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Series españolas

La red púrpura: Mosquitos a cañonazos

Podría intentar reflexionar sobre determinados clichés y visiones del mundo a las que contribuye, pero solo raspa la superficie para acabar perpetuándolos
La red púrpura: Mosquitos a cañonazos 2

La red púrpura sigue los pasos de la inspectora Elena Blanco para intentar desmontar la organización de dicho nombre, una compleja trama criminal internacional que secuestra, tortura, extorsiona y explota sexualmente a menores de edad y mujeres por todo el mundo. Tras una operación fallida en los alrededores de Madrid, Blanco y su equipo de la Brigada de Análisis de Casos (BAC) empiezan a tirar del hilo de un adolescente que consumía vídeos de ejecuciones, algo que puede llevarlos… hasta el hijo de la propia inspectora, secuestrado cuando era un niño.

Decíamos, en la presentación del primer episodio de esta serie en San Sebastián, que la nueva entrega de la trilogía de Carmen Mola tenía que decidir si quería ser toro o torero. El tipo de serie de éxito, prestigio o lo que sea que propone. Si quería ir más allá del tono de realismo sucio y sucesos morbosos impactantes del thriller que se cree un retrato profundo de las simas del alma humana cuando solo es casquería y prolongar, de una forma u otra, la propuesta estética de la primera entrega.

Porque esta trilogía de tanta proyección internacional, que aspira a premios y a ser una narrativa compleja y depurada, tiene un problema gordo: el referente literario es de coña. Quizás literalmente. Es juntar burrada tras burrada con barra libre, se sostenga o no, con tópicos un poco de tebeo malo y otro poco de telefilm y literatura de aeropuerto, y darle a la caja registradora. Incluso sus fans lo consumen con un puntito de ironía, en plan, no puedo dejar de leer pero que mezcla de asco y vergüenza. Y claro, el audiovisual no te aguanta igual la hipérbole.

Alcasseriana

La red púrpura: Mosquitos a cañonazos 1

Es curioso el trauma mediático que supuso el caso Alcàsser en el subconsciente colectivo de Españita. O al menos en el de cierta generación de creadores. Aunque se junta con casos de actualidad, el empeño en darle formas de continuidad al bulo del Bar España y presuntas conspiraciones de señores muy poderosos para abusar de niñas se prolonga a lo largo de las décadas. Probablemente viene del libro (servidor solo se ha leído el primero), ya que uno de los Carmen Mola, Agustín Martínez, reflejó una obsesión similar en las tres temporadas de La caza, también con protagonista femenina dura pero traumada y que se liaba con un compañero/subordinado.

La novia gitana intentaba aterrizar un tipo de thriller muy sobado, el de imágenes muy trascendentes a lo True Detective, en una cotidianidad más ibérica y en la que la amenaza o los detalles se sintiesen igual de intensos que en el referente gringo, pero cercanos. No era solo el detalle consciente de Paco Cabezas de que todos los personajes gitanos fuesen interpretados por actores gitanos —cómo habrá sido históricamente el tratamiento del colectivo que este destaca—, sino integrar en tópicos como la escena de juego y amenazas elementos culturales locales, como las cartas del mentiroso, y detalles similares.

En La red púrpura el inicio con el niñato que quiere ver ejecuciones de verdad enfrentado a la contundencia de un cadáver y el empeño de la narración en filtrar toda violencia a través de algún tipo de pantalla apuntaba a que en esta ocasión Cabezas, secundado por Juan Miguel del Castillo, había optado por darle vueltas a la génesis misma del éxito de la novela: nuestra obsesión social con las imágenes violentas, más aún si son sexualizadas. Dolorosamente de actualidad por muchos motivos, podríamos estar ante otro intento interesante de superar el original, una especie de Tesis de Alejandro Amenabar pasadísima de vueltas. Pero casi todo el tiempo acaba cayendo en lo que critica.

Sombrío y arenoso

La red púrpura serie La novia gitana Carmen Mola Paco Cabezas

Eso, si todo esto no es una interpretación flipada que me estoy montando yo, algo probable, y la serie se cree que de verdad está ofreciendo una imagen realista de cómo funciona la Policía, de las redes de trata de personas y de la maldad humana, así en general. En ese caso, no sería un intento fallido de presentar un thriller con un discurso narrativo y estéticamente complejo, sino directamente un título que tomarse un poco a broma, como la trilogía en papel. La red púrpura es acumular giros sobre crueldad supervillanesca uno tras otro, añadirles otros igual de previsibles sobre policías traumatizados y, de paso, el andaluz que haga los chistes.

Porque Nerea Barros lo da todo y más por el papel —hay que darle tiempo, en un solo un episodio o dos no vale—, pero Elena Blanco es un tópico con patas muy difícil de humanizar, que de últimas es el tipo de papel que parodiaban en El último gran héroe (1993), de John McTiernan, solo que ahora los policiales no son ensaladas de hostias, sino una suerte de grim & gritty fuera de época. Ya saben, mataron a su primo segundo favorito, van a pagar las consecuencias. Aquí el objetivo es su hijo porque así se hacen personajes femeninos complejos y porque no puede haber un policial sin mensaje reaccionario sobre una sociedad enferma que amenaza la institución familiar.

Cerrando la investigación, La red púrpura es… lo mismo de siempre, muy bien hecho, que debe ser la frase que más ha escrito servidor de ustedes en sus críticas este último año y pico. Al final es literatura de aeropuerto convertida en audiovisual con mucho presupuesto invertido en ello. Podría intentar reflexionar sobre determinados clichés y visiones del mundo a las que contribuye, pero solo raspa la superficie para acabar perpetuándolos. Un desperdicio, vaya. Adaptar mosquitos a cañonazos.

Imágenes: La red púrpura – Atresmedia
Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.