Críticas
Ruido: Un ‘Karate kid’ con corazón del mundo del ‘freestyle’

Stills de 'Ruido'. Montaje: ©Cine con Ñ
Ruido es la historia de Lati, una joven barcelonesa de origen maliense que se refugia en el rap para superar la muerte de su padre y que quiere triunfar en el mundo de las batallas freestyle. Lo que pasa que no es nada fácil cuando se es mujer y negra como ella y además tiene que ayudar a su madre con su hermana pequeña y seguir estudiando su módulo de higienista dental. Eso sí, cuando se convierte en alumna de Judy, una rapera que lo fue todo pero ahora solo se dedica a dar clases, un nuevo mundo se abrirá para ella. Con sus rimas bien engrasadas y el nombre de La Tiniebla, ahora solo le quedará superar dos enemigos: su propio miedo y el rechazo de su madre a esa carrera.
Estrenada en Sección Oficial en el Festival de Málaga, Ruido es una nueva ópera prima de una directora joven (Ingride Santos) que trata sobre el duelo y el desarraigo. La novedad en este caso, aparte de la ambientación en el mundillo particular de la música urbana y que coproduzca Filmin, que se prodiga poco pero cuando aparece bendiciendo un Original siempre tienen algo, es que busca explícitamente a un público joven o muy joven, y que se entiende que habitualmente no pisa el cine. Por un lado, por sus protagonistas, dos raperas actrices no profesionales. Luego, por su forma, entre el comercial clásico y la mimesis de los modos y maneras de las redes sociales.
La trama de Ruido, no obstante, no puede ser más clásica, casi de película deportiva al estilo de Kárate Kid (1984), de John G. Avildsen. La comparación no la hago gratis, y menos para quien ande revisitando Cobra Kai (2018-2025) completa: al parecer las competiciones de freestyle consisten en hacerse bullying hasta que uno de los dos contrincantes acaba en posición fetal llamando a su mamá o el público aclama al ganador. El esquema puede ser de eliminatorias a lo Mundial de Fútbol y cada ciudad tiene sus estilos y modismos, en esta película contrastando los de Barcelona y Ciudad de México (que para algo es coproducción).
Dar ruido, pulir ruido

Santos no se complica y tira de clichés, visuales o narrativos, en historias de superación y coming-of-age. Que si la madre que lo desaprueba, que si la chaqueta del padre muerto que también quiso ser músico como bautizo y equilibrio de la nueva personalidad de Latifa (Latifa Drame, la actriz se llama así, aunque sirva de guiño a Queen Latifah), que si las pruebas absurdas de Judith (Judith Álvarez) que luego resulta que otorgan habilidades nuevas como si estos fuese un episodio de Bola de Dragón y la protagonista el mismísimo Son Goku. Todo muy de manual pero con ritmo adecuado y no pidiéndole a las protagonistas amateur registros que no pueden dar.
El que suscribe vio Ruido en su pase de prensa en el Festival de Málaga, entre un señor mayor al que había que chistarle para que dejase de mirar el móvil, el muy maleducado, y una chavala de la edad de las actrices que disfrutaba cada giro dramático con intensidad, celebrando los insultos ingeniosos y rimados de La Tiniebla como si fuesen goles por la escuadra. Obviamente la segunda actitud es como hay que vivir la sala de cine, y la joven debía encajar en el perfil del público objetivo de Ruido. Que luego vaya a partir la pana, lo desconozco, pero busca valores que emocionan a gente que no soy yo, eso ya se lo digo.
Con esto quiero decir que el planteamiento de Ruido es, sin más, el de ser una historia de superación que hemos visto mil veces en entornos más originales, como una panda de jamaicanos en un trineo de bobsleigh, pero que al final van de lo mismo: ver orgullo, ver poder y ver a la hija de dos malienses que no aguanta las vaciladas de ningún rapero. O lo que sea. La parte de cómo ella equilibra sus dos identidades, digamos, barcelonesa urbanita laica con la de descendiente de africanos musulmanes, está más o menos bien llevada, sin restregarla ni dramatismos innecesarios.
La música del Imperio

Porque claro, el mensaje de Ruido no es ni catalán, ni maliense, ni latino. Es yanqui 100% puro, con el toquecito protestante de que te pasan cosas buenas cuando equilibras pecados y virtudes en laico, es decir, psicologizado y modernizado a que cuando unes tu identidad diversa de migrante te conviertes en la mejor versión de ti mismo/a y lo petas en la vida. Aunque muestren a Lati practicando cual estajanovista que lo tiene complicado para vivir de la cultura porque es de familia pobre, no es esa disciplina de monje guerrero la que le da el flow, sino la identidad integrada y la seguridad en una misma. Un camino a la inversa de pensamiento mágico y narcisismo, facilón y comercial.
Por ahí se diluyen algunas cosas más originales o menos tontorronas de Ruido, como cuando se conecta la vocación de Lati con la tradición de los griots, una especie de bardos de la tradición medieval maliense que se encargaban de comunicar a vivos y muertos a través de la música. O cuando Judith la lleva al metro y la obliga a cantar sobre lo que ve y dejarse de zarandajas de bandas y pistolas Glock, recordándole que vive en Barcelona y no en el puñetero Chicago.
En fin, que sin tirar el micro ni nada: Ruido funciona, porque está hecha con plantilla y no quiere abusar de sus actrices amateur (el drama gordo se lo come Asaari Bibang, que hace de la madre de Lati y lo clava). Pero es más o menos lo mismo de siempre, con todo lo bueno y todo lo malo que ello conlleva. Obviamente suena mejor hacer la típica fábula de éxito neoliberal con mensaje antirracista, feminista y etcétera. Pero de últimas uno podría pensar que qué más da el maquillaje que le pongas, si a la larga el resultado a va a ser el mismo.

Jose A. Cano