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Alegría: Si estás bien, disfrútalo

Violeta Salama debuta en el largometraje con una película que retrata en tono optimista la convivencia entre culturas y generaciones sin idealismos

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Alegría Benhamú es una médica en excedencia que regresa a su Melilla natural para descansar y estar tranquila. Pero su plan se viene abajo cuando a la vieja casa familiar acude su sobrina, que va a casarse con un joven judío local, y tras ella el resto de la parentela. Alegría y la mujeres de su entorno se ven enfrentadas así a sus relaciones familiares, las dificultades que suponen sus diferentes culturas y las contradicciones que cada una ha tenido que afrontar por ello.

Cuidado, esa sinopsis suena a drama intenso, pero Alegría es, básicamente una película optimista y que quiere que salgamos del cine sintiéndonos bien. Las relaciones entre mujeres, el peso de la tradición y la familia o la convivencia entre culturas en Melilla se tratan sin edulcorar, pero buscando una óptica positiva y tendiendo puentes de formas unas veces más previsibles y otras menos.

De hecho, Alegría parece muy tópica en su planteamiento -cada una de las protagonistas responde a un arquetipo concreto y podemos adivinar sus evoluciones- pero no todas sus soluciones son las típicas en otro tipo de películas que han reflejado estos mismos mundos y, sobre todo, consigue hacer a sus personajes humanos -es decir, cercanos aunque a veces caigan mal- sin juzgarlos.

Crítica de Alegría con ligeros spoilers

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Los lazos que se forman entre mujeres y como estos construyen identidad y comunidad son el eje de Alegría, que gira alrededor precisamente de una rebelde contra las convenciones que se escandaliza con las conservadoras decisiones de las más jóvenes y al mismo tiempo ha construido alrededor de ella una red de la que no es conscientes. Madres e hijas son clave, sí, pero también la capacidad curativa de la solidaridad entre extrañas cuando reconocen problemas comunes.

Violeta Salama debuta con guión y dirección demostrando una fina capacidad de caracterización y también una gran ternura por el entorno que retrata desde el conocimiento. Es decir, una admiración sin idealismos, desde la constancia de los defectos de lo que se ama, en la que no se nos ahorran las violencias cotidianas del choque entre judíos o musulmanes o el racismo intrínseco de los controles en la valla de Melilla.

La película crece, además, en momentos casi subliminales. Porque es posible que haya un momento en que un personaje verbalice que cuando se es rico no se pertenece a ninguna minoría, pero esa cuestión se había planteado antes visualmente cuando el personaje de Dunia es amenazada de despido y tras ella se ve a un grupo de mujeres porteadoras que acaban de cruzar la frontera o en un plano del famoso campo de golf rodeado de concertinas.

Rituales para conocerse mejor

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Curiosamente, en una película en la que se habla tanto de la importancia del rito, aparentemente hay ausencia absoluta de espiritualidad más allá de la retranca del rabino al que pone cara Leonardo Sbaraglia en lo que es casi un cameo. Los rituales se revelan poco a poco como una necesidad comunitaria, una forma de tejer lazos o de construir otros nuevos rebelándose contra ellos. Personajes sobre el papel ateos se integran en rituales desconocidos que cobran significado pleno para ellos por medio del amor. Incluso algunas tradiciones sobre el papel machistas se defienden por la conexión que consiguen entre hijas y madres.

Cecilia Suárez consigue modular su acento y su forma de expresarse hasta el punto de que a uno le cuesta pensar que normalmente no insulte en castellano peninsular, pero aún más destacan las jóvenes Sarah Perles y Laia Manzanares, con personajes casi tan complejos como el de la protagonista y a los que tienen que hacer cercanos desde el extrañamiento. Sobre todo la última, que es la encargada de defraudar las expectativas que creen los prejuicios del espectador sobre las decisiones de sus personajes.

En resumen, Alegría es una película notable no solo por el calado de los temas que trata, tanto a nivel superficial como en elipsis -y, de hecho, usa muy bien las voces en off y los fuera de plano-, sino también por la decisión consciente y explícita de, sin restarles la dureza que a veces puedan conllevar, afrontarlos desde el vitalismo y el disfrute de nuestra presencia en este mundo. Es decir, desde el amor.

Imágenes: Fotogramas de Alegría – Caramel Films

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