CRÍTICAS
Siempre es invierno: David Trueba se abona a los cuentos para adultos

Still de 'Siempre es invierno'. ©Quim Vives. Montaje: ©Cine con Ñ
Siempre es invierno es la historia de Miguel, un arquitecto paisajista al que su novia deja por otro cuando están en un congreso de arquitectura en Bélgica. Desubicado, sintiéndose un fracaso en todos los aspectos, tanto personales como profesionales, conoce a Olga, una de las voluntarias del congreso, con la que establece que no acaba de convencer del todo a ninguno de los dos por la diferencia de edad y de expectativas vitales.
David Trueba se adapta a sí mismo, llevando al cine su novela Blitz (Anagrama, 2025) con algunas cambios y convirtiendo a David Verdaguer en una especie de alter ego aspiracional o encarnación de las crisis vitales de una generación de trabajadores de cuello blanco o profesiones creativas en su precariedad cosmopolita. Una especie de historia de amor sin lujos o cuento para adultos al estilo intimista de su anterior largo, El hombre bueno (2024), aunque con más medios.
Siempre es invierno es una ficción más de las que ha tratado el desarraigo del expatriado —aunque este sea un expatriado muy provisional—, al estilo de la reciente Muy lejos (2025), de Gerard Oms, o Apuntes para una ficción consentida, estrenada en la misma Seminci que la película que nos ocupa. Como forma de cierto desnorte vital e inseguridad compartida en la etapa final del capitalismo, esta es, quizás, la más, con perdón, pija de todas, lo cual provoca que a veces transmita la misma frialdad que el ambiente que envuelve al protagonista.
Siempre es invierno en la vida creativa

Como el personaje de Mario Casas en la película de Oms, el de Verdaguer aquí de lo que está enajenado, más que de una ciudad, un país o una pertenencia, es de sí mismo. La novia que lo deja (Amaia Salamanca) es más una excusa para afrontar el hastío vital que un verdadero detonante, dentro de que su pasión por la arquitectura paisajista suena más a excusa que otra cosa. Un trabajo creativo que también dé perras suficientes para justificar ciertas decisiones vitales.
Aunque en Siempre es invierno los planteamientos urbanísticos con los que trabaja el protagonista están más o menos basados en la vida real, eso sí. Pero acaba subrayando la desconexión con la realidad de este tipo de fábulas para gente que ya tiene que ir a que le revisen la próstata: más allá de que su regreso a la soledad de los bancos refleje la inutilidad de su especialidad, a la trama la importa un pimiento la vocación de Miguel, la cosa es que sea frustrada.
Y es una pena, porque los arquitectos paisajistas existen y algunos, cuando ven lo que tiene para ellos la aporofobia de los ayuntamientos y el clasismo trepa de sus compañeros más exitosos de profesión, deciden trabajar en otras cosas o transformar el mundo sin necesidad de ganar concursos de figurones, en lugar de simplemente buscarse una novia nueva que los valide más, aunque no sea normativa. El ensimismamiento de Siempre es invierno, la historia, es mayor aún que el de Miguel, el personaje.
Profundizar en lo que implican los bancos en la vía pública y los susodichos relojes de arena que el personaje quiere instalar en cuanto a las desconexiones sociales que llevan a los personajes a estar donde están le habría dado otra riqueza a la película más allá de gente acomodada sintiéndose perdida en busca de pareja. Ya que esto último, aunque aquí se haga con más realismo y naturalidad que en otros lados, es el argumento de tres cuartas partes de todo lo que se estrena.
Siempre es invierno en los cuentos para adultos

Es cierto que el intimismo y la sensibilidad que se le dan bien a Trueba hacen que la relación entre Miguel y Olga (Isabelle Renauld, que es más joven que su personaje) se sienta natural y sus dudas al respecto de la misma sean lógicas y explícitas sin necesidad de diálogos estúpidos o culebrónicos. Su escena de sexo está muy lejos de las representaciones habituales, e incluso consigue no ser más coitocéntrica que el biopic de Nacho Vidal. Pero ninguno de los dos elementos pueden levantar una película.
Muchos elementos de las vidas de los protagonistas de Siempre es invierno están ahí para que no molesten y chocan precisamente con ese naturalismo, esa ficción de confort para pijos cosmopolitas que no ven más allá de sus narices a la que nos ha malacostumbrado el neoliberalismo aspiracional. Miguel y Olga parecen simpáticos, pero viven fuera de la realidad, en una burbuja mágica, culta y progresista, donde su relación y sus vidas no tienen desafíos reales, y eso les resta credibilidad.
Recogiendo la escuadra y el cartabón: Siempre es invierno es una película bien narrada, muy sensible y con algún giro interesante sobre las historias de amor habituales en el cine. Pero crea un ambiente tan idealizado que acaba resultando igual de artificial que las comedias románticas tópicas a las que parece querer evitar o parodiar.
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Jose A. Cano