CRÍTICAS
Rapa T2: Ferrol, del Caudillo

En Rapa temporada 2 Maite (Mónica López), la inspectora de la guardia civil, y Tomás (Javier Cámara), el profesor de Secundaria aficionado a las novelas de misterio y de mal carácter, comparten piso en Ferrol mientras la enfermedad degenerativa que él sufre sigue avanzando. Pronto cada uno se ve envuelto en un nuevo caso, aparentemente no relacionados entre sí. Por un lado, ella debe investigar la desaparición de una oficial del Arsenal de Ferrol, aparentemente implicada en un caso de acoso dentro de la Armada. Por otro, él se encuentra con un asesinato sin resolver y a punto de prescribir en el que nada es lo que parece.
La segunda temporada de la serie de Fran Araújo y Pepe Coira (sin el otro Coira, Jorge, en esta entrega) se siente un poco innecesaria, en tanto todo lo que parecía que podía querer decir sobre sus temas acababa cerrado en la primera, aunque tenga la novedad de meterse en la cocina del mismísimo Ejército español, no dejarlo del todo bien, pero que este colabore y lo permita, al estilo de las ficciones estadounidenses del estilo —aunque esto no sea precisamente La hija del general (1999), de Simon West— y no del bochorno de Morirás en Chafarinas (1995), de Pedro Olea.
Así, Rapa temporada 2 no es tan efectiva en su retrato del entorno porque se mueve por terrenos algo más vistos en ficciones ambientadas en Galicia, como el narco, y porque Ferrol se siente menos asfixiante que Cedeira, aunque también se juegue con lo «familiar» de su población. La continuidad viene de la mano de ser un producto de suspense naturalista de verdad, donde nada se resuelve de forma sencilla ni espectacular, los «detectives» son unos personajes complicados y la justicia un objetivo ideal a perseguir más que algo alcanzable. Más pesimista que un noir intenso, menos que una fantasía escapista, aunque parezca mentira.
Morirás en Ferrol

La trama del Arsenal y sus tejemanejes internos es novedosa por implicar el espacio que implica y la colaboración de la propia Armada para su grabación y seguramente para la documentación de la parte real que el crimen que se refleja. Pero, en general, es el típico caso de noir genérico, en el que hay mucha pista falsa solo para alargar —que si amantes, que si intereses económicos y políticos oscuros— y la resolución acaba siendo la más verosímil pero que no se presentó desde el principio para que no cayese por su propio peso.
Lo que sí se parece más a las partes interesantes de la primera Rapa o de su prima hermana Hierro son escenas como la de la jueza que recibe a la sargento mientras almuerza y está pensando más en la respetabilidad de las formas y sus relaciones sociales que en el caso en sí. Aún así el cuestionar el papel de la Armada en una comunidad pequeña como Ferrol se ejecuta de forma muy superficial, y de últimas, ya que esto tampoco es JAG: Alerta Roja (1995-2005) ni ninguna otra serie de Donald P. Bellisario, se deja claro que militares los hay como en botica: competentes, corruptos, politizados y honestos. No es original, pero seguramente más fiel a la realidad pedestre de la vida que otras cosas.
A pesar de que se deja claro que los conflictos de intereses y las corruptelas de baja intensidad son inevitables en un entorno cerrado como el que aquí se presenta, con la escasa fe en los cambios del que ha salido y ha vuelto para constatar cómo evolucionan las cosas habitual en estos casos, se echa de menos lo incisivo de la primera entrega y su conexión tanto con los temas políticos de actualidad como con las problemáticas particulares de la política gallega. Rapa temporada 2, en fin, si se sostiene respecto a la 1 es por su empeño en no cumplir ni una convención de una historia de suspense.
En busca del antidetective

En la crítica de la temporada anterior me vine arriba y dije que los Coira y Araújo rozaban ser un poco nuestros Coen aunque con un sentido del humor más soterrado o menos exhibicionista. Rapa temporada 2 no llega a tanto, pero viene a poner a nuestro detective inverosímil, antipático e incluso un poco idiota, ese egocéntrico galopante que interpreta Javier Cámara, en un caso que en un producto más convencional se resolvería de forma brillante y vagamente desencantada. Pero aquí no, aquí te coloca en el dilema moral de descubrir por casualidad quién es el culpable.
No es demasiado original, no te vuela la cabeza, quizás porque el conflicto subyacente es más tópico y sobreexplotado por la ficción reciente, pero al menos no se anda con remilgos, y arregla un poco una cuestión de la temporada anterior, en la que parecía que a asesino se llega por maldad químicamente pura. La Moriarty de Tomás, Norma la fisioterapeuta, interpretada por Lucía Veiga, vuelve para una especie de cameo sin solución en el que nos consta que sigue haciendo de las suyas pero también que su impunidad no puede llegar muy lejos por pura lógica.
Archivando el caso, concluiremos que Rapa temporada 2 sigue siendo un suspense, noir o como lo quieras llamar —thriller quizás no tanto, aunque elementos narrativos tiene— bastante por encima de la media pero por debajo de su estupenda primera entrega, de la que se deja demasiadas cosas atrás sin profundizar mucho más en los elementos que sí que mantiene.

Jose A. Cano