuando cumplas 18 se te pasará. Cuando la ficción puede darnos satisfacciones sin ser cómoda, ni un lugar seguro. Es más: la gracia del refugio del baño se pierde si no hay nada de lo que refugiarse de verdad ahí fuera. Aunque hagas chistes de caca inesperada. Dicho esto: yo soy un señor mayor y a esta película no le hacen ninguna falta mis intensidades. A salir y disfrutar.

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.