CRÍTICAS
La terra negra: Un drama rural convertido en alegoría que no consigue unir bien sus partes

Stills de 'La terra negra'. Montaje: ©Cine con Ñ
En La terra negra María y Ángel regentan un molino industrial que heredaron de su padre, una instalación abandonada durante años en un pueblo de la Cataluña industrial. Los hermanos trabajan duro, pero los amigos de Ángel, que ambicionan sus tierras, se aprovechan de su buena fe. Al pueblo llega Miquel, un desconocido con un pasado complicado, al que Ángel contrata. Entre él y María surge una mutua admiración, pero todo el mundo desconfía. Miquel parece tener habilidades extraordinarias, entre otras la capacidad de influir en los demás, hacerlos abrirse y desvelar secretos.
Alberto Morais vuelve a firmar un largometraje 10 años después de La madre (2016), una película difícil, incómoda, que juega a la alegoría oscura en más de un momento, con influencia de su admirado Theo Angelopoulos. Una historia negra, como la tierra de la que habla, que puede leerse en su capa superior, sobre un turbio drama rural y familiar con lecturas incluso de clase o ecos de la Guerra Civil, y a otros niveles, que no siempre funcionan, como una alegoría religiosa —María, Ángel y Miguel con La pasión según san Mateo de Bach de banda sonora— e incluso como una representación del tránsito de, al menos, uno de los personajes a través del purgatorio. Una paranoia, vaya.

Jose A. Cano