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CRÍTICAS | Filmin

La furia: Una de las mejores óperas primas de 2025

Gemma Blasco debuta en el largometraje de ficción con esta historia sobre una actriz que sufre una violación y que basa gran parte de su potencia en la interpretación de Ángela Cervantes
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La furia es la que siente de Álex, una joven actriz de un barrio de Barcelona, que trabaja de tramoyista en el teatro en el que un día aspira a protagonizar obras… y una Nochevieja sufre una agresión sexual. Confundida, aterrorizada, furiosa, Alex solo se lo cuenta a una persona, su hermano menor Adrián. Pero la reacción de él es la última que la protagonista necesita. La cuestiona, la presiona, antepone su propia rabia al dolor de ella… Así, Adrián seguirá su propio camino mientras Álex encuentra una vía para expresar el dolor y la furia que no se atreve a compartir con nadie. La oportunidad de su vida, interpretar al personaje de Medea sobre las tablas.

La ópera prima de Gemma Blasco (aunque ya había dirigido el largo experimental El zoo) se anuncia como uno de los debuts más importantes de este 2025, candidata clara a las biznagas en este Festival de Málaga donde tiene su estreno español, película inaugural del D’A Film Festival de la Barcelona donde sucede la acción y tras tener su premiere mundial poco antes en el South by Southwest de Austin, Texas (EEUU).

Una película sencilla pero muy potente en la forma de presentar su conflicto, huyendo de algunos clichés que han empezado a instalarse a la hora de hablar de violación y venganza. También gracias a la interpretación de una Ángela Cervantes entregada al papel y que aguanta casi dos tercios de metraje en primer plano.

Por otra parte, aunque el punto de partida de La furia suene a más que visto —la actriz que expresa a través de un papel particularmente expuesto, en este caso un clásico como Medea, lo que no se le permite en su vida personal—, la directora se las apaña para darle un interés visual único, además para jugar con las evidentes diferencias entre el trauma de Álex y el del personaje mitológico. El mensaje puede parecer sencillo —la rabia que la sociedad, personificada en Adrián (Álex Monner), reprime en las mujeres—, pero Blasco utiliza sus propias reglas, que van desde los usos del color hasta la parte del plano por la que elige que salgan sus personajes en cada momento.

Crítica de La furia

A nivel de la historia en sí, La furia funciona muy bien, sobre todo, en el citado papel del hermano como aglutinador de todas las posibles malas reacciones ante la petición de ayuda de una víctima de violación. Inmaduro, egocéntrico, rabioso e infantil, el personaje resulta efectivo en tanto es difícil no reconocerse con incomodidad en algunas de sus actitudes, aunque conforme avance la película estas se irán volviendo más extremas (incluso pasándose de frenada, con uno de los giros finales no funcionando en absoluto, aunque la construcción cuasi simétrica del guión llevase anunciándolo casi desde la primera escena).

La furia es, además, una película que busca la perturbación física del público. No tanto por la agresión en sí, que no se ve (aunque sí se escucha) como por la búsqueda de trasladarnos a la enajenación del control sobre su propio cuerpo que sufre Álex (y por la cual le resulta tan terapéutica la interpretación, en cuanto a la conciencia total de una misma que requiere). Es una historia contada a base de fluidos corporales de los que casi se puede percibir el olor y que van desde la sangre de la regla o del jabalí que desuella la tía de los protagonistas hasta el mismísimo semen del violador bajando por la pierna de la víctima y el vomito que sigue a su descubrimiento.

Lo mejor que se puede decir de estas representaciones, además, es que suenan mucho más chocantes por escrito que como se presentan en pantalla. La cámara no hace filigranas ni se nos remarca con ninguna banda sonora para darlo mascadito, son descubrimientos siguiendo la mirada de Álex o sus reacciones, casi cotidianos, que convierten el impacto que nos cause cada uno en algo más intelectual que emocional. La furia pide hacer medio camino en la interpretación a quien la ve, convirtiéndose en cómplice del proceso. Solo descarrila en un par de subrayados a cuenta de estatuas clásicas en la representación de Medea, pero que no rompen el tono general.

La furia y las simetrías

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En la película también podemos ver a Álex antes de la agresión a través de varios flashbacks en los que la realización se vuelve mucho más costumbrista, con iluminaciones (aparentemente) más naturales o cámaras en mano y un humor muy cotidiano. Un contraste necesario para percibirla como un ser humano complejo y completo al que ayuda el lenguaje corporal de la actriz, que construye al personaje a varios niveles: en su vida anterior, en recuperación de una agresión que no comparte con nadie y cuando expresa el conflicto a través de la interpretación de Medea.

La parte teatral, que acaba dominando todo el último tercio, posee planos mucho más «construidos» en su presentación y divisiones del espacio, con colores saturados propios del montaje que Álex protagoniza y elementos, como la lámpara que baila en el techo. Esta escena es clave: en la fiesta en flashback en la que sabemos que estaba el violador y uno de los amigos, en mitad de la borrachera, empuja la lámpara, la narración es con la mencionada cámara en mano. Cuando Álex recrea el momento ensayando Medea, el plano es simétrico, saturado. Una representa la vida en su caos, la otra la manera en la que usamos el arte para expresar los sentimientos que la anterior provoca.

Podría extenderme más sobre las virtudes en la construcción cinematográfica de La furia y como su valor es apegarse a las sensaciones que quiere transmitir su guión, ese «pensar en imágenes» al que aspira cualquier obra audiovisual. Lo mismo valdría para el momento en que Álex confronta, espejo estático de la secuencia en movimiento del arranque de la película, o para su limpieza de las manchas de sangre, natural en el primer plano del filme y falsa en el último. La rabia ficticia como expresión de la furia verdadera y una gran obra, con más mérito aún por ser ópera prima, que añadir a los títulos recientes de esta época del cine español.

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Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.