Críticas
Ciudad sin sueño: El (gran) wéstern de la Cañada Real

Stills de 'Ciudad sin sueño'. ©Manuel Fernández-Valdés/Gonzalo Trujillo. Montaje: ©Cine con Ñ
Lo primero que viene a la cabeza con las referencias a Enrique Morente de las películas de Guillermo Galoe tanto por Aunque es de noche (2023) —gran versión la de Rosalía— como por Ciudad sin sueño —del mítico disco Omega, con Lagartija Nick, canción que suena en los créditos finales— es, por supuesto, Isaki Lacuesta y su díptico La leyenda del tiempo (2006) y Entre dos aguas (2018). En un párrafo, ya hemos citado los grandes éxitos del flamenco más rompedor, pero las coincidencias entre las cuatro películas van más allá de los títulos: actores y entornos naturales con especial atención a los más jóvenes, pasión por los márgenes y la cultura gitana, mirada justa y desprejuiciada, carencia absoluta de porno-miseria…
Luego, al margen de las diferencias geográficas, de San Fernando a los arrabales de Madrid, son películas distintas: Ciudad sin sueño podría definirse como un wéstern con filtros: el asentamiento de la Cañada Real se perfila como uno de esos poblados del salvaje Oeste, por el que Galoe lleva a cabo un par de travellings laterales, mientras que la policía se comporta como si fuesen los indios del lugar, acechando en los alrededores.
Los filtros de colores fosforescentes vienen de que los protagonistas, los dos adolescentes Toni, gitano, y Bilal, marroquí, parecen jugar con las cámaras de sus móviles, añadiendo colores a voluntad, aunque sus encuadres son tan virtuosos que se intuyen supervisados por el gran director de fotografía de la película, Rui Poças, que tiene en su haber nada menos que Zama (2017), de Lucrecia Martel, no hace falta añadir más.
Ciudad sin sueño en la Semana de la Crítica

El estreno de Ciudad sin sueño en la Semana de la Crítica, y más teniendo en cuenta que Rodrigo Sorogoyen es quien preside el jurado, será una importantísima rampa de lanzamiento para esta película a la que se vaticina un largo recorrido festivalero antes de su llegada a nuestra cartelera. Está llamada a cosechar premios por doquier, al ensanchar las fronteras del llamado cine social de un modo que, por su originalidad, hace pensar más en el luso Pedro Costa que en los tan imitados Dardenne. Hay una belleza lírica en las imágenes que atrapa desde los primeros planos, cuando Toni y Bilal plantan la cámara de su móvil para retratarse balanceándose sobre las ruinas de un automóvil volcado, calcinado y sin ruedas. La imagen no es pseudo-compasiva, ni postureo-implicada, es simplemente jovial.
Los descampados que rodean la Cañada aparecen como un espacio de libertad, como si fuese el Misisipi de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, que tiene su propia fauna surrealista, o post-apocalíptica, como una iguana bien grande que los dos se aprestan a cazar por unos eurillos. De vuelta al wéstern también aparece algún caballo, y peleas de gallos, filmadas de refilón, que recuerdan a Monte Hellman o Claire Denis. Aunque en el centro de todo está un perro, un perro, que es el de Toni, y será utilizado como moneda de cambio en un complejo, o impenetrable para el neófito, sistema de deudas de honor, que se pagan en días o en años.
Un wéstern, pero de lo más crepuscular

Si se acepta wéstern, es en la categoría del más crepuscular. La comunidad está amenazada por los desahucios, y muchos optan por mudarse a pisos de protección oficial, mientras las excavadoras, como si fuesen las zarpas de Godzilla, van destruyendo las barracas. Es, en general, una película elegíaca, de fin de una época, y de emocionantes despedidas, que se van sucediendo una tras otra: Toni se despide de Bilal, los padres de Toni del abuelo, el abuelo de la que regenta el negocio de la droga con la que una deuda acaba quedando saldada, Toni y su perro… Es, en fin, un mundo que se acaba. Un mundo que, como es sabido, puede no tener luz, o agua corriente, pero en el que se respiraba cierta libertad asilvestrada, propia de las grandes llanuras.
El tema de la droga, inevitablemente ligado a la Cañada, aparece más hacia el último tercio de Ciudad sin sueño, posiblemente para no centralizar el relato. Y aún en ese momento, cuando se trata de filmar a gente drogándose, lo cual sin duda es una de las tareas del cineasta que más problematiza el punto de vista, Galoe también sabe encontrar una mirada justa, que no cae en el morbo del sensacionalismo, y que recuerda a los primeros documentales de Roberto Minervini, cuando filmaba a rednecks fumando crack en los puebluchos más depauperados de Estados Unidos.
Después de muchos documentales sobre la ‘white trash’ americana, Minervini también ha acabado rodando algo muy parecido a un wéstern de Monte Hellman: Los malditos (2024), una ficción ambientada en plena Guerra de Secesión y protagonizada por tipos malcarados que parecen salidos de sus documentales. Todos los caminos acaban llevando al wéstern crepuscular. Y uno de ellos pasa por La Cañada.
Dónde ver

Philipp Engel