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Críticas

Torrente, presidente: La papeleta de Santiago Segura

El director y actor encuentra el mejor pretexto para resucitar a Torrente y lo desaprovecha con un 'fan-fic' ozoriano más bien estéril
Crítica de 'Torrente, presidente'

Torrente, presidente trae de vuelta a la España actual a José Luis Torrente. Unas arengas de bar del expolicía con oyentes insospechados acaban con él en un mitín de Nox, un partido de ultraderecha que busca nuevos perfiles para su campaña electoral. El sorpresivo éxito de Torrente entre los votantes hará que vaya escalando en el partido, mientras él no deja de ser el mismo impresentable de siempre.

Más de diez años y ocho comedias familiares después, Santiago Segura vuelve a Torrente, la saga que marcó a la España de los 2000 y más allá. El director y actor ha visto un rescate justificado de Torrente, que ya está funcionando como un tiro en taquilla, en una directísima sátira de la política institucional actual, con el personaje metido a aspirante a político en una formación de ultraderecha, una parodia directa de Vox.

Barruntada ya desde antes de la quinta película, la trama de Torrente, presidente es una ocurrencia que podría haber tenido el mayor fan —y probablemente el mayor hater también— de Torrente. Y así parece que es como se le ha tomado el propio Segura: la película es una especie de fan-fic —o hater-fic—, un autohomenaje a toda la saga y a una figura de la cultura popular española que ya no le reconoce de la misma manera que cuando nació hace casi 30 años.

¡Que viene Torrente!

<strong>Torrente, presidente</strong>: La papeleta de Santiago Segura 1
©Eduardo Fuembuena

Con esa búsqueda de traslación inmediata de la política española de hoy, el director remite a la comedia comercial del Mariano Ozores de la Transición (¡Que vienen los socialistas!, Los autonómicos), que buscaba hacer humor con lo que estaba pasando en ese tiempo político acelerado. Te lo avisan los propios títulos de crédito iniciales de la película, con esa mítica canción que alentaba el voto en 1976 (Habla, pueblo, habla, de Vino Tinto).

Como bien apunta Alberto Corona, Segura siempre ha querido ser Berlanga. Y para aspirar a serlo en la España de finales de los 90, que poco tenía que ver con la de esa ‘trilogía nacional’ del maestro, encontró su sátira en una caricatura que le valiera tanto como desahogo oscuro como ridículo a los bajos impulsos freudianos del país. Era la sacudida a una España que se reconocía ya como moderna, apuntada a una cierta despolitización (más en la comedia comercial española de los 90) y al no cuestionamiento de los consensos establecidos.

Ahora, con esos consensos hace tiempo desaparecidos —los seísmos políticos ya sentían la necesidad de reflejarse, vía Podemos, en Torrente 5: Operación Eurovegas (2014)— y con el personaje convertido en un fetiche normalizado (en el discurso más que en la estética) 30 años después, Torrente tiene que ridiculizar de forma directa para hacer reír. Hay que renunciar definitivamente a Berlanga y abrazar a Ozores, un referente más dispuesto a agradar que a remover al público.

Segura completa así el viraje de la saga —que se viene produciendo, sobre todo, desde la cuarta película, con todo lo que podía ofrecer el personaje ya terminado en la segunda— hacia un fondo más cómplice y autoindulgente que retador. Porque Torrente, presidente en realidad quiere molestar mucho menos de lo que parece. Más allá de Vox, algún chiste y algún detalle aislado, que hay que reconocérselos, la sátira política del momento no es muy dura. En ese sentido, está más cerca de Especial de Nochevieja de José Mota que de Torrente, el brazo tonto de la ley (1998).

Así, Torrente, presidente puede ser dos cosas a la vez: una cápsula de nuestro tiempo para clips de TikTok, llena de referencias a nuestra realidad política mediatizada en 2026; y una maquinaria que permita recordarnos a cada uno ‘su’ Torrente del pasado, con personajes, guiños y homenajes de todo pelaje a la saga… sin tener que ser tan burra. Hay una secuencia, en la que directamente aparece una escena de Torrente 2: Misión en Marbella (2002), que es la síntesis perfecta de todo esto.

Torrente, presidente por decreto

<strong>Torrente, presidente</strong>: La papeleta de Santiago Segura 2
©Eduardo Fuembuena

Con eso bien claro, que demuestra que Segura delimita bien su campo de juego y que la gente tiene todo el derecho a reírse con esta metaficción tan directa, Torrente, presidente es una película de miras cortísimas, como ya pasaba en las últimas películas de la saga. Los gags y los chistes se tiran como cualquier cosa entre actores que disimulan como pueden que no lo son, los planos y el montaje van a trompicones, elegidos más para tapar errores que para narrar, y el argumento es a ratos una excusa para distintos cameos que hay que explicar porque en la sucesión de elementos no tienen ningún sentido.

Pero lo que más duele de la película es su aspecto. El look Netflix, con toda la imagen aplanada por una luz (hay focos cegadores hasta en una secuencia nocturna), todo para que se pueda ver bien por streaming y en dispositivos móviles, ha llegado también a Torrente. Y le sienta fatal: el efecto de ciertos bajos fondos, de suciedad, de algunos claroscuros, que más o menos siempre ha tenido la saga para ser lo sucia que necesita ser, ha sido sustituida por un verano perpetuo y una imagen demasiado limpia. No puede ser que Torrente, presidente luzca como Padre no hay más que uno 5.

Es muy difícil sostener así la película como comedia cinematográfica, metida en una exigencia formal, interpretativa y de guión tan baja que asombra que a Santiago Segura le dé tan igual. Aun así, el agarre a su trama política, junto a la progresiva entrada del protagonista en registros que le son más familiares (Torrente como personaje que huye de los problemas pisando al resto, básicamente), la hace lo suficientemente ancha como para aguantar mejor que las tramas de Torrente 3 y 5 (la 4 tenía más sentido).

Por ir cerrando las urnas: Torrente, presidente es un oportuno regreso del personaje, por eso es más frustrante que otras veces que sea tan estéril. Segura ha entendido bien cuál era la mejor forma de colmar las ganas de vuelta a la saga y ha creado una burla a la altura. Una que disimula lo mucho que su risa despreocupada está ya amortizada. Porque sí, esta es también la enésima acta de defunción de una serie de comedias que hace tiempo que, en el fondo, nos devuelven el mismo reflejo. Y, por eso, como lugar seguro, es posible que Torrente nunca termine de morir.

Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.