Críticas
La mano en el fuego: Que arda el violador

La mano en el fuego cuenta la historia de Mari Carmen García, una mujer de Benejúzar, Alicante, que en 2005 quemó vivo a su vecino Antonio Cosme, alias ‘El Pincelito’. Este había violado a su hija Verónica siete años antes, en 1998, cuando tenía 13 años. Afectada por la censura del pueblo, que culpaba a la niña y consideraba a Cosme la víctima de lo ocurrido, García lo roció con gasolina y le tiró una cerilla, acabando con su vida. El documental cuenta con el testimonio único de madre e hija, casi 20 años después de los hechos.
Max ha llegado a España, HBO ya es solo una marca dentro de su catálogo. Los dos primeros anuncios que afectan a nuestro país han sido el anuncio de cuatro miniseries true crime, todas sobre casos de los 90, a cada cual más truculento o sin resolver, y la cancelación de 30 monedas, su ficción más conocida y premiada, obra de un autor de prestigio como es Álex de la Iglesia. La edad dorada de la televisión.
Pero bueno, La mano en el fuego no tiene la culpa de esto. Produce Bulldog TV, firma responsable de las versiones españolas de los realities Supervivientes y Mujeres y Hombres y Viceversa, entre otros. Dirige Elena Molina, que tiene en su curriculum un correctísimo true crime, El robo del Códice (2022), y documentales tan interesantes como Remember my Name (2023), sobre la integración de jóvenes migrantes.
La mano en el fuego sale ardiendo

El gancho comercial se encuentra en que las narradoras de La mano en el fuego son las propias Mari Carmen y Verónica. Por momentos la cámara las sigue en su cotidianidad actual e incluso rompe la «cuarta pared», concepto que parece difícil de trasladar al documental, pero muy evidente en este. Se presentan conversaciones entre madre e hija que no habrían tenido lugar de forma natural ante la cámara, en las que discuten por qué la madre quiso aparecer en esta serie, y para subrayar que son recreaciones, la directora muestra la claqueta o mete en plano a una sonidista.
Aunque aparece el abogado del violador, que insiste en su inocencia —con argumentos medievales que no voy a reproducir aquí, pero que en 1999 fueron parte sustancial del juicio—, el punto de vista dominante es el de ambas mujeres, y eso explica también el título. «La mano en el fuego» es la expresión que utilizó uno de los vecinos de Benejúzar en su día, al ser entrevistado por la televisión, para expresar su confianza en la inocencia de ‘Pincelito’. Como el librorreportaje Fuego, publicado en 2022 por la periodista Gema Peñalosa (quien también participa en el documental), la serie gira alrededor de la condena social sobre la víctima, y como influyeron en los actos de Mari Carmen.
Molina vuelve a tirar de dejar a sus compañeros entrevistadores o a los técnicos en cámara cuando los testigos del ataque a ‘Pincelito’ recrean los hechos. Es una forma, poco habitual en el formato, al menos en España, de recordarnos que el testigo de turno tiende a adornar, por el paso del tiempo o por la presencia de la cámara. Es posible que las protagonistas también, pero es que aquí tenemos a señores que recuerdan que les salpicase la gasolina de forma inverosímil y que consideran que una señora de poco más de metro y medio y casi 60 años era una especie de demonio de Tasmania.
Claro, La mano en el fuego sabe perfectamente que está bordeando el espinoso asunto de justificar un asesinato, así que se ocupa en cebar el contexto. Algo que nos parece lógico en 2024, pero en 2005, al parecer, no lo era tanto: la indefensión que sentían Mari Carmen y su familia. De hecho, como repite varias veces en su testimonio, cuenta esto porque quiere lo mismo que quiso la madrugada en la que denunció la violación de su hija y sus vecinos la acusaron de mentir por ser «forastera»: que la entiendan. Que se reconozca su dolor y el de su hija. De eso va el «yo sí te creo». Porque si no, la desesperación lleva a lo que se ve aquí.
Al galope por Benajúzar

Esto es la parte, digamos, que atiende a las razones para que exista La mano en el fuego —aparte de que Max quiera nuestro sucio dinero— y que justifican que esta historia se cuente (el libro de 2022 no tenía el testimonio directo de madre e hija). Unas motivaciones que la forma del documental asume, y que provocan que narre lo que narra sin descuidar lo básico —bustos parlantes, hemeroteca, expertos y narración cronológica, vaya, un reportaje al uso—, pero añada esos recursos formales. No demasiado originales, sin buscar reinventar nada, pero que desean expresar un contexto emocional que va más allá del testimonio seco de las víctimas.
Ahí, quizás, es donde se la juega un poco. En La mano en el fuego vemos dos metáforas visuales recurrentes: un caballo suelto recorriendo al galope las calles de Benajúzar y unas palomas como las que criaba ‘Pincelito’ que aterrizan sobre unas jaulas vacías. A veces expresan la ira interior de madre e hija, en un giro casi lorquiano, en otras ocasiones el ambiente opresivo del pueblo, que provocó que la que tuviese que mudarse fuese Verónica, y no su agresor. Servidor no está seguro de hasta qué punto son adecuadas para tratar el tema, pero como este documental es de los que te recuerda cada poco tiempo que no es el Evangelio, sino un testimonio, no es escandaloso.
Recogiendo el extintor: La mano en el fuego cuenta una historia relevante acerca de la manera en la que la sociedad española afrontaba las agresiones sexuales y cuyas implicaciones llegan hasta la actualidad, e intenta hacerlo desde cierta ecuanimidad y con el permiso de las personas afectadas, lo cuál ya la sitúa éticamente por encima de la media. No deja de ser un true crime más, como hay ya 40 ó 50 ya todos los años, pero al menos con una o dos cosas de decir sobre nuestra forma de ver los temas que le tocan.


Jose A. Cano