Suscríbete Iniciar sesión

Críticas

Llámame Sinsorga: Manos a la obra

Un "reformamos tu casa" feminista en el que para construir el espacio seguro físico (el centro cultural que da nombre a la película) es necesario el espacio seguro laboral y simbólico (una cuadrilla solo de albañilas)
Crítica del documental 'Llámame Singorga'

Llámame Sinsorga es la historia del Centro Cultural Feminista La Sinsorga de Bilbao, impulsado por las periodistas Irantzu Varela y Andrea Momoito. Su objetivo es convertir en espacio de encuentro cultural el edificio de un antiguo atelier de vestidos de novia, pero se lo ponen difícil: solo quieren que trabajen mujeres en la obra, algo bastante complicado en un sector tan masculinizado como la construcción. El documental recorre su trabajo y también la creación de un archivo de albañilas y especialistas para toda España.

Llega a cines este documental de Paula Iglesias y Marta Gómez (Flying Hands, Fabricando mujeres) que tiene el gancho mediático, al menos dentro de cierto nicho comunicativo, de las dos periodistas de Píkara Magazine como protagonistas, o más bien conductoras de la historia. El juego está en que para construir el espacio seguro físico —el edificio— necesitan el espacio seguro laboral —la cuadrilla solo de mujeres—, y luego ya pues que cada cual entienda las metáforas, aunque por si acaso te las dejan claras varias veces.

El remate de Llámame Sinsorga es que el edificio que reforman fuese anteriormente una tienda de trajes de novia, símbolo supremo, al menos según la película, de la mujer sumisa oprimida por los mitos del amor romántico, que no desaprovechan para alguna escena con Varela —el coco para cierto sector del heteropatriarcado, curiosamente el que queda según se entra más a la izquierda, ustedes me entienden— echándose un piti vestida de novia.

Llámame Sinsorga, pero pásame la sierra

Llámame Sinsorga

Es complicado reseñar más allá de la anécdota Llámame Sinsorga porque aunque tiene sus momentos de fantasía aprovechando el escenario de ambiente de boda que están desmontando, su estructura es la de un reality de los de «reformamos tu casa», pero feminista. Así, deja momentos graciosos como cuando Momoito y Varela (hacen como que) buscan en internet mujeres en la obra y les aparece lo que se pueden ustedes imaginar (y que no se muestra a cámara, o caeríamos en el ozorismo que obviamente esta película no busca).

Normalmente tenemos secuencias de ver el día a día de las trabajadoras, otras de las protagonistas analizando como va la obra y su siguiente objetivo. Se plantea un problema, lo solucionan, a veces buscan un o una especialista que las asesore para algo concreto. En el descanso valoran por qué son importantes los espacios seguros y/o ocupados completamente por mujeres. Surge otra movida. La vuelven a arreglar. Secuencia con música en la que las vemos trabajar. Y siguiente.

Es así porque no hace falta más: se trata de que al acabar Llámame Sinsorga entiendas por qué hacen lo que hacen y para qué lo hacen —si eres ajenos a su espacio o su militancia—, lo celebres —si ya lo conocías— o sepas que eres bienvenida —si buscabas un lugar así en el que estar como este—. En ese sentido, Gómez e Iglesias hacen su trabajo procurando que si esto lo ve alguien que desconozca completamente todo de lo que allí se habla no se pierda, pero al mismo tiempos las fans de Varela reciban su dosis.

Sinsorgo tú, sinsorga yo

<strong>Llámame Sinsorga</strong>: Manos a la obra 1

En algunas zonas del País Vasco un sinsorgo o una sinsorga es alguien «insustancial y de poca formalidad», cosa que certifica la mismísima RAE. El centro cultural se aferra a aquello de resignificar los insultos queriendo dar visibilidad y espacio a las mujeres, a las que se considera de poca importancia o irrelevantes. El documental, ya que está, las empodera poniéndoles un taladro en la mano, de manera que cuando digan que ese lugar lo levantaron ellas con el sudor de su frente no será una forma de hablar.

Así que Llámame Sinsorga es muy recomendable para el público feminista militante, que lo va a gozar cual marrano en la charca, y luego para los demás en función de la curiosidad por las condiciones de las mujeres en el mundo de la construcción o cómo funcionan el mundo de la militancia y las cabezas de activistas como Momoito y Varela, que se toman muy en serio la cuestión y muy poco a sí mismas. Y, bueno, si te molestan estas cosas por tus movidas, la puedes ver para enfadarte, que de todo hay en la viña del señor.

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.