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CRÍTICAS

La buena letra: La contención como virtud

Una película detallista y sobria que pone su forma al servicio de expresar la represión de una protagonista excelentemente interpretada para representar a través de ella a las abuelas y bisabuelas que superaron la posguerra con su silencio
Crítica de La buena letra

La buena letra se sitúa en los años 40 en un pequeño pueblo valenciano. Ana y su marido Tomás intentan consolar a la madre de este por la ausencia de su otro hijo, Antonio, muy señalado políticamente en la guerra. Así que ella imita la letra del desaparecido para que la anciana crea que este le escribe cartas desde el exilio en Argentina. Pero Antonio sigue vivo y en España y reaparece para instalarse en la casa familiar, e incluso que Tomás tenga que conseguirle trabajo. Si la vida de la familia ya era complicada, la presencia del hermano menor y más tarde su futura esposa no harán sino convertirla en más dura aún, de maneras inesperadas.

La nueva película de Celia Rico llega a cines tras presentarse como uno de los trabajos más sólidos de la Sección Oficial de la última edición del Festival de Málaga, donde recogió una Mención Especial por su dirección. Un ejercicio de contención estilística, dramática e interpretativa, en el que destaca la protagonista, Loreto Mauleón, al servicio de retratar a una generación de mujeres, las de la clase obrera que vivió en carne propia la posguerra española, que aprendió a callar para sobrevivir y sostener a sus familias.

La buena letra es una de esas películas que funde forma y contenido hasta el punto de conseguir que los hechos que se cuentan no tenga sentido si no son narrados exactamente de la manera en que los vemos aquí. Es una decisión consciente, ya que en la novela de Rafael Chirbes la historia de la familia continúa mucho más allá de lo que se ve en la adaptación. En la versión literaria, muchas cuestiones son más explícitas, puesto que se trata de un diálogo de esta con su hijo, por lo que las diferencias de valores entre generaciones de hacen obvias y la voz de ella también. El filme lo elimina todo, y Ana solo es analizada respecto a su propia cosmovisión y sus silencios.

La buena letra de Celia Rico

Crítica de La buena letra Celia Rico
Celia Rico da instrucciones a Loreto Mauleón y Enric Auquer en el rodaje de ‘La buena letra’. ©Laia Lluch

Todo es austero. La buena letra no tiene banda sonora más allá de la música de la radio que ocasionalmente rompe sus austeros silencios, los diálogos son los justos entre Ana (Mauleón) y Tomás (Roger Casamajor) y excesivos en Antonio (Enric Auquer) e Isabel (Ana Rujas). La luz se construye o de forma natural o a base de velas como corresponde a la pobreza de la casa y la electricidad es un lujo también narrativo y siempre significativo. Los planos primeros y medios mantienen encerrada a la protagonista en sí misma, y solo se abren, o se mueven, cuando lo hace el ánimo de ella.

La actriz, además, aguanta la responsabilidad con una interpretación basada en la misma contención absoluta, perfectamente coherente con cómo se movería y expresaría una mujer de la clase y circunstancias de Ana (como el correr, al principio y al final, en dos búsquedas del marido simétricas y trágicas). El resto de interpretes rebota contra la misma con diferentes modulaciones de la misma represión: Casamajor es expansivo en las alegrías cotidianas y cerrado en el resto, Auquer es la ruptura del orden y Rujas directamente compone un personaje hecho para reventar el tono, tanto en la forma en la que «suena» la casa como en la expresión de clase social en que esta se mantiene.

Todo esto es importante porque, al prescindir de más elementos dramáticos que el plano y la propia interpretación de Mauleón, La buena letra no nos da más elementos para entender a Ana que su propia mentalidad. No hay un hijo o una suegra que interpongan más valores que los que pueda tener ella. La protagonista se mide por la forma de ver y sentir de una mujer de su edad y de su época, y eso es clave. Cuando dice una cosa pero intuimos que piensa otra, no hay juicio posible, porque es el único vehículo para el espectador. Su represión, personal y política, es la del estilo de la película. Si ella se siente atrapada por sus circunstancias, así lo estará el público dentro de la pantalla.

Crítica de La Buena Letra
Loreto Mauleón como Ana en ‘La buena letra’. ©Laia Lluch

La buena letra debe ser valorada como película y no como adaptación, pero es interesante volver sobre las decisiones de Rico a la hora de trasladar a Chirbes. Donde el novelista quería hablar de la Transición y las pequeñas traiciones generacionales, incluido el olvido de la memoria de hombres como el personaje de Tomás, la directora elige dar relevancia al papel de las mujeres que sostuvieron aquellas familias, incluso económicamente y muchas veces a pesar de sí mismas. Así, el papel de Ana como columna vertebral inadvertida de la memoria se mantiene, pero en lugar de hacerse explícito mediante el diálogo, se reflexiona sobre él acompañándola en momentos clave de su vida.

Algo que se ve en el plano final, sentada en la silla del patrio y «encerrada» por el marco de la puerta (y por el pasado que aún tiene reciente), en una postura propia de una mujer más mayor que anuncia un futuro quizás aún más doloroso, completamente sola y una vez más en silencio. Si sabemos que La buena letra ha cumplido su función es porque en ese plano vemos resumido el destino de una generación completa de mujeres, de Valencia o de toda España, que somos capaces de reconocer por nuestra memoria colectiva y por el viaje de más 100 minutos, y apenas un año de su vida, que hemos hecho con ella.

Finalizando. La buena letra es una de las mejores películas que nos deja este Festival de Málaga, un drama histórico que respeta a sus personajes y su forma de sentir, ver y pensar hasta el punto de introducirnos en su mundo como lo habrían hecho ellos, desde el silencio, las alegrías cotidianas y el dolor que no se expresa. Hace, en fin, aquello para lo que se supone que sirve el cine histórico o aquello de la memoria: extraer de una historia particular, pequeña y tan contenida como su estilo, un retrato general en el que muchas, cada una a su manera, están representadas.

Dónde ver

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.