Críticas
FOMO: La vida precaria, la vida mejor

Stills: ©Perseide Audiovisual / Montaje: ©Cine con Ñ
FOMO sigue la vida de Val en Madrid. Un joven aspirante a director de cine con poca suerte para colocar sus proyectos en proyectos, que comparte piso y vive dramas amorosos propios o ajenos. Él y sus amigos, la mayoría también precarios en busca de su oportunidad en alguna profesión creativa, crean fiestas temáticas a partir de sus diferentes problemas mientras sobreviven a la grande ciudad, a los vaivenes sentimentales y a algún que otro famoso del artisteo con el cual el más pintado acaba teniendo una relación secreta.
Otra «serie indie», si es que tal concepto existe, que se estrena en Filmin. En este caso creada por José Antonio Varela, también responsable de Jódete Jorge (2025), con la que tiene bastante en común. Podrían compartir universo, o ser los mismos personajes un poco más mayores, porque se intuye que hay un poco y un mucho de autobiográfico en las historias, hasta el punto de que Varela interpreta él mismo al protagonista Val.
Así que FOMO —del Fear Of Missing Out, el miedo a perderse algo, de los gringos, los hipsters y los aspirantes a cineastas o escritores— es al mismo tiempo una selftape y una parodia de las series-selftape. Una comedia de esas de reflejar las vidas de los jóvenes y modernos —más o menos— pero echa desde dentro, no prefabricada por una plataforma del streaming que le quiera vender pisazos de ciencia-ficción en Madrid a latinoamericanos con mucho dinero. Así que lo que pierde en medios lo gana en frescura y, rollo Una perra andaluza (2024-2026), en que el piso enano parece que debe ser de verdad el piso enano de alguien.
FOMO en la gran ciudad

La serie es una comedia con su toquecito de drama, que por debajo del humor absurdo y a veces un poco bestia mete problemas costumbristas, porque los precarios de pueblo en la gran ciudad ya también son costumbrismo. Algunos de los conflictos son humor hipster del que ya impregna todo, como cuando uno de los protagonistas acaba en una » «trieja» y se ralla un poco, otros hablan de cosas más serias y que no pasan de actualidad, como el chaval al que salir plenamente del armario con su padre lo deja en la calle (aunque con un negociazo pagado ya por el anterior, no vaya a ser).
FOMO es un intento de capturar el aire y a la vez de presentar habilidades de un grupo de creativos e interpretes en realidad bastantes de ellos ya con cierta trayectoria. Esto último indica también que esa precariedad que infantiliza en términos económicos de forma casi perenne a una parte importante de la población en la cultura en general y el audiovisual en particular es endémica y más grave de lo que solemos admitir. La serie incide en la falta de autoestima que conlleva, instalándolos en el autodesprecio irónico tan caro a los millennials (igual estos son más jóvenes y nacieron ya post-Coby).
Lo primero que se le debe reconocer en ese sentido a FOMO es que el ritmo cómico funciona y el tono está conseguido. Tienes que asumir que es un mundo donde los famosos son nombrados como «Equis» en cada conversación y aparecen interpretados por actores con una bolsa en la cabeza —como Thomas Pynchon en Los Simpson (1989- ), y aunque ignoro si es una referencia directa, hay algo de pynchoniano en todo este mundo, si lo filtrasen John Waters y Héctor Bellerín—. La broma del amante famoso un poco caradura, casi abusador psicológico, ya estaba en Jódete Jorge, por cierto, así que se podría especular con alguna suerte de aviso a navegantes.
FOMO vital

Con todo, es tal la cantidad de series, películas y ficciones varias sobre gente que vive por debajo de las expectativas, es precaria esperando su gran oportunidad —ese tic tan yanqui que no nos quitamos— y crea su «familia elegida» en la gran ciudad que a veces cuesta que una destaque. Incluso los polígonos amorosos no normativos que vemos aquí ya son chistes recurrentes en según qué nichos. Si acaso el personaje de Cere (Miguel Burgos), el loquísimo compañero de piso de Val, ejerce como Barney Stinson de la función con una mezcla de carisma y guion trucado para que se luzca.
Si acaso lamentar que FOMO no le dé a todo esto un giro parecido al que Nuda propiedad, de Alberto Utrera, con la vivienda. Que alguien, en alguna parte, proponga una solución diferente a que los protagonistas sigan en la misma rueda, lamentando no ser tan especiales como se creyeron de (más) jóvenes y acumulando profecías autocumplidas sobre fracasos laborales, amorosos y vitales. Que le metan fuego a algo o funden una cooperativa cultural en sus pueblos —que existen y funcionan, no es que uno sea particularmente hippie— y manden Madrid a tomar viento fresco. Ya que las series son indie, que los finales también lo sean.

Jose A. Cano