Películas españolas 2026
Con los años que me quedan: California Dreamin’

En Con los años que me quedan Macarena, una hija de migrantes españoles en California, tiene que resolver una deuda de su padre con la mafia del modo más inesperado. Un accidente completamente ridículo hace que tenga que colaborar con otro español, en este caso un buscavidas, y dos descendientes de mexicanas, una de las cuáles es su propia pareja y además policía en California. El viaje que emprenderán cambiará sus vidas, como se ven a sí mismos y el país en el que están viviendo.
Estrenada en el reciente Festival de Almería, la película de Frank Ariza puede ser una especie de aviso de lo que está por venir. Coproducción internacional vía Amazon Prime Video EEUU y Latam, que se estrena en nuestro país en salas aunque sea un poquito porque fue para lo que la concibió la pata española, pero en la que los escenarios almerienses de rodaje tienen truco: dentro de la ficción son California. La historia se habla con la identidad española porque es la voluntad del director, pero si fuese por una parte del sustento industrial, lo mismo daría.
Con los años que me quedan es la película más personal de Ariza, con un componente de reflexión sobre la propia experiencia migrante bastante explícito, y al mismo tiempo trae el envoltorio y la promoción de un producto de evasión. Es una excepción bienvenida, ya que no suele ser lo habitual más allá de los cuatro nombres con barra libre, pero en el pecado lleva la penitencia: siendo un filme 100% cinematográfico, su destino vía control de Prime Video es el de recibirse como tv movie.
Road movie panhispánica

Con los años que me quedan es muy consciente de su propio espíritu pop y juguetón y si narra dramas populares -los migrantes hispanos en EEUU que se topan con los límites obvios de clase y raza del «sueño americano»- lo hace de forma popular. Las partes más interesantes, o al menos las que se sienten más frescas, son en las que la película toma atajos narrativos para ir repartiendo la información que el público necesita lo más rápido posible. Eso, y el sentido del humor sin concesiones, le otorgan un ritmo y una mala leche dignas de elogio.
Por otra parte el peor problema y la principal de la película son el mismo: funciona mejor cuando trabaja el presunto subtexto que cuando ceba la peripecia loca de mafiosos y tiros que la envuelve. Esto es muy bueno por una parte, porque lo que quieres ver cómo se resuelve son las relaciones humanas entre los personajes, y muy malo por otra, porque la parte populachera desaforada, que está tan trabajada a nivel de estructura y montaje, se queda en eso, fuegos artificiales.
A partir de ahí, Con los años que me quedan tiene una lectura si se es español y se vive en España y otra si para el latino en general y el exiliado en particular. El cuestionamiento de la identidad hispana existe en el hecho cinematográfico y se vive día a día en la industria, pero eso es algo externo a las circunstancias del filme y es una lectura que se introduce mientras se ve, al conocerla. Sin embargo al hispanoparlante que anda batiéndose el cobre por esos mundos de Dios dominados por el gringo, el desnorte identitario de sus personajes le resulta cotidiano, no tan industrial y simbólico.
La familia, desarraigo y carretera

Así, tiene aún más gracia que Almería haga las veces de California. El sueño americano, tanto en la razón práctica como en el músculo cultural e industrial, parece el horizonte de todos los españolitos venidos al mundo que participan, de una forma u otra, en Con los años que me quedan, pero parecen condenados a traducir sus aspiraciones en los términos que marca el gringo. Lo decían hasta en Aladdín: la regla de oro es que quien tiene el oro decide las reglas.
La conclusión interna y externa del dilema sobre cómo defender la españolidad propia y ajena, en realidad, es la misma: desde lo cotidiano y lo nuclear. En este caso, en la familia, concepto que vertebra toda la película y que tiene que ver también con la experiencia del director y de su reparto. Que Macarena busque construir una familia nueva mientras defiende las costuras de la que le dio la vida y le concede su identidad doble es la apertura y el cierre de todo cuanto Con los años que me quedan quiere contar.
Almería o California, escenario para los rodajes de otros o cultura seminal para historias sobre crecimiento personal e identidad colectiva, el final del viaje para Con los años que me quedan es recomendarla como una correcta película de persecuciones y una aún mejor reflexión sobre qué significa ser quién eres y cuanto influye la lengua materna, casi que literalmente, en quiénes podemos llegar a ser.

Jose A. Cano