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Morlaix: Una nueva oportunidad

Stills de 'Morlaix'. ©Quim Vives. Montaje: ©Cine con Ñ
Morlaix es una pequeña ciudad de la Bretaña francesa. Allí, la joven Gwen (Aminthe Audiard) lidia con la reciente muerte de su madre, el cuidado de su hermano pequeño y la relación con su novio, Thomas. Cuando llega a su instituto un atractivo y misterioso joven, Jean-Luc (Samuel Kircher), algo en Gwen empieza a cambiar. Un día, el grupo de amigos de Gwen va a ver una película. Son ellos los que aparecen en pantalla.
Hasta hace poco uno de los directores/autores españoles más celebrados de las últimas décadas, llama la atención el poco eco que está teniendo el estreno de la nueva película de todo un ganador del Goya como Jaime Rosales. Razones para el semi-silencio puede haber varias. Igual es porque es una coproducción francesa, ambientada en Francia y con actores franceses, casi todos ellos semidesconocidos. O porque no le han tenido mucha fe en distribución (por poco «convencional») y promoción (por lo errática que fue la de Girasoles silvestres (2022), su anterior trabajo).
Sea por lo que sea, la cuestión es que sería una auténtica lástima que esta película se quedara varada en un catálogo random de alguna plataforma. Morlaix no es ni mucho menos una película menor en una filmografía que ya acumula cinco que, como mínimo, tienen cosas interesantes: La soledad, Tiro en la cabeza, Sueño y silencio, Hermosa juventud y Petra.
Morlaix y el no saber cómo conectar

Como se ve en una película tan bonita como Morlaix, Jaime Rosales es mejor cuanto más Jaime Rosales es. Cuanto más se olvida de intentar agradar o de querer ir por los cauces de lo que él considera que puede atraer más al público. Porque de esos cálculos salen propuestas tan desubicadas como Girasoles silvestres, que no acertaba ni en el concepto ni en la buscada representación de una mujer joven y sus relaciones con los hombres, incluso dándole la vuelta a una lectura que, pese a que se podía entender como una crítica al patriarcado, acaba fracasando.
La realidad ha ido demostrando que Rosales no sabe ni tampoco intuye lo que le puede interesar al público, y está bien que así sea. Asumir que es un señor mayor burgués al que le encanta Robert Bresson, algo fuera del mundo contemporáneo y la vida de la gente común, es lo que mejor le sienta a sus películas. En realidad, toda esta incapacidad está también en ellas: todo o casi todo su cine va, en el fondo, de cómo gestionar el hecho de no saber cómo conectar con los demás, de la dificultad de relacionarse con una realidad que te es ajena.
El cine y la vida, otra vez

En Morlaix este insatisfacción vital es mucho más vivida y directa de lo que se ve en otras películas de Rosales, filtradas siempre por la distancia emocional y la incomunicación. Aquí los personajes desean y sienten. Hablan continuamente y se explican abiertamente. Aunque oculten cosas, son transparentes. Al final, la película intenta transmitir el sentir juvenil (más intensamente que Hermosa juventud) en una pequeña ciudad de provincias (de ahí el título), con su inmovilismo romántico.
Rosales echa mano de experimentaciones formales —la aceleración o el paso al color con la conexión entre los personajes de Gwen y Jean-Luc— para entrar en el terreno del descubrimiento adolescente, en el estado de ánimo, ávido de experiencias relevantes, de unos jóvenes que buscan la forma de darle un sentido a sus vidas en un lugar que parece no tenerlo. Solo viviendo podrán encontrar un sentido a la muerte que les sobrevuela.
Muy interesante es también la relación con el cine y el discurso metacinematográfico que tiene la película. A diferencia de otros sobados lugares comunes del cine sobre el cine, los protagonistas se ven a sí mismos en pantalla pero no se reconocen. El ideal romántico, incluso la erótica del suicido, viven en la pantalla a través de unos personajes que no somos nosotros. En una línea que podría vincularlo con Jonás Trueba (veo aquí cosas del espíritu generacional de Quién lo impide), cine y vida se funden y confunden como mundos paralelos. Sin posibilidad de ser espejo, Rosales encuentra en el cine una nueva oportunidad para que todo pase de forma diferente.
Morlaix nos trae de vuelta al mejor Jaime Rosales, al cine de un director que se atreve a ser más intenso sin dejar su característica austeridad y a tener una idea clara de lo que quiere transmitir. Esta película, romántica y llena de ideas, no merece pasar desapercibida.


Arturo Tena