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Arturo Fernández: cinco papeles dramáticos del hombre condenado a ser galán cómico

El drama y suspense convirtieron al actor asturiano en una estrella mucho antes de que se lo encasillase en la comedia

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Arturo Fernández fue probablemente uno de los intérpretes más versátiles del siglo XX en España, pero sus papeles para televisión ya al final de su carrera, dándose el gusto de autoparodiar su imagen de eterno galán en La casa de los líos, han dejado una imagen de actor de comedias bufas que poco tiene que ver con las primeras décadas de su larga carrera. Amante del teatro y de los clásicos, el gijonés fue un especialista en cine negro que más a menudo hacía de villano que de héroe y cuyo atractivo, más que una ventaja, resultaba una maldición.

Aprovechando que este 21 de febrero el asturiano habría cumplido 93 años, repasamos cinco de sus grandes papeles dramáticos en cine -tuvo muchos más en teatro- que lo convirtieron en una estrella de la pantalla en los años 50 y 60. Aunque combinaría con interpretaciones como las de La tonta del bote (1970), donde ya coquetea con la comedia sin abandonar su eterno rol de galán, durante más de 25 años Fernández fue uno de los rostros del suspense y se especializó en personajes complejos, turbios y de moralidad difusa.

No obstante también recordaremos que en una entrevista allá por 2010, de gira teatral con la obra La montaña rusa, Arturo Fernández dejaba esta reflexión: «Cada actor tiene una forma de interpretar […] Pero si mides 1,83, la vida te ha tratado bien físicamente y te pones un buen traje, estás encasillado en esa alta comedia, que dicho sea de paso, es el género más difícil de interpretar. El drama no tiene ninguna importancia, la comedia, sí».

DISTRITO QUINTO (1957), de Julio Coll

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Una de las obras maestras del suspense español y el primer éxito en un papel principal para Arturo Fernández, que lo convirtió en uno de los actores recurrentes del género negro durante la siguiente década. Cinco hombres cometen un atraco y se van reuniendo uno a uno en un piso seguro mientras esperan al último, el que custodiaba el botín. Como quiera que no se fían de que finalmente aparezcan, van recordando mediante flashbacks los acontecimientos que los han llevado allí. Arturo Fernández, en el papel de Gerardo, interpreta a un gangster ambiguo y algo miserable que lo enfrenta a Alberto Closas, con el que volvería a coincidir en papeles parecidos en el futuro. Y sí, es el Reservoir Dogs español, más de 30 años anterior a la obra de Quentin Tarantino.

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UN VASO DE WHISKY (1958), de Julio Coll

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Coll sería, junto a Julio Buchs, uno de los directores fundamentales en la carrera de Arturo Fernández en esta etapa, contando los dos con él en numerosas ocasiones para papeles como el que interpreta aquí. El protagonista de Un vaso de whisky, Víctor, es un joven apuesto y sin demasiados principios que vive de aprovecharse de mujeres incautas a las que conquista fácilmente. Aunque no se verbalice, dadas las restricciones de la época, el personaje es básicamente un gigolo, cuyo comportamiento se intenta explicar sin llegar a justificar (y con cierta moralina, eso sí).

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PIEDRA DE TOQUE (1963), de Julio Buchs

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Una rara avis en el cine patrio, en la que se analiza de forma crítica, aunque sea desde el melodrama, la presencia española en Guinea Ecuatorial, estrenándose precisamente el año en el que la antigua colonia obtuvo la autonomía y apenas un lustro antes de su independencia. Aquí Fernández interpreta a Carlos, el hijo de un terrateniente que viaja a Guinea a administrar las fincas de su padre, un joven acomodado e irresponsable que se redimirá de su racismo, el eje de toda la película, gracias a la influencia del misionero Antonio Anwé (William Marshall).

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EL SALARIO DEL CRIMEN (1964), de Julio Buchs

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Arturo Fernández interpreta a Mario, un detective de la Policía de firmes principios morales y descendiente de toda una saga de servidores de la ley, que acaba corrompiéndose por la influencia de Elsa (Françoise Brion), mujer fatal de manual que acabará llevando al protagonista a traicionar todo aquello en lo que creía. La gracia es como tanto Buchs como el actor le dan la vuelta a algunos de los tópicos del cine negro de la época y al tipo de personajes que él solía interpretar, porque para Mario no existe redención posible y su camino, del bien al mal, es el inverso de la mayoría de protagonistas del momento.

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TRUHANES (1983), de Miguel Hermoso

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El canto del cisne del Arturo Fernández más dramático, quizás su primera autoparodia, aunque todavía sin llegar a los extremos cómicos de sus protagonistas televisivos (la misma Truhanes se convertiría en serie de Telecinco una década después). Aquí su personaje, Gonzalo Miralles, no está tan lejos del protagonista de La casa de los líos, pero tomado en serio: culto, refinado, elitista y arrogante, sus errores los llevan a acabar en prisión, donde acabará dependiendo de la protección del rudo Ginés, interpretado por un Paco Rabal en su mejor momento interpretativo. A Fernández le valdría una Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos al Mejor Actor.

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Imagen de portada: Arturo Fernández – Cine con Ñ

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