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Subterranean: El loco loco loco sueño americano

Velazquetti y Matanza navegan entre realidad y ficción para retratar el excéntrico mundo de la música underground en Los Ángeles

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Subterranean mezcla realidad y ficción para seguir la vida en Los Ángeles de Marieta y Pablo, una pareja de madrileños que trabajaban en grandes empresas hasta que decidieron marcharse a EEUU a vivir de la música como siempre fue su sueño. La película explora la relación entre ambos, la escena del underground angelino y la vida cotidiana en el exilio del dúo L.A. Drones!

Pablo Crespo y Marieta V. Salvi son una pareja real de exaltos directivos en grandes empresas en Madrid, amigos de los directores Gabriel Velazquetti y Manuel Matanza y que de verdad se liaron la manta a la cabeza a los 45 y se fueron, primero a Ciudad de México y luego a Los Ángeles, a intentar vivir de la música. Ahora bien, a partir de ahí y escenario aparte, el aviso final ya nos deja claro que se ha ficcionado lo suficiente como para que lo excéntrico de los presentado pueda ser, en parte, una exotización interesada.

Partamos de la base de que los protagonistas, si tomamos algunas de las escenas como verídicas al 100%, más que un documental, quizás necesitan un abrazo y el teléfono de un buen psicólogo. Más allá de que su estilo de vida más o menos les guste, por las dinámicas límite que se muestran, según el momento, el documental es casi una radiografía de una relación tóxica o de maltrato psicológico.

El Los Ángeles que se muestra, además, huye de cualquier idealización. Es un lugar sucio, sórdido y lleno de miseria, tanto material como moral, en el que los sueños mantienen vivos a sus residentes pero donde la pobreza y la vulnerabilidad esperan a la vuelta de la esquina. Los vicios de los protagonistas, retratados sin ambages pero también sin morbo, apenas son un eco necesario para sobrevivir del contexto en el que se mueven.

Subterranean y los extremos

Subterranean

Con todo, en Pablo y Marieta hay un impulso juvenil, idealista y entusiasta contagioso. Adolescentes que enfilan la cincuentena pero a los que el submundo del underground angelino da la vida, que se transforman en contacto con la música que los ha enviado hasta allí y se redimen a través de Rufus, su perro-hijo adiestrado gracias al sabio uso de la cerveza.

El interés también lo levantan el grupo variopinto de personajes que los rodea con sus amigos de Finlandia o Canadá, sus fans y hasta sus mecenas. Son los que hacen soportable esa vida cuasi indigente, entre la furgoneta y el sofá prestado, siempre al límite pero cómoda a su manera. El universo en el que el espíritu salvaje de la pareja puede prosperar.

No hay moraleja en Subterranean, tampoco un espíritu testimonial. Los directores admiten que lo improvisaron, tras años de darle vuelta a reflejar la vida de sus amigos, en un viaje entre estrenos y festivales. El cámara en mano y la autoimpuesta precariedad técnica permite una naturalidad sin forzar que subraya la delgada línea entre realidad y ficción del conjunto.

Una película al final que es tan límite y tan conformista como sus personajes, idealista y sórdida, brillante y torpe. Sirve al mismo tiempo para los muy cafeteros del mundo de la música alternativa y el sintetizador y es accesible para el lego que se sienta fascinado por el mundo en el que viven y la gente que los rodea. Una experiencia cinematográfica, en fin, que ni juzga ni quiere ser juzgada.

Puedes ver ‘Subterranean’ en Cineteca Madrid.

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