Películas españolas
Anoche conquisté Tebas: Un ‘bromance’ que sobrevivirá al tiempo

Stills de 'Anoche conquisté Tebas'. ©DVEIN. Montaje: ©Cine con Ñ
Anoche conquisté Tebas arranca con cinco hombres, jóvenes amigos, que siguen una ruta para llegar a unas termas romanas. Mientras superan pantanos y descansan en su camino, hablan de sus batallas en un videojuego de guerra ambientado en la Antigüedad. Cómo planearon su estrategia de ataque, cómo lograron seguir con vida, qué ocurre cuando mueres. Llegados a las termas, cuando cae el sol, todo se calma bajo las estrellas y el vapor. António y Jota, dos de los amigos, empiezan a hablar solos para decirse cosas que aún no se habían dicho.
Primera película de Gabriel Azorín, Anoche conquisté Tebas llega a las salas españolas con la credencial, desde que se estrenara en Venecia (Giornate degli Autori) hace un año, de ser una de las películas españolas que mejor ha funcionado en el panorama internacional de festivales de toda la temporada 2025-2026. Y lo primero que habría que decir es que esas selecciones y premios acumulados están más que justificados.
Lo segundo que se podría decir es que, precisamente por esa dimensión de «película festivalera» sería una pena que se quedase arrinconada en los márgenes estrechos que deja la industria para las películas que llegan al público con esas etiquetas. Es de esas que necesita ojos y cabeza abierta: tiene menos de 30 planos en total, es muy calmada, conversacional —parte de ella en latín— y no sigue cánones de género o montaje narrativo mainstream. Pero si uno hace por entrar, el resultado es muy gratificante.
Tiempos híbridos

El concepto de Anoche conquisté Tebas ya es buenísimo porque nos permite estirar la eterna conversación de cómo tiene que ser la relación entre imagen y tiempo como materiales propios del cine. Recogiendo un poco el concepto de Tarkovski del plano como depósito temporal, Azorín busca la forma de que una unidad de secuencia, sin cortes, puedan convivir varios tiempos históricos diferentes. Una idea que, como el director ha explicado abiertamente, viene de las «estratigrafías» de los cineastas portugueses Margarida Cordeiro y António Reis, que planteaban que puede haber tiempos superpuestos en un mismo plano.
Con esta inquietud, digamos intelectual/teórica sobre el cine, la primera buena idea de Azorín es su forma de concretarla en algo propio. Para eso establece una ambigüedad narrativa que permite una sensación de conexión entre distintas épocas que crea esa sensación de unidad. Ahí la primera clave está en el lenguaje digital. Los amigos hablan de un videojuego de guerra y estrategia de forma seria y profunda, como si de verdad fueran ellos los que estuvieran luchando a vida o muerte por conquistar una ciudad.
Así es como la experiencia virtual se hibrida cada vez más con la real, sintiéndose sus efectos en conversaciones y en la propia sensación de aventura que tienen estos jóvenes que se van de excursión a unas termas. Es lo que parece decirnos Azorín con una fantástica secuencia de dron cenital de los jóvenes llegando a las termas, claramente a imagen y semejanza de determinadas vistas de «exploración de mundo» en videojuegos.
Además, está lo acertado que han estado Azorín y compañía en el espacio elegido y sus implicaciones. Meterse en las termas romanas (las de Bande) obliga a los personajes a despojarse de anclas temporales claras (ropa, tabaco, móviles…) y, según cae la noche y sube el vapor, se establece una sensación de limbo de época. Podría ser hoy o hace tres mil años, entre rostros y figuras que aparecen desde la oscuridad más absoluta. El director recalca el nexo mirando al cielo: las constelaciones que ves hoy con una app del móvil son las mismas que podía ver un soldado romano hace miles de años. Al mismo tiempo, vemos dos instantes distintos de la propia vida de esas estrellas. Sin cortar, estamos en dos épocas distintas al mismo tiempo.
Anoche conquisté Tebas, ¿tú te irás mañana?

Esta mirada hacia arriba en Anoche conquisté Tebas se acaba de completar en una cierta cosmogonía compartida entre épocas que va a conectar con una necesidad humana: la de creer en algo que vaya más allá de uno mismo. Las creencias teleológicas del presente y de deidades del pasado, aunque distintas, comparten una sensación de providencia y la necesidad de que el futuro nos garantice de alguna forma nuestra existencia.
Esta lógica humana, de supervivencia, va a descubrir la vulnerabilidad de unos personajes que tienen miedo al futuro de su relación compartida. Dos parejas de amigos, entre presente (António y Jota) y el pasado (los soldados romanos Aurelius y Pompeyo), van a sincerarse sobre la sensación de estar perdiendo al otro. Estas maravillosas secuencias conversacionales plantean una interesante contradicción de la amistad nacida en edades tempranas: el descubrimiento de un otro, que nos descubre una personalidad distinta a nosotros mismos, nos atrae. De esa semilla de curiosidad puede nacer el vínculo. Al mismo tiempo, especialmente cuando el futuro está por decidir, esa diferencia de personalidades puede ser lo que acabe por separarnos.
Es una idea sobre la amistad y sus ciclos que, vinculada a la incomunicación masculina, puede emparentar a Anoche conquisté Tebas con el cine de Kelly Reichardt (First Cow (2019) y, por supuesto, Old joy (2006) —con la que comparte excursión y aguas termales—). En un emocionante movimiento panorámico, Anoche conquisté Tebas deja la puerta abierta a que la amistad pueda sobrevivir al tiempo y al espacio. La esperanza de volver a vernos. Una película realmente especial.



Arturo Tena