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Críticas | D'A Film Festival 2025

‘Burnout’: porque la vida no puede ser solo esto, ¿verdad?

Este drama social arisco, tan pequeño como rotundo, trata de un artista multidisciplinar extenuado por los trabajos precarios en una ciudad hostil con quienes no tienen dinero
Crítica de 'Bornout', película de Ander Duque

El músico y cineasta Ander Duque (El arte de frío) firma, otra vez en dúo, junto con el pintor, dibujante y músico Felipe Almendros, una nueva mirada a la miserias materiales de la vida contemporánea en Burnout. Su protagonista, interpretado por el mismo Almendros, es un artista que subsiste a través de múltiples trabajos precarios de reparto de paquetería y descarga de camiones. Es un náufrago dirigido por la voz de Google Maps que se mueve sin dejar mucho rastro por esa Barcelona más bien hosca con aquellos que tienen el bolsillo vacío.

Burnout, estrenado en el Festival de Málaga y el D’A Film Festival, es un drama social seco. Una propuesta fuertemente mostrativa, que explica a un personaje y su historia sin forzar grandes evoluciones narrativas ni realizar un retrato psicológico detallado. La audiencia va conociendo al protagonista, que no se explica a sí mismo ni tampoco dialoga demasiado (no deja de mantener diálogos de besugos por teléfonos con problemas de cobertura), a través de sus acciones. 

No hace falta que Duque y Almendros subrayen dramáticamente las situaciones, más allá de alguna lágrima y de algún plano simbólico canino: podemos imaginar un mundo interior marcado por la frustración y el cansancio. Ni al protagonista ni a la audiencia le esperan los golpecitos reconfortantes en la espalda que suele proporcionar el audiovisual crítico (pongamos cursiva al adjetivo) que producen las grandes corporaciones del entretenimiento. En el filme no hay miserabilismo sensacionalista ni concesiones feel good. La brevedad de la propuesta, de una hora exacta de duración, facilita que resulte digerible a pesar de su talante arisco.

Espía al hombre que te trae un paquete

'Burnout': porque la vida no puede ser solo esto, ¿verdad? 1

La escritora Lola Olufemi exclamaba en su último libro, Experiments in imagining otherwise: «Que todo el mundo mire el dolor y el horror». Burnout es una obra para un tipo de público que no retira la mirada, o que no lo hace siempre, cuando se le muestran sufrimientos y frustraciones. Al fin y al cabo, en la película predominan los sinsabores, los encuentros que no pueden llevarse a cabo porque hay que currar a doble turno. Predominan las estampas depresivas de calles bajo cielos encapotados o en horas crepusculares. Y algún giro tragicómico sobre el postureo del trabajador cultural que tiene que fingir que las cosas le van, al menos, un poco bien. 

El audiovisual comercial siempre se ha sentido atraído por los rostros, por acercarse al máximo a las facciones de sus estrellas. Las cámaras digitales ayudan a cumplir con más facilidad ese sueño. Duque y Almendros, en cambio, suelen mantener la distancia. Algunos planos parecen filmados por un acosador de cine slasher que espía al personaje principal. En los espacios interiores, los realizadores componen encuadres atípicos obstaculizados por paredes y puertas que enfatizan la opresión de espacios y de sensaciones, la estrechez de las vidas ligeras y forzadamente portátiles de quienes no pueden pagar un piso amplio. 

La precariedad alcanza al mismo diseño de la película, rodado con un equipo minimísimo de personas multitarea. El mismo Duque ejerce de cámara, montador y lo que se precise. En realidad, no se echa en falta nada en términos logísticos. Ken Loach necesitó mucho más para retratar a un repartidor de paquetería y su hijo grafitero en Sorry, we missed you, pero la austeridad general de la producción encaja con la historia y con la rotundidad do it yourself del conjunto.

Burnout retrata otro día de mierda en esta puta ciudad

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La rabia contenida que se va filtrando por estas imágenes de resistencia, de aguantar sin quejarte, aunque tengas enormes dificultades para ir al médico porque te arriesgas a un despido. Como decía una niña que se hizo viral durante la pandemia de la covid-19: «Es mejor eso que morirse». El protagonista del filme parece moverse entre las ruinas de ese neoliberalismo que prometía prosperidad en los tiempos de Ronald Reagan, pero que ahora, desde el crack financiero de 2008, no deja de regañarte por vivir por encima de tus posibilidades. Y de afirmar que vivirás peor que tus padres porque una creación humana devenida divina, algo llamado economía, dice que tiene que ser así. 

Burnout es una película de bolsas de plástico, tos persistente y botellín de cerveza en el suelo. La audiencia puede compartir la perplejidad del héroe: la vida no solo puede ser solo eso. ¿Pero puede ser otra cosa? Un personaje del filme, Karim, se pregunta: «¿Qué quieres más?». Y eso suena casi como un reproche involuntario a alguien que querría defender su vocación artística. 

No queda claro si Duque y Almendros añoran la posibilidad de unirse en un malestar con aliento transformador de sociedades y vidas. Quizá la película reproduce la mirada del personaje: si hay dificultades para juntar a solo tres personas para un ensayo musical previo a un concierto, a causa de los horarios extenuantes, solo queda el gesto de rebelión solitaria, probablemente estéril. ¿Qué quieres más?

Ignasi Franch

Ignasi Franch

Periodista cultural y crítico cinematográfico desde 2003, cuando todavía se veían algunos disquetes por las redacciones. Colabora en medios como El Diario, El Salto, Crític, Caimán - Cuadernos de Cine, Directa y Rockdelux, entre otros.